La Hora

Junín, Mendoza

jueves, 15 de septiembre de 2011

LA CASA DÍAZ

Guillermo Martínez está feliz con la transacción realizada. Adquirió la Casa Díaz en un precio casi irrisorio. La vieja mansión decimonónica de estilo inglés se encontraba en manos del estado y la Municipalidad de Rivadavia creyó más viable vender la propiedad que restaurarla. Es que verdaderamente estaba muy deteriorada.  Su fachada se hallaba cubierta de un tinte negruzco, producto de la humedad. De los frisos que rodeaban la puerta quedaban muy pocas huellas, sobreviviendo estoicamente el nombre de la mansión. Casa Díaz rezaba la leyenda en letras neogóticas colocada en el umbral. El techo de media agua estaba carcomido por el óxido y la mierda de paloma. La puerta se encontraba descascarada y con unos enormes agujeros. La cerradura había sido literalemente volada. La mansión requería una reparación total y se dispuso a comenzar la obra inmediatamente. Ese día lo destinó a comprar pintura, chapas nuevas, madera y machimbres, y a ordenar la fabricación de nuevas rejas que reemplazaran a las herrumbadas que tenía la casa. Realizó esta tarea con pasión, la que en raras oportunidades había tenido en su vida.

En verdad no tuvo mucho apoyo en su utopía reconstructiva. Su familia puso el grito en el cielo frente al febril gasto del hijo solterón. Sus amigos creyeron que había enloquecido. Su asesor financiero trató de disuadirlo de que concretara el negocio y pusiera en peligro el capital adquirido como empresario de la noche del Este. Nada de esto le importó a Guillermo. Pasó todo el día en la casa, junto a un arquitecto y su equipo, quienes lo tranquilizaron al explicarle que, a pesar de las dificultades derivadas del deterioro del edificio, era posible alcanzar el ideal pergeñado por Martínez. Trabajó a destajo y al final decidió pasar la noche en la casa, en un colchón pelado.

Colocó el jergón en una habitación del piso de arriba, cerca de la ventana. La dejó abierta, ya que hacía calor. Era una bella noche de octubre y la luna daba de lleno sobre la ventana y la cara de Martínez. Recordó como principió su empresa. Evocó el costo económico que conllevó el boliche. Rememoró las visiones apocalípticas de su familia zumbando en sus oídos: no va a funcionar. Estás tirando la plata. Se te va a llenar de borrachos y drogadictos. Estudiá y dejate de joder. En verdad era más costoso cargar con sus parientes que restaurar la decrépita casona. Pensando en esto sus ojos de a poco se fueron cerrando y cayó en el sueño, arrullado por los sonidos de las lechuzas, de los sapos, de los grillos. Durmió plácidamente una media hora, más un ruido en la planta baja lo sobresaltó.

Bajó por la escalera, prendió las luces. Había sido una buena idea pedir la reconección del servicio, ya que la casa era muy oscura. Examinó el amplio salón esperando encontrar algún intruso, pero allí no había nadie. Las únicas miradas que caían sobre él eran las de los Díaz, en uno de esos cuadros antiguos donde los participantes de la foto aparecían vestidos para la ocasión, y con una expresión cicunspecta dibujada en su rostro. Martínez no recordaba haberlo visto el día anterior, pero seguramente este detalle se le habría escabullido debido a la ansiedad de la mudanza y la fruición del trabajo realizado.

Volvió a la que había elegido como su alcoba, un depósito de trastos de los que se deshacería al día siguiente. Volvió a dormir. Volvió a soñar. Soñó que estaba en la casa paterna, en Andrade. Soñó estar viendo Carlitos Balá en la tele, tomando la leche. Soñó con la abuela Elvira yendo y viniendo por la cocina. Soñó con el sonido de la pava silbadora. Despertó alarmado. Ya no era parte del sueño. Realmente en la cocina sonaba una pava hirviendo. Bajó, ahora con más prisa y entró a la que fuera cocina de los Díaz. Se quedó absorto, mirando el panorama. Sobre la cocina estaba la pava, todavía humeando. No solo eso. Sobre la mesa de madera que se había encontrado al llegar, estaba puesto un mantel de hule, con figuras de jazmines y flores. Ollas y vasos esperaban ser lavados sobre la mesada. Un almanaque imposible decía que era el año 1978. La casa parecía vivir, aunque detenida en el tiempo.

Pasó al comedor, para ser ahora preso de una sorpresa y un terror indecibles. Al entrar a la sala los cuadros volaron para colocarse solos en la pared. El polvo de los muebles que encontró corroídos por el abandono se disipó, para encontrarse con la pana, el roble y el pino relucientes. La lámpara central ahora era una araña gigantesca, que iluminaba el cuarto con un resplandor blanquecino. Martínez se quedó en el umbral. Sus ojos no daban crédito al espectáculo que estaba viendo.

Entró nuevamente a la cocina. ¿Qué hacer en ese instante?. ¿Entrar de nuevo al comedor renacido?. ¿Volver rápidamente a su habitación, a internarse nuevamente en un sueño que lo hiciera olvidar de esta pesadilla?. ¿Quedarse en la cocina, hasta que este horror terminara?. Recapituló sus recuerdos de niño, cuando se corría el rumor de que la casa estaba embrujada. Arielito decía que allí vivía un viejito, que se quedaba con las pelotas que los niños arrojaban sin querer al patio, después de un puntapié demasiado vehemente. Pero despúes ese miedo había desaparecido, y la ambición por quedarse con el inmueble hizo que se disiparan sus últimos espantos. Ahora comprendía el bajo precio que el agente inmobiliario había colocado a un edificio viejo, sí, pero de un gran valor arquitectónico.

