La Hora

Junín, Mendoza

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jueves, 20 de octubre de 2011

SOLEDAD


En plena luz no somos ni una sombra.
Antonio Porchia

Dejé de acompañar a Fernando hace dos meses. Comencé a experimentar mi separación con él una mañana en la que me desperté para ir a trabajar y ya no estaba, se había ido sin mí. ¿Se habría enojado por algún motivo conmigo?. No, imposible. A decir verdad jamás se percató de mi presencia, o si lo hizo aceptó como natural mi cercanía para con su cuerpo. Salí a caminar por las calles sanmartinianas, por primera vez sola desde que tengo memoria. Entré al Magdalena, un café al que solía acompañar a Fernando en sus interminables tertulias literarias con sus amigos poetas. Después crucé la ruta y me dirigí hasta el Paseo de la Patria, donde me senté frente a unos abuelos que daban de comer a las palomas. Pude ver mucha gente andando por ahí, pero cada uno andaba en lo suyo, indiferente a las de mi clase.

Me pregunto dónde andará Fernando. Quizá esté el Club Social. Solía hacer eso por las noches, y esta noche eterna es propicia para sus partidos de truco. Quizá haya viajado hasta Junín, a la casa de su hermano Oscar. Podría ir a buscarlo allí, pero no tengo idea de cómo subir a un micro. Siempre dependí de Fernando para todo, y la subordinación a la que estuve atada durante tantos diciembres me ha hundido en esta brutalidad estructural que me avergüenza. ¿Estará tal vez abrazando a Marcela? ¿Cómo saberlo?

Crucé la calle y me senté en un banquito del Parque Sarmiento, donde la luz me diera de lleno. Pero es inútil. Es luz artificial, no solar. Y la vida al amparo de los faroles es una vida ilusoria. Hacia mi izquierda un niño revuelve la basura buscando restos de comida en un container. A mi derecha una jauría hambrienta acecha al pequeño esperando que finalice su tarea para ir sobre los restos. ¡Qué triste está la ciudad bajo este manto de luto!

El cielo oscuro se comienza a poblar de nubes negras. En minutos lloverá. Mala suerte la mía. En otros tiempos había que orarle a todos los santos para que cayeran unas pocas gotas, y ahora cada noche era una amenaza de diluvio. Inconscientemente atiné a cubrirme con mis manos levantando mi abrigo, tal como lo hacía Fernando en medio de las peores tormentas veraniegas, pero enseguida recordé que la lluvia no me afectaba.

Triste destino el mío y el de las de mi especie. Obligadas a depender de otro ser, a obedecer sus caprichos sin chistar, sin esbozar siquiera una reacción en contra de su voluntad. Forzadas a levantar una mano si nuestro compañero lo hace, a correr si lo ordena; a amar, sin que podamos gozarlo; a callar, aunque nos toque en suerte el más verborrágico de los mortales.

Camino sin saber donde en medio de la lluvia. He llegado a una triste conclusión. Soy la única de mi estirpe que ha sobrevivido al cataclismo. Ése que se desató el 12 de diciembre. Ése que comenzó con un tenue ronroneo, como si millones de hormigas pasaran destrozando hojas a su paso. El zumbido fue seguido de densos nubarrones negros, las mismas nubes que me abrigan en esta penumbra perpetua. Una densa capa de algodón azabache pobló el cielo y nunca más se retiró. Las nubes de lluvia se forman bajo este inmenso caparazón, vaya a saber bajo que procesos químicos, ya que el Sol, imprescindible para su nacimiento, ya no está entre nosotros. Al principio pareció eso, una tempestad estival de aquellas que vienen con granizo. Pero el correr de las horas mostró a todos que aquello era algo más. Las autoridades comenzaron a preocuparse sin saber muy bien que hacer. Serían esfuerzos estériles. Cuando la naturaleza reacciona no hay ser humano capaz de enfrentar su furia. Poco a poco los vegetales fueron languideciendo sin el sol que las alumbraba. Los animales comenzaron a partir de allí un peregrinar sin sentido buscando un destello salvador. Nada de eso sucedió.