Inspiró aire para envalentonarse y encontrarse con lo inesperado. Ingresó en el comedor y se quedó en un rincón, detrás de las cortinas de raso de color marfil. En el sofá y en los sillones se hallaban apostados un hombre de unos cuarenta y cinco años, que parecía ser el padre de familia y que hablaba por teléfono nerviosamente. Una mujer, un poco más joven, entrada en años pero bella todavía que lloraba en el hombro de una anciana de rostro demacrado.
-                           No está en lo de tu hermana tampoco- decía el hombre.
-                           Ernesto, por favor, sacá el auto y salí a buscarla. A lo mejor está en lo de la amiga esa que tiene en San Martín.
-                           ¿Vos sos loca?. ¿No sabés que después de las nueve de la noche no se puede salir a la calle?. ¿Tenés el teléfono de esa chica?-
-                           No, vos sabés como es tu hija, que no le gusta que la molesten cuando está con las amigas. Pero si está ahí ¿por qué no avisa?-
-                           Por qué desde que va a la facultad hace lo que se le canta el culo, por eso-.
En ese momento entra en la sala una joven de unos veinte años. Es hermosa. Alta, esbelta, su pelo negro cae sobre sus hombros. Sus ojos negros se ven aún más intrigantes delineados. Viste una camisola blanca y una falda floreada. Al entrar es recibida por su familia con abrazos y llantos. Se llama Teresa.

-                           Me están siguiendo, quieren llevarme como se llevaron a Mariela. Los perdí doblando la esquina de Alem y Fausto Arenas.-
-                           ¿Quiénes te quieren llevar?-. preguntó la abuela.
-                           La policía abuela. Mariela se reunía todos los sábados con unos chicos peronistas, y uno de ellos la mandó al frente. Se la llevaron y como yo estaba en su casa creyeron que era del grupo. Papá, hablá con tus amigos gansos, acá hay un error-.

Martínez continuaba observando la escena, pero en su torpeza golpea con su mano derecha y un jarrón cae estrepitosamente al piso.

-                           ¿Y usted quién es?-. le preguntó Ernesto Díaz, poniéndose en guardia ante el intruso.
Martínez iba a comenzar a ensayar alguna excusa, o a contar la verdad de una manera que fuera comprensible para esta familia de los ’70, y para el mismo, sin saber muy bien si el era el ajeno en ese tiempo o lo serían ellos. Iba a comenzar a hablar cuando se escucharon golpes en la puerta, y seguidamente disparos contra la puerta de la mansión.

Al día siguiente los pintores llegaron puntualmente a las nueve de la mañana. No encontraron al dueño de la casa. Tampoco en los días subsiguientes. Cuando la ausencia se hizo demasiado notoria sus familiares y amigos denunciaron la desaparición del empresario de la noche. Lo único que encontraron en el lugar fue su celular, extrañamente deteriorado, como si hubiera estado allí durante años, y una medalla de la escuela Casa de María con la inscripción “promoción 1977”.

viernes, 9 de septiembre de 2011

LOS HEXÁGONOS INFERNALES



Adolfo lleva varias lunas viviendo en el Barrio San Pedro. Arribó al complejo habitacional de intrincado diseño una tarde de noviembre, convocado por las sinuosas caderas de Rosario Sacristán, la hija del carnicero. La ingrata fémina lo envolvió en una maraña de besos y nomeolvides una noche en un bailongo de Giagnoni, y el pobre escribano Aranda cayó rendido ante las faldas de Rosario. Su celular no tenía señal, y por más que caminara y caminara no encontraba ningún ciber para enviar un mail. Golpeó la puerta en la casa 4 de la manzana B, pero, ante el desconcierto de Aranda, apareció en el umbral una anciana en batón y chancletas.
-                           Buenas señora. ¿Está Rosario?- preguntó tímidamente Adolfo.
-                           ¿Qué Rosario?. ¡Acá no vive ninguna Rosario! ¡Váyase por donde vino o llamo a la policía!- contestó la mujer arrojando una piedra que por poco no golpeó la cabeza del enamorado

Así anduvo deambulando por las calles del barrio, dando vueltas en redondo, o mejor dicho, en hexágonos equiláteros. Se proponía dar vuelta a la manzana con el propósito de llegar al mismo punto de donde había partido, pero de pronto se encontraba con un baldío que antes no había visto, un kiosko sorpresivo o un árbol desconocido. En medio de su turbación acertó a pasar por allí una joven y bella lugareña. La abordó y le preguntó tan solemnemente como su trabajo de amanuense lo exigía:
-                           Buenas tardes señorita. Quisiera hacerle un par de preguntas-
-                           Empezó mal caballero. Me dijo buenas tardes y recién son las 10 de la mañana- contestó la mujer.
La confusión aumentó. En este barrio del demonio no solo uno se pierde en sus calles que no terminan y no empiezan nunca, sino que también las coordenadas temporales estaban fuera de lugar. Aranda juraba haber salido de su casa de calle Viamonte a las 4 y media de la tarde, y ahora se encontraba a las 10 en el San Pedro. En unos segundos volvió de sus cavilaciones de viajero extraviado y continuó la conversación:
-                           Usted verá. Me avergüenza decirlo pero me encuentro perdido en este barrio al que no había venido nunca. Busco a Rosario Sacristán. ¿La conoce usted?-
-                           No se avergüence porque yo también llegué hace cuatro años detrás de un hombre de palabra fácil, pero al llegar aquí le perdí el rastro. No conozco a su chica. En realidad le confieso que es inútil conocer a alguien aquí. En unos minutos uno se olvida de las personas que encuentra por estas calles. ¿Su nombre?-
-                           Aranda, Adolfo Aranda.
-                           Mire Aranda. Permítame hacerle una sugerencia. Trate de salir de aquí antes de que caiga el sol, si es que quiere volver. Acompáñeme a casa. Le daré una madeja de lana. Extiéndalo siempre mirando hacia el este. No se si podrá irse, pero por lo menos volverá al punto de partida. Mi nombre es Ariadna. Que tenga suerte-

Aranda lo hizo. Desplegó la madeja hacia el este, más al volver atrás para encontrar la otra punta descubrió que la lana no tenía fin. Parecía haberse multiplicado al doble, o al triple de su longitud normal. Ya al borde de la desesperación se acercó a un vendedor de películas piratas, que estaba apostado en la vereda de una mercería.
-                           Jefe, por favor. Dígame como carajo salgo de este laberinto de mierda- le gritó en la cara Aranda, perdiendo toda su compostura, al comerciante.
Sonriendo le contestó:
-                           Maestro, si lo supiera ya no estaría aquí. Acá como me ve soy médico cardiólogo. Tenía un consultorio, familia y un buen trabajo en una empresa de medicina privada para incrementar mis ingresos. Pero un día vine a cubrir una emergencia y me quedé sin poder salir. Ni yo ni el chofer de la ambulancia. Es el verdulero de la otra cuadra.-
-                           ¿Y por qué no ejerce su profesión en el barrio?-
-                           ¿Usted me está cargando? ¿Quién se atendería con un médico sin título?. Además nadie localizaría mi consultorio. Aquí nadie localiza a nadie.-
-                           ¿Conoce a Rosario Sacristán?. ¿Cómo la puedo hallar?-
-                           Vaya acostumbrándose amigo. Aquí solo puede encontrarse con su propia soledad. Si le sirve de algo en esa casa de rejas negras vive doña Cecilia, la bruja del barrio. Quién le dice que a través de ella pueda hacer un pacto con el diablo que lo saque de acá. Yo ya tengo mi negocio próspero y hasta le estoy tomando cariño a este andurrial ¿No me va a comprar nada?

Aranda no compró nada. Cruzó la calle y golpeó a la puerta de la hechicera. Le abrió una mujer a la que los años habían alcanzado en su camino a la vejez, pero que aún conservaba un brillo juvenil en sus ojos de lince.

-                           Pase amigo, lo estaba esperando.- le dijo a Aranda la enigmática sibila.
-                           ¿Usted me conoce?- inquirió el extrañado escribano.
-                           Yo no. Lo que se es que usted busca salir del barrio. La desolación se dibuja en su rostro.-
-                           ¿Conoce usted a Rosario Sacristán, la hija del carnicero?.-
-                           No conozco ningún carnicero. Hace años que renuncié a comer carne al no encontrar un establecimiento de esas características. Pero vamos a lo nuestro. Usted necesita un guía, alguien que lo oriente en medio de su azoramiento. Lea esto en voz alta-.

La nigromántica le alcanzó a Aranda un papel doblado. El lugar era horrendo, lleno de crucifijos e imágenes de San La Muerte, de Gauchito Gil e ídolos africanos. Comenzó a leer unas palabras en latín, una alabanza al señor de las tinieblas y un nombre que debía presentarse ante él: Astaroth.

Astaroth es el "gran duque del Infierno", de la primera jerarquía demoníaca, en la que también pertenece Belcebú y Lucifer.
Es un demonio de primera jerarquía que seduce por medio de la pereza, la vanidad, filosofías racionalistas de ver el mundo y su adversario es San Bartolomé, que puede proteger contra él porque venció las tentaciones de Astaroth. Inspira a los matemáticos, artesanos, pintores y otros artistas liberales, puede volver invisibles a los hombres, puede conducir a los hombres a tesoros escondidos que han sido enterrados por hechizos de magos y contesta a cualquier pregunta que se le formule en forma de letras y números en multitud de lenguas.

Adolfo Aranda estaba imbuido en su letanía infernal cuando golpearon la puerta. Cecilia abrió y apareció en el comedor un alto y apuesto caballero. Vestía un traje azul cruzado, zapatos de gamuza, y un trabajado peinado a la gomina que aplastaba los cabellos rubios del recién llegado. Sus ojos celestes conducían a los secretos más insondables.
-                           Usted me llamó. ¿Qué necesita?- preguntó Astaroth a su atónito interlocutor.

Aranda contó otra vez, una vez más su repetida de historia. Habló de la inalcanzable Rosario Sacristán, de su deambular por las calles del San Pedro y de su intención por volver a casa.
-                           ¿A casa?- preguntó con curiosidad maliciosa el demonio. –Lo que me pide en imposible-.
-                           ¿Por qué me dice eso?.Esta mujer me dije que acudiera a usted, que podría sacarme de este laberinto atroz.
-                           Volver a su casa es imposible amigo, porque esta es su casa-.
-                           ¿Qué dice?. Exijo hablar con su jefe. Quiero ver ya a Satanás-, dijo Aranda tomando por la solapa a Astaroth.
-                           Me temo que eso también está fuera de mi alcance señor. Usted no puede ver a Satanás porque Satanás es usted-.
Astaroth desapareció. Aranda se fue de aquel lugar. Afuera lo esperaba un laberinto eterno, una colección de senderos y pasadizos donde ya estaba condenado a vivir eternamente, con una nueva identidad, y con una misión de la cual en ese momento comenzaba a comprender. Ya no le preocupaba encontrar a Rosario Sacristán. Solo quería encontrarse a sí mismo.

domingo, 3 de julio de 2011

RESONANCIAS

Marito es el único hijo del doctor Ábalos. Para el abogado esto es una desgracia, ya que su único vástago es este ser indescifrable, misterioso, imbuido en sí mismo; cubierto por una densa capa de mutismo que los años no ayudaron a atravesar. ¡Tanto que lo desearon Mercedes y él, para cargar hasta ahora con este idiota de primera línea!. No lo pudo predecir en el momento de nacer el engendro, si no hubiera movido sus intrincadas influencias para realizar en el hospital alguna oportuna maniobra permutativa con algún niño que estuviera en la plenitud de sus facultades. Pero hace diez años el doctor Emilio Ábalos no detentaba el reconocimiento que hoy goza, fruto de su habilidad y astucia. Solo era un incipiente estudiante, arrendatario de un pequeño departamento de la calle Balcarce.