        Mi propia esencia quedó desvirtuada por la falta del astro solar. ¿Qué es una sombra sin luz?. Nada, apenas una fosforescencia insignificante a la que nadie presta atención. Me mantendré con vida mientras la iluminación artificial subsista, pero mi existencia tampoco tiene sentido sin el hombre al que acompañé toda la vida. Ahora caigo en la cuenta que Fernando habrá muerto, ya que no me encuentro a su lado. O se habrá hundido en una oscuridad absoluta, esperando la muerte que lo alcanzará, como a todos. En este infierno no hay lugar para la esperanza, todo está teñido de carbón. Y yo me iré apagando lentamente, como mis pares que ya desaparecieron, porque yo también llevo la oscuridad en mi ser, y mi lobreguez no se lleva bien con la tiniebla que nos envuelve.

jueves, 15 de septiembre de 2011

LA CASA DÍAZ

Guillermo Martínez está feliz con la transacción realizada. Adquirió la Casa Díaz en un precio casi irrisorio. La vieja mansión decimonónica de estilo inglés se encontraba en manos del estado y la Municipalidad de Rivadavia creyó más viable vender la propiedad que restaurarla. Es que verdaderamente estaba muy deteriorada.  Su fachada se hallaba cubierta de un tinte negruzco, producto de la humedad. De los frisos que rodeaban la puerta quedaban muy pocas huellas, sobreviviendo estoicamente el nombre de la mansión. Casa Díaz rezaba la leyenda en letras neogóticas colocada en el umbral. El techo de media agua estaba carcomido por el óxido y la mierda de paloma. La puerta se encontraba descascarada y con unos enormes agujeros. La cerradura había sido literalemente volada. La mansión requería una reparación total y se dispuso a comenzar la obra inmediatamente. Ese día lo destinó a comprar pintura, chapas nuevas, madera y machimbres, y a ordenar la fabricación de nuevas rejas que reemplazaran a las herrumbadas que tenía la casa. Realizó esta tarea con pasión, la que en raras oportunidades había tenido en su vida.

En verdad no tuvo mucho apoyo en su utopía reconstructiva. Su familia puso el grito en el cielo frente al febril gasto del hijo solterón. Sus amigos creyeron que había enloquecido. Su asesor financiero trató de disuadirlo de que concretara el negocio y pusiera en peligro el capital adquirido como empresario de la noche del Este. Nada de esto le importó a Guillermo. Pasó todo el día en la casa, junto a un arquitecto y su equipo, quienes lo tranquilizaron al explicarle que, a pesar de las dificultades derivadas del deterioro del edificio, era posible alcanzar el ideal pergeñado por Martínez. Trabajó a destajo y al final decidió pasar la noche en la casa, en un colchón pelado.

Colocó el jergón en una habitación del piso de arriba, cerca de la ventana. La dejó abierta, ya que hacía calor. Era una bella noche de octubre y la luna daba de lleno sobre la ventana y la cara de Martínez. Recordó como principió su empresa. Evocó el costo económico que conllevó el boliche. Rememoró las visiones apocalípticas de su familia zumbando en sus oídos: no va a funcionar. Estás tirando la plata. Se te va a llenar de borrachos y drogadictos. Estudiá y dejate de joder. En verdad era más costoso cargar con sus parientes que restaurar la decrépita casona. Pensando en esto sus ojos de a poco se fueron cerrando y cayó en el sueño, arrullado por los sonidos de las lechuzas, de los sapos, de los grillos. Durmió plácidamente una media hora, más un ruido en la planta baja lo sobresaltó.

Bajó por la escalera, prendió las luces. Había sido una buena idea pedir la reconección del servicio, ya que la casa era muy oscura. Examinó el amplio salón esperando encontrar algún intruso, pero allí no había nadie. Las únicas miradas que caían sobre él eran las de los Díaz, en uno de esos cuadros antiguos donde los participantes de la foto aparecían vestidos para la ocasión, y con una expresión cicunspecta dibujada en su rostro. Martínez no recordaba haberlo visto el día anterior, pero seguramente este detalle se le habría escabullido debido a la ansiedad de la mudanza y la fruición del trabajo realizado.