            Marito al nacer era un nene precioso. Rozagante, con los cachetitos colorados y el pelo negro pegado al cuero cabelludo, había venido al mundo aparentemente sano. Solo llamaba la atención de sus padres su mirada distraída. Marito se quedaba con la vista fija en un punto, como si un ente invisible le hablara y lo sustrajera del amor de Emilio y Mercedes. Marito fue creciendo y su ensimismamiento se fue acrecentando. Al mismo tiempo su padre comenzó a trabajar en la administración pública, ganándose el favor de los políticos de turno, felices por su comportamiento servil. Mercedes sola se ocupaba de la salud de su pequeño, desconcertada por la respuesta de médicos y psicoanalistas.
-                           Este niño es completamente sano- afirmaba el otorrinaringólogo.
-                           Los órganos fonadores actúan correctamente- repetía la fonoaudióloga.
-                           No observo ningún síntoma de autismo- concluía terminantemente el psicólogo.
Pero Marito no hablaba. Y ya tenía tres años.

            Llegó el tiempo de la escuela primaria. Marito se reveló como un alumno brillante. Respondía con certeza pitagórica a los problemas matemáticos. Comprendía a la perfección el sistema de coordenadas geográficas. Demostraba entender como extrema pericia causas y consecuencias de la historia. Se mostraba curioso ante los desafíos de las Ciencias Naturales. La gramática no parecía tener mayores inconvenientes para su mente abierta y veloz. Interpretaba acertadamente los textos y creaba relatos de exquisita textura. Pero no leía. Es decir, no leía en voz alta, porque se le veía abstraído por la lectura, que parecía gustarle mucho. Ya en esos años de primaria Emilio dejó de preocuparse por la educación y la evolución de la patología de su hijo. Su única reflección fue, en aquellos siete años, una sola:
-                           Tengo un hijo que es un boludo sin remedio- repetía cada hora, cada día, cada mes, cada año en los atormentados oídos de una atribulada Mercedes, a la que ni siquiera su amor de madre lograba arrancar una palabra de los labios de Marito.

En la escuela lo llamaban “el mudito”, primero a manera de sorna, pero con el tiempo se transformó en un mote cariñoso. Marito lo soportaba estoicamente, y por eso nunca le faltaron compañeros de juegos y de travesuras. Es que por lo demás Marito era un niño normal, muy lejos del idiota que describía su padre. Su mutismo se debía a alguna oculta razón que nadie que lo conociera podía adivinar, pero que seguramente estaba grabada a fuego en el corazón del niño.

Una tarde Emilio acertó a pasar por el cuarto de Marito cuando la puerta estaba entreabierta. Le pareció escuchar un murmullo, parecido al agua que corre por un arroyo de montaña o el rezo de un monje de clausura. Se asomó y su sorpresa no tuvo límites. Su hijo estaba sentado frente al escritorio, con la vista fija en un libro. Escuchó: Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza… Era “Las ruinas circulares”, de Borges, y Marito se encontraba empapado en la lectura, y por el rictus de su boca al leer parecía feliz. Aminorando su paso Emilio se acercó a su hijo y solo atinó a preguntarle:
-                           ¿Hablás?
Marito contestó:
-                           Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas…

Emilio desbordaba de dicha. Aunque el niño no le había contestado su pregunta escucharlo hablar era para él la segunda gran noticia de la semana, además de su flamante candidatura a concejal. Corrió a avisarle a su esposa la buena nueva:
-                           ¡Marito habla! ¡Está hablando!¡No es un idiota! ¡Ahora sí lo voy a poder mostrar en la presentación de las candidaturas! ¡Ya mismo lo invito al intendente!- todo esto dicho con una excitación que su esposa poco le conocía.
Mercedes padecía de una contradicción interna. Se mezclaban en ella la felicidad por la evolución de Marito, coronada con el don de la palabra, y la desilusión ante el cambio de condición de su esposo, convertido en un oscuro especulador, capaz de usufructuar la mejoría de su hijo para sus intereses personales. Lo abrazó, sí, pero con un nudo en la garganta imposible de desenredar siquiera por Alejandro Magno.

Emilio se hizo dueño de la situación inmediatamente y comenzó a hacer llamadas a sus contactos. Llamó a su familia, quienes mostraron siempre un amor superior al padre del niño. Llamó a la familia de su esposa, quienes quedaron sorprendidos ante el repentino interés del doctor Ábalos por su hijo. Llamó a sus mejores amigos, quienes siempre tuvieron un cariño por Marito cercano a la lástima. Llamó al intendente y a sus nuevos compañeros de la política, quienes vieron en este encuentro familiar la oportunidad de asegurarse el apoyo del pueblo al estar cerca del fenómeno que había conocido la luz del verbo. Puso manos a la obra a la cocinera y a la mucama para que ningún detalle quedara librado al azar. Su esposa lo veía ir y venir, redescubriendo en su marido los bríos que le conoció en su primera juventud.

Una hora antes de que llegaran los invitados Emilio se acercó al dormitorio de su hijo y se aseguró de que todo estuviera bien. Se sentó frente a él y le preguntó:
-                           Hijo, ¿podés hablar?. Por favor, decile algo a tu padre-
-                            En la página 242 de la Historia de la Guerra Europea de Lidell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería) contra la línea Serre-Montauban había sido planeada para el 24 de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del día 29. Las lluvias torrenciales (anota el capitán Lidell Hart) provocaron esa demora —nada significativa, por cierto. La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en la Hochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.
         “... y colgué el tubo. Inmediatamente después, reconocí la voz que había contestado en alemán. Era la del capitán Richard Madden. - fue la respuesta.

No era la respuesta que hubiera querido escuchar, pero al menos se cercioró de que su hijo efectivamente había recuperado el habla. Le intrigaba sobremanera la perfecta dicción del niño, como si realmente hubiera hablado desde muy pequeñas en las sombras de su dormitorio, como si ese hubiese sido su refugio del mundo para aprender a modular vocablos, a utilizar correctamente la sintaxis de las frases, a incluir estas en un texto coherente y cohesionado. Mas, ¿porqué esa obsesión de recitar textos de Borges de memoria?. Lo último que había dicho su hijo era el comienzo de “El jardín de los senderos que se bifurcan”. No importaba, lo relevante es que Marito hablaba, y respondía al estímulo de la charla de su padre.

A las nueve y media de la noche estaban sentados en el living todos los invitados al gran evento. Los padres de Emilio y los de Mercedes. El intendente y sus alcahuetes de turno. Amigos y entenados. Todos allí aguardando el momento de oír al pequeño musitar aunque fuera un “hola” mientras tomaban un café servido por la mucama, que también esperaba escuchar a Marito.

El propio padre fue a buscar a su hijo al dormitorio. Estaba con sus mejores galas.
-                           ¿Estás listo hijo?- preguntó Emilio.
Marito respondió con una sonrisa y una mueca de aprobación.

Sentados en el medio del living, con los invitados a los dos costados Emilio y Mercedes le pidieron al niño que saludara a los invitados. Y así lo hizo Marito:
-                           Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Era el comienzo de “Funes el memorioso”, recitado con exquisita dicción ante los admirados visitantes y los rostros mustios de los progenitores.

Esta historia me fue contada el día posterior a mi mudanza a la casa de los Ábalos, varios años después de los extraños eventos, por unos vecinos chusmas, que reversionaban lo que les habían narrado uno de los asistentes a la reunión de aquella noche. Los Ábalos se mudaron a Godoy Cruz o Guaymallén. Del niño nunca más se supo nada, ya que no se lo volvió a ver en el barrio hasta el día que se fueron. Las teorías acerca del porque de la obstinación de Marito por Borges van de lo lógico a lo demencial. Unos dicen que efectivamente era autista, y encontraba su refugio en la lectura del vate, habiendo memorizado sus textos, uno por uno. Otros, afectos al orientalismo, hablan de una posible reencarnación del poeta en el cuerpo del niño (hipótesis a la que me niego por mi educación cristiana). Los más audaces garantizan conversaciones nocturnas entre el niño y un espíritu que le dictaba los cuentos y poemas, espectro que podría ser del mismo Borges. Mi cientificismo lucha denodadamente contra estas supercherías y no es capaz de aceptar esta afirmación. Aunque juro que en un par de noches he escuchado en la habitación que fuera otrora del pequeño una tenue voz casi impreceptible recitando:

- Zumban las balas en la tarde última.
   Hay viento y hay cenizas en el viento,
   se dispersan el día y la batalla
 deforme, y la victoria es de los otros.
             Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.

jueves, 23 de junio de 2011

LA ESPERA

Andrés se levanta, como todos los días, a las seis y veinte. El sonoro despertador lo llama a cumplir con la tarea diaria. Enciende el velador y comienza a vestirse. Hace calor, más que de costumbre. La camisa de grafa que planchó la noche anterior, el pantalón, las alpargatas, todo está sobre la silla de mimbre. Mientras se viste observa a María. Sigue recostada, su cabeza se hunde profundamente en la almohada. Le da un beso en la frente y va hacia la cocina. La habitación permanece silenciosa. María sigue descansando como si nada pasara. Después de desayunar Andrés parte hacia la faena diaria.

Andrés abre el galpón. A su lado Mandinga, un dogo argentino, viejo compañero de su padre y ahora junto a él, salta de alegría al ver a su amo. El sol del amanecer le regala tonos amarillos a las paredes de la casa y tiñe de oro los álamos más altos. Toma la zapa y se interna en el terroso suelo de la viña. Levanta la herramienta sobre su cabeza y con un golpe seco abre el surco para que el agua fluya por él. Su vida siempre fue esa, partir la tierra en dos para que el agua dé vida a las vides. Mandinga corre a lo largo de la hilera, tratando de alcanzar a los caranchos que sobrevuelan la casa. El hierro va y viene por el cauce. Hace cinco años que su historia se reduce a la rutina del viñedo: abrir la tierra, regar por las noches, la poda, la atada, la cosecha que corona el trajín de todo un año. Mientras trabaja recuerda como llegó a Andrade. Llegó junto a María de la Capital, a hacerse cargo de la finca de su padre, y buscando un poco de paz para la joven pareja recién casada. Aquello le parecía un paraíso. Se enamoró de las anchas arboledas, del sonido del agua corriendo por la acequia, de aquella casa arrullada por los trinos de los pájaros y los cantos de los sapos. María también cantaba, siempre cantaba: cuando lavaba la ropa, cuando regaba las plantas, cuando cocinaba las empanadas en el horno de barro, cuando le daba de comer a Mandinga. Pero esa vida de canto y amor había cambiado mucho últimamente.

El sol se empeña en agobiar a Andrés, envuelta su camisa en un sudor molesto. Pasan una, dos, tres horas. Es momento de volver a casa. La hora del almuerzo. Ahora deja los instrumentos de labranza por los utensilios de cocina. María hace ya mucho tiempo que no puede realizar esa tarea. Está postrada en su cama, el cáncer ha vencido ese cuerpo joven y lleno de vida. El cáncer, ese mismo silencioso enemigo que les negó la posibilidad de la llegada de un hijo.

Sentado en una silla al borde del lecho Andrés se dispone a alimentar a su mujer con extrema dulzura.
-                           Así estás mejor amor- le dice Andrés a su esposa acariciándole el pelo. – Se te nota más tranquila – agrega el solícito esposo acomodando la almohada para que su amada esté más cómoda.
-                           Abrí un poquito la boca, así amor, muy bien. Hice humita, en chala como te gusta a vos… ¿No comés más?. Bueno, a decir verdad yo tampoco tengo mucho hambre -. Dos lágrimas corren presurosas por el rostro sucio de Andrés, dejando un rastro blanquecino.
-                           Amor, hoy viene a visitarte tu papá – dice Andrés, volviendo a recostar a María. – ¿Estás contenta?. Sí, seguro que sí. Hace mucho que Carlos no venía.