Volvió a la que había elegido como su alcoba, un depósito de trastos de los que se deshacería al día siguiente. Volvió a dormir. Volvió a soñar. Soñó que estaba en la casa paterna, en Andrade. Soñó estar viendo Carlitos Balá en la tele, tomando la leche. Soñó con la abuela Elvira yendo y viniendo por la cocina. Soñó con el sonido de la pava silbadora. Despertó alarmado. Ya no era parte del sueño. Realmente en la cocina sonaba una pava hirviendo. Bajó, ahora con más prisa y entró a la que fuera cocina de los Díaz. Se quedó absorto, mirando el panorama. Sobre la cocina estaba la pava, todavía humeando. No solo eso. Sobre la mesa de madera que se había encontrado al llegar, estaba puesto un mantel de hule, con figuras de jazmines y flores. Ollas y vasos esperaban ser lavados sobre la mesada. Un almanaque imposible decía que era el año 1978. La casa parecía vivir, aunque detenida en el tiempo.

Pasó al comedor, para ser ahora preso de una sorpresa y un terror indecibles. Al entrar a la sala los cuadros volaron para colocarse solos en la pared. El polvo de los muebles que encontró corroídos por el abandono se disipó, para encontrarse con la pana, el roble y el pino relucientes. La lámpara central ahora era una araña gigantesca, que iluminaba el cuarto con un resplandor blanquecino. Martínez se quedó en el umbral. Sus ojos no daban crédito al espectáculo que estaba viendo.

Entró nuevamente a la cocina. ¿Qué hacer en ese instante?. ¿Entrar de nuevo al comedor renacido?. ¿Volver rápidamente a su habitación, a internarse nuevamente en un sueño que lo hiciera olvidar de esta pesadilla?. ¿Quedarse en la cocina, hasta que este horror terminara?. Recapituló sus recuerdos de niño, cuando se corría el rumor de que la casa estaba embrujada. Arielito decía que allí vivía un viejito, que se quedaba con las pelotas que los niños arrojaban sin querer al patio, después de un puntapié demasiado vehemente. Pero despúes ese miedo había desaparecido, y la ambición por quedarse con el inmueble hizo que se disiparan sus últimos espantos. Ahora comprendía el bajo precio que el agente inmobiliario había colocado a un edificio viejo, sí, pero de un gran valor arquitectónico.

Inspiró aire para envalentonarse y encontrarse con lo inesperado. Ingresó en el comedor y se quedó en un rincón, detrás de las cortinas de raso de color marfil. En el sofá y en los sillones se hallaban apostados un hombre de unos cuarenta y cinco años, que parecía ser el padre de familia y que hablaba por teléfono nerviosamente. Una mujer, un poco más joven, entrada en años pero bella todavía que lloraba en el hombro de una anciana de rostro demacrado.
-                           No está en lo de tu hermana tampoco- decía el hombre.
-                           Ernesto, por favor, sacá el auto y salí a buscarla. A lo mejor está en lo de la amiga esa que tiene en San Martín.
-                           ¿Vos sos loca?. ¿No sabés que después de las nueve de la noche no se puede salir a la calle?. ¿Tenés el teléfono de esa chica?-
-                           No, vos sabés como es tu hija, que no le gusta que la molesten cuando está con las amigas. Pero si está ahí ¿por qué no avisa?-
-                           Por qué desde que va a la facultad hace lo que se le canta el culo, por eso-.
En ese momento entra en la sala una joven de unos veinte años. Es hermosa. Alta, esbelta, su pelo negro cae sobre sus hombros. Sus ojos negros se ven aún más intrigantes delineados. Viste una camisola blanca y una falda floreada. Al entrar es recibida por su familia con abrazos y llantos. Se llama Teresa.

-                           Me están siguiendo, quieren llevarme como se llevaron a Mariela. Los perdí doblando la esquina de Alem y Fausto Arenas.-
-                           ¿Quiénes te quieren llevar?-. preguntó la abuela.
-                           La policía abuela. Mariela se reunía todos los sábados con unos chicos peronistas, y uno de ellos la mandó al frente. Se la llevaron y como yo estaba en su casa creyeron que era del grupo. Papá, hablá con tus amigos gansos, acá hay un error-.

Martínez continuaba observando la escena, pero en su torpeza golpea con su mano derecha y un jarrón cae estrepitosamente al piso.

-                           ¿Y usted quién es?-. le preguntó Ernesto Díaz, poniéndose en guardia ante el intruso.
Martínez iba a comenzar a ensayar alguna excusa, o a contar la verdad de una manera que fuera comprensible para esta familia de los ’70, y para el mismo, sin saber muy bien si el era el ajeno en ese tiempo o lo serían ellos. Iba a comenzar a hablar cuando se escucharon golpes en la puerta, y seguidamente disparos contra la puerta de la mansión.