Andrés vuelve a la viña, devastado por el lacerante silencio de María, arrastrado a la más desgarradora soledad. La tarde de noviembre castiga sin piedad la tierra cada vez más caliente. Por la huella se levanta una nube de polvo. Se acerca un vehículo, sin dudas.

-                           Ese debe ser Carlos- se dice Andrés a sí mismo. Creí que llegaría más tarde. Pero bueno, era hora de que viniera. Amor se acerca el momento- le dice el amo a su perro, que parece comprender el dolor que encierran las palabras del hombre. El animal gime y lame las manos labradoras.

La camioneta se detiene. Desde la viña Andrés observa la escena. Mandinga corre para recibir al padre de su ama,  y con sus ladridos le indica que la puerta está abierta. Carlos hace girar el picaporte y entra en la casa. Andrés continúa observando la escena, estático. Mandinga guía a Carlos hasta la habitación. Desde la sala se percibe un olor extraño, fétido, fatal. Carlos acelera sus pasos hasta la puerta del dormitorio y la ve. Horrorizado, frente a él está su hija menor, recostada, con un inmundo color verdoso en la piel, hinchada a punto de reventar, con el rostro detenido en el tiempo, con la vista fija para siempre en un punto luminoso de la pared. En su boca asoma la comida que su marido intentó introducir en su boca. A su lado Mandinga no para de aullar. Afuera, los caranchos vuelan sobre la casa, sobre la viña, sobre Andrés.

miércoles, 1 de junio de 2011

MALA FORTUNA


Nunca fui supersticioso, por lo que la fecha viernes 13 de julio me era absolutamente indiferente. Ese día debía encontrarme con Laura, la chica del 6º B. Me atrajo desde el primer día en que la vi llegar al edificio. Un par de encuentros casuales en el ascensor, una que otra coincidencia en la puerta, un hola a la pasada, parecían darme indicios de una afición mutua. Laura era bella, sofisticada, sensual, una verdadera belleza. La noche que encontré el papel que había lanzado por debajo de la puerta el corazón parecía salirse de mi pecho. Te espero el viernes a las 6 de la tarde en la Peatonal. Laura. Leí la nota unas diez veces aproximadamente y me dispuse a prepararme para el gran evento.

Elegí mi mejor camisa, a cuadros en distintos tonos en verde. Un jean beige y zapatos marrones completaban mi atuendo de conquistador de cabotaje.  Me perfumé y me vi frente al espejo para comprobar si ese rostro mío era digno de ser amado por aquella ninfa moderna que el destino había puesto frente a mí. El reloj despertador de mi habitación marcaba las 5. Tenía bastante tiempo antes de la cita, pero una de mis principales virtudes era la puntualidad, por lo que decidí llegar antes que ella al café para demostrar mi creciente interés.

Al salir del edificio saludé al portero, quien levantó la mano para despedirme. Estaba controlando a los pintores, quienes blanqueaban la fachada. La brocha se resbaló de la mano de uno de ellos, cayendo a escasos veinte metros de mi paso, salpicando mis zapatos recién lustrados. Lancé mis más abyectos improperios hacia el trabajador, que me contestó solamente con una sonrisa sardónica, amparado en la impunidad que le otorgaba las alturas. El portero me acercó un trapo para limpiar mis tamangos. Quedaron medianamente bien, pero sentí la mala suerte cayendo sobre mis espaldas. Caminé dos cuadras hasta la parada del micro, ya que estaba bastante lejos del centro.

 ¿Han esperado el micro un día en el que están ansiosos?. Yo sí, ese día. Pasaron cinco, diez, quince, veinte minutos… y nada. Me compré un paquete de pastillas en un quiosco y miraba el reloj obsesivamente. El ómnibus llegó con cuarenta minutos de retraso. Evidentemente mi cita con Laura ya no dependía de mi voluntad sino de las circunstancias que el destino ponía en mi camino. El viaje fue otra odisea. Fui parado, agarrado a  duras penas del pasamanos y con el portafolios de un vendedor de seguros clavado en mis costillas. Un bebé vomitaba a escasos milímetros de mi persona, con la hedentina correspondiente penetrando en mis fosas nasales, mezclado con el hipnotizante olor a ajo que brotaba de las bolsas del muchacho del fondo, y el perfume barato de la cincuentona de escote generoso parada a mi lado. Extraje un pañuelo de mi bolsillo (soy de los que sigue utilizando pañuelos de tela) y lo coloque sobre mi nariz para que no siguiera siendo dañada por la atmósfera del transporte público. La inagotable travesía finalizó con una brutal frenada que dejó a medio pasaje haciendo equilibrio para evitar caer en efecto dominó, efecto que por supuesto me arrastró a mí también.

Bajé a las seis menos cuarto. El café quedaba a dos cuadras. Caminaba con cierta tranquilidad por Plaza España, pensando en las sucesivas peripecias que me habían ocurrido mientras una señora muy atenta levantaba sus manos para saludarme. No, no me estaba saludando, en realidad la estaban asaltando. El chorro luego de haber conseguido su exiguo motín corrió hacia donde yo avanzaba con tanta mala suerte para él que me atropelló, cayendo en una sola masa el caco y yo. Los transeúntes se abalanzaron sobre él y en segundos llegó un policía. Los uniformados nunca llegan a tiempo pero a mí me tocó el más solícito agente del orden, quien se empeñó en realizar el procedimiento correcto, llevándome a la comisaría más cercana para tomarme declaración. En la seccional poco les importó mi cita con mi vecina Laura. Me desocupé de mis deberes de ciudadano a las seis y media y al arribar al café Laura ya no se encontraba allí…