Al día siguiente los pintores llegaron puntualmente a las nueve de la mañana. No encontraron al dueño de la casa. Tampoco en los días subsiguientes. Cuando la ausencia se hizo demasiado notoria sus familiares y amigos denunciaron la desaparición del empresario de la noche. Lo único que encontraron en el lugar fue su celular, extrañamente deteriorado, como si hubiera estado allí durante años, y una medalla de la escuela Casa de María con la inscripción “promoción 1977”.

lunes, 11 de abril de 2011

EL DELATOR



          Todo comenzó con una típica tormenta de verano. El cielo de Mendoza se fue poblando de nubes desde temprano en aquel Viernes Santo. Era extraño que ocurriera en el mes de abril, pero el año 2050 había sido particular en sus meteoros y el nuevo año transitaba entre vientos, lluvias y pequeños temblores en la tranquila ciudad montañesa. Los nubarrones al aparecer eran azules, pero ahora semejaban inmensos copos de algodón abarcando el cielo en toda su extensión. El Padre Horacio finiquitaba los últimos detalles de los clásicos actos litúrgicos en el Calvario, pero al observar la bóveda celeste tuvo una nefasta premonición, este día no sería como cualquiera.
           
            Fue hasta el mueble donde guardaba sus documentos personales y extrajo el cuaderno que tenía oculto hasta que llegara el momento indicado. Y este parecía serlo. Se sentó ante su escritorio y tuvo que prender la luz a pesar de ser las diez de la mañana. La calle se hallaba envuelta en sombras, llena de noche. En la vereda se oían los pasos apurados de la gente que trataba de llegar lo más rápido posible a sus casas. Tuvo una nueva visión. Tendría que suspender la misa, ya que seguramente no arribarían feligreses para celebrarla. Comenzó a anotar nombres mecánicamente, los que recordaba, para entregarle al ángel de la muerte cuando llegara, una lista exhaustiva de los pecadores de su sección. Horacio se sentía imbuido por no se que autoridad para señalar a los transgresores de las leyes de Dios. Afuera, en el patio de atrás de la Iglesia, se escuchaba un sonido tableteante sobre las chapas de zinc de la galería. Con su mano derecha movió la cortina y vió como el granizo, del tamaño de un grano de arroz, caía incesantemente.