           Elegí mi mejor camisa, a cuadros en distintos tonos en verde. Un jean beige y zapatos marrones completaban mi atuendo de conquistador de cabotaje.  Me perfumé y me vi frente al espejo para comprobar si ese rostro mío era digno de ser amado por aquella ninfa moderna que el destino había puesto frente a mí. El reloj despertador de mi habitación marcaba las 5. Aunque pensándolo bien hoy es viernes 13, parece que va a llover y en verdad Laura tanto tanto no me gusta.

jueves, 19 de mayo de 2011

LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD


Abro los ojos y veo el reflejo del sol dibujándose sobre las paredes. Comienza un nuevo día para recorrer esta inmensa ciudad que me agobia con su silencio de misa. Una noche en el Hyatt es uno de los lujos que me permito luego del holocausto. La habitación que elegí da a la Plaza Independencia, que se puebla rápidamente de palomas, que parecen celebrar la ausencia del placero y sus disparos disuasorios. Es una linda mañana para sentarse en un banco a mirar el cielo, a ver si Dios se dispone a bajar y charlar un rato conmigo. Pero primero iré al supermercado, a aprovisionarme para el resto del día.

Me proveo de lo básico: el menú de hoy incluye pollo, verduras y un buen vino blanco. Para la tarde llevo café instantáneo, azúcar, pan y quesos. En la heladera del hotel he guardado carnes y lácteos, para que no se descompongan. Pronto la leche se vencerá y no la podré tomar. Habrá que ir al campo a buscarla. Tuve la precaución de colocarme el barbijo antes de salir a la calle, el hedor es cada vez más nauseabundo. Los caranchos y chimangos invaden la ciudad y forman un colchón de plumas sobre la calle desierta. Aunque me ignoren siento una repugnancia incontrolable por la presencia de los carroñeros. Al pasar por un quiosco de revistas me llevo un diario. El Los Andes declara “13 de abril de 2050”. Lo voy a guardar. Es el documento histórico del día en que la humanidad perdió su última oportunidad.

El mutismo de la ciudad aplasta. No hay bocinas, no hay voces de niños, solo la naturaleza le aporta al ambiente su murmullo de pájaros. Nadie habla, nadie grita, nadie canta. Es una ciudad sin palabras. Y una ciudad sin palabras es como un árbol sin hojas, desnudo y triste. Desde un primer piso de un edificio de departamentos de la calle España cae agua por la ventana. Seguramente la persona que vivió allí dejó alguna canilla abierta. Mi maldita tendencia a la perfección hace que ingrese al edificio. Subo y la cierro. Es curioso. Alguno de los departamentos, no se cual, huele a frito. Bajo por el ascensor. Nunca lo había hecho y representa toda una novedad. ¿Curioso, no?. Habituado a ascender y descender nunca lo había hecho en una caja de hierro.

Vuelvo al hotel. Reviso la bolsa del supermercado para pensar qué voy a cocinar. Arroz, fideos, leche, carne vacuna, mermelada, vino, papas, tomates, aceite… Tantos siglos sin preocuparme por abastecerme a mí mismo lograron trasformarme en un inútil funcional. Voy a la cocina a buscar un libro, una guía, algo que me permita cocinar sin cometer inexactitudes. Algo encontré, algún aprendiz había dejado un recetario escondido entre las ollas. Aquí tengo todos los artefactos que me permitirán cocinar. Encuentro una fórmula para preparar un arroz al horno que parece ser atractiva. Comer, una necesidad básica de los hombres por la que no me había tenido que preocupar hasta ahora. ¡Cuántas cosas he tenido que aprender en estos dos días! Alimentarme, padecer frío, vestirme, calzarme, orinar, defecar… Mi creencia de que los humanos eran privilegiados por habérseles entregado la tierra no podía estar más equivocada. Fueron una raza saturada de limitaciones, colmada de pulsiones físicas, imposibilitados por su precaria realidad de alcanzar la divinidad. Duele comprender que estuvimos equivocados durante tantas vidas. ¿Mi Señor me disculpará por mi insolencia, por mi odio extremo, por excederme en el castigo a los mortales?. Elevo mi vista hacia el cielo, pero no recibo ninguna señal de ese perdón que ansío imperiosamente.


           Abro las cortinas que dan a la plaza. Las hojas de los árboles se mecen con la suave brisa del sur, los pájaros vuelan liberados de los niños que los perseguían con sus gomeras. Los perros y gatos se adueñan de la ciudad, reemplazando el otrora reinado del hombre. ¿Pero qué veo?. Una mujer está sentada en un banco. Es joven, delgada y parece no haber sufrido el desastre. ¿Será un ángel como yo?. No puede ser, la conocería. ¿Será algún demonio enviado por Belcebú?. Su actitud complaciente y cariñosa con los perros ahora libres no es propia de uno de ellos. No parece angustiada o atemorizada. Al parecer Dios la eligió por alguna oculta razón. Es bella, morena y de tez aceitunada. Su porte es atractivo y su mirada… Su mirada tiene algo de lánguida paz. Una paz que no vi en otros humanos, a los que encontré envueltos en la insensatez, la mentira y la avaricia; preocupados por los asuntos mundanos olvidándose de su corazón, de su alma. Ella evidentemente ha alcanzado la luz, la santidad, la inmortalidad del ser. Sus ojos me buscan, sí, está mirando hacia la ventana. Cierro las cortinas con celeridad. Pienso en mi añorada condición divina y en como me descarrié del camino. Escucho la puerta de calle abrirse y un aroma perturbador cruza la sala. Pienso: ¿alcanzará la comida para los dos?

domingo, 8 de mayo de 2011

MINUTO 43


El árbitro es algo así como el tío pobre en la familia del fútbol. Condenado a ser el villano, el aguafiestas, cuesta todavía creer que a una persona medianamente sensata se le ocurra dedicarse a esta innoble tarea. El mote de juez no lo favorece, no tiene el poder de un magistrado, quedando limitada su influencia a un campo de juego. La tribuna tiene otras formas menos decorosas de referirse al desafortunado encargado de impartir justicia. Brito Arceo, Undiano Mallenco, Japón Sevilla, Urizar Azpitarte, Teixeira Vitienes, Ansuátegui Roca, Daudén Ibáñez, Andradas Asurmendi, Soriano Aladrén, Guruceta Muro, Esquinas Torres, Mejuto González, Lamo Castillo, Mejía Dávila son algunos de sus imposibles, increíbles nombres. Ser árbitro, en síntesis, es una verdadera desgracia.

El árbitro, además, es un eterno sospechado de los más oprobiosos crímenes dentro de una cancha. Penales no cobrados, penales mal cobrados, amarillas a capitanes protestones y omisiones de amarillas a asesinos seriales disfrazados de marcadores centrales, ignorantes involuntarios o potestativos de la ley del off side. El árbitro no puede permitirse el error, y ante esta intimación que le impone su propia profesión cambia el error por la infamia. Así fue desde que los primeros sajones jugaron con una cabeza de danés, y así es hoy, cuándo los millones mueven el negocio de la pelota.

Mario Benavídez era árbitro también, pero de una rara especie: los honestos. Y sabido es que la justicia del mundo guarda para esta raza un recóndito lugar en sus arrabales. Benavídez llegó al referato por vocación. Se sentía una especie de Dios que impartía justicia entre los hombres, en este caso vestidos con una camiseta de fútbol. Tenía una forma particular de dirigir: entendía que no solo debía castigar las faltas del juego sino también el comportamiento de los jugadores en su vida personal. Tal como Bottaro, el juez recordado por Alejandro Dolina en sus Crónicas del Ángel Gris, Benavídez omitía las faltas de los probos y castigaba con amarillas y rojas a los impíos. Esto le valió una seria reprimenda de la Asociación pero el injustamente motejado “bombero” siguió con su plan de librar al fútbol de los atorrantes.

Así fue como Benavídez llegó al momento soñado desde que se dedicó a la profesión en la que el silbato sustituye a la espada de Temis: dirigir una final. Los rivales eran los clásicos adversarios de toda la vida: Paso de los Andes y Andrade. El partido había comenzado con los nervios propios de un encuentro definitorio, pero en general los guerreros vestidos de azul y los rojos y blancos se mantenían en los sutiles terrenos de la caballerosidad deportiva. Abrió el marcador para Paso de los Andes Candeloro, con un tiro libre cobrado por Benavídez en la puerta del área, que el delantero gringo colgaba en el ángulo superior izquierdo. 1 a 0. Así termina el primer tiempo. Los jugadores de Andrade le reclaman al referí injustamente, el tiro libre estaba bien sancionado. Alguno deslizó la esperada afrenta:
-                           ¡Vendido! ¿Cuánto te pagaron?

¿Vendido él? ¿Justo él que nació en Andrade, en la finca de Letta?- ¡Qué saben estos ignorantes de como el corazón me pesa cuando le hacen un gol al equipo del que soy hincha! Eso nunca lo sabrán porque Benavídez no mezcla el trabajo con los afectos. En eso es intachable. Es más. Imagina su retiro del referato pasando sus domingos en familia, lejos del fútbol. No soportaría  que lo vieran en la cancha y rumorearan acerca de la relación entre su pasión y su antigua labor.

En el segundo tiempo Andrade buscó el empate con todas sus fuerzas. Uno a uno fueron llegando los centros cruzados sobre el área rival hasta que sobre los veintidós minutos Paredes, el goleador, marcó el empate. Sobre los treinta Benavídez apareció por primera vez en el partido para marcar su protagonismo. Una mano innecesaria de Molina, el capitán de Paso de los Andes, en la mitad de la cancha, terminó con la segunda amarilla y la inmediata roja para el apesadumbrado jugador. Ahora los insultos cayeron desde la otra tribuna. La protesta podía verse como lógica, todos conocían el origen de Benavídez, Sólo que nunca el árbitro puso sus sentimientos por encima del deber. Volvió a tragar saliva y siguió dirigiendo, intentando hacer oídos sordos al agravio de la chusma.

Hasta que llegó el minuto fatídico. Todos lo recordarían. Minuto 43. Córdoba, volante por derecha de Andrade sube por su carril. Con la cabeza gacha, con la vista en el balón más que en los tres palos lanza un derechazo a rastrón aparentemente inofensivo. Pero el destino de los humanos tiene distintas formas de dejarlos en un pedestal o hundirlos en la ignominia. El inocuo disparo de Córdoba se hubiera ido afuera si antes no rozaba la pierna izquierda de Benavídez, descolocando al arquero Ventura convirtiendo el segundo gol de Andrade. Sorpresa, estupor, confusión primero. Indignación, irritación, furia incontrolable después. El partido no terminó. Las huestes azules destrozaron el alambrado olímpico e ingresaron al campo de juego para hacer justicia con sus propias manos. Muchos rememoran ese partido por la enorme gresca entre  hinchas de los dos equipos, incluyendo a la policía, dirigentes, veedores y cocacoleros.

Pasaron ya varios años del inconcluso clásico. Los detalles se vuelven borrosos con el paso del tiempo. Los rostros se desdibujan, las opiniones se amalgaman con la leyenda. Lo que nadie pudo explicarse jamás fue el paradero del perseguido Benavídez. Algunos dicen que lo vieron corriendo desaforadamente por la Calle Falucho rumbo al este. Otros, que salió de la cancha y se trepó a un camión cargado de cosechadores. El tano Villani, adjuntando a la historia un toque sobrenatural, habló de un ángel milagroso levantando al referí de las axilas y depositándolo en un baldío cercano. Los más osados llegaron a decir incluso que Benávidez nunca existió. Pero existió, lo puedo asegurar. Yo fui testigo de su utópica cruzada a favor de los sentimientos más nobles, de las acciones más altruistas, en contra de los bellacos y desleales. Yo tampoco sé que fue de él. Me gustaría confiar en la tesis de Villani, en una oportuna ayudita divina, para que, aunque fuera por única vez, el tiro del final saliera para el lado de la justicia.