            Puso inicio a su listado con los perezosos, aquellos que hacen de su vida un mero pasar. La pereza es el más metafísico de los pecados capitales, en cuanto está referido a la incapacidad de aceptar y hacerse cargo de la existencia de uno mismo. Es también el que más problemas causa en su denominación. Tomado en sentido propio es una tristeza de ánimo que aparta al creyente de las obligaciones espirituales o divinas, a causa de los obstáculos y dificultades que en ellas se encuentran. Bajo el nombre de cosas espirituales y divinas se entiende todo lo que Dios nos prescribe para la consecución de la eterna salud, como la práctica de las virtudes cristianas, la observación de los preceptos divinos, de los deberes de cada uno, los ejercicios de piedad y de religión. Concebir pues tristeza por tales cosas, abrigar voluntariamente, en el corazón, desgano, aversión y disgusto por ellas, es pecado capital. Tomada en sentido estricto es pecado mortal en cuanto se opone directamente a la caridad que nos debemos a nosotros mismos y al amor que debemos a Dios. De esta manera, si deliberadamente y con pleno consentimiento de la voluntad, nos entristecemos o sentimos desgano de las cosas a las que estamos obligados; por ejemplo, al perdón de las injurias, a la privación de los placeres carnales, entre otras; la acidia es pecado grave porque se opone directamente a la caridad de Dios y de nosotros mismos. Considerada en orden a los efectos que produce, si la acidia es tal que hace olvidar el bien necesario e indispensable a la salud eterna, descuidar notablemente las obligaciones y deberes o si llega a hacernos desear que no haya otra vida para vivir entregados impunemente a las pasiones, es sin duda pecado mortal. El nombre de Pedro Ormeño, aparecía como el sinónimo hecho carne de la acedia. Afuera, una excepcional lluvia de pájaros muertos golpeaba contra los vitrales de la catedral, produciendo un ruido insoportable. Se podía ver la calle San Martín convertida en un fétido cauce de sangre que fluía hacia las casas de los aterrados vecinos.
            La sanguinolenta precipitación cesó. El sacerdote se permitió salir del templo y comprobó con horror no contenido el cuadro que había dejado el fenómeno. Palomas y pájaros de todo tamaño yacían en la calle, inundada de sangre lo que la hacía resbaladiza para automóviles y peatones. Los árboles estaban desnudos de hojas y ramas, víctimas de un adelantado invierno artificial. De pronto se oyó un estruendo que provenía del pedemonte. Desde la posición de Horacio se observaba una gran polvareda en los cerros. Un torrente de rocas había caído sobre el dique Papagayos, que luego de su reforma actuaba como cedazo de los aludes. De pronto avanzó un mar de lodo sobre la ciudad. Quienes se encontraban en la calle volvieron aterrorizados a sus casas. El padre subió al primer piso, llevando su libro de anotaciones bajo el brazo. Había sonado la segunda trompeta del Día Final, la de la montaña precipitándose al agua. Subió corriendo las escaleras y desde su privilegiada posición lo observó todo. El barro viajaba a gran velocidad por las calles arrastrando todo lo que encontraba a su paso. Mezclados con el lodo marchaban automóviles, plantas del Parque San Martín y personas que no habían sido tan rápidos para llegar a sus casas. El padre volvió a tomar su lapicera y marcó a los que él entendía que padecían del pecado capital de la codicia. Simón Fernández, el inalcanzable dueño del oro mendocino encabezaba la lista, más allá de que el alud habría arrastrado con él y su propia avaricia. Tomás de Aquino escribió que la avaricia es un pecado contra Dios, al igual que todos los pecados mortales, en lo que el hombre condena las cosas eternas por las cosas temporales. En el Purgatorio de Dante, los penitentes eran obligados a arrodillarse en una piedra y recitar los ejemplos de avaricia y sus virtudes opuestas. Avaricia es un término que describe muchos otros ejemplos de pecados. Estos incluyen deslealtad, traición deliberada, especialmente para el beneficio personal, como en el caso de dejarse sobornar. Búsqueda y acumulación de objetos, robo y asalto, especialmente con violencia, los engaños o la manipulación de la autoridad son todas acciones que pueden ser inspirados por la avaricia, por lo que este listado era más numeroso que el de los perezosos.

            La Tierra estaba siendo castigada por los vicios de sus habitantes, y caían una a una las Babilonias del norte y del sur. Lo que siguió a la lluvia de sangre y el alud fue una catástrofe de enormes magnitudes ya imposible de combatir. Un enorme asteroide caía en el desierto sanjuanino, liberando una trágica nube de polvo suspendido que no tardó en llegar a la ciudad. El cielo ennegreció, llevándose para siempre el Sol, la Luna y las Estrellas. Los metales que traía la enorme bola de fuego contaminaron las aguas y ya no fue posible beberlas sin morir al instante. Horacio prendió una vela, porque también había sido destruída toda fuente de energía natural o artificial. El terror comenzaba a apoderarse de él, pero no dejó de hacer su infame oficio de escriba mortuorio. Era el turno de los irascibles. La ira puede ser descrita como un sentimiento no ordenado, ni controlado, de odio y enojo. Estos sentimientos se pueden manifestar como una negación vehemente de la verdad, tanto hacia los demás y hacia uno mismo, impaciencia con los procedimientos de la ley y el deseo de venganza fuera del trabajo del sistema judicial llevando a hacer justicia por sus propias manos, fanatismo en creencias políticas y generalmente deseando hacer mal a otros. Una definición moderna también incluiría odio e intolerancia hacia otros por razones como raza o religión, llevando a la discriminación. Las transgresiones derivadas de la ira están entre las más serias, incluyendo homicidio, asalto, discriminación y en casos extremos, genocidio. La ira es el único pecado que no necesariamente se relaciona con el egoísmo y el interés personal. El inventario de los poseedores de ira era encabezado por un par, el arzobispo, quien para Horacio era reaccionario y anticuado, odiando a homosexuales, comerciantes, artistas y líderes de otras religiones, despotricando desde su púlpito contra todos los que no pensaban como él. Sí, con todo el dolor del alma el arzobispo debía ser escarmentado.

Las aguas sabían a azufre y era imposible beberlas. Sonaba la cuarta trompeta. Todos morirían de sed, y solo escaparían a esta peste los justos, entre los que se contaba a sí mismo el padre Horacio, más allá de que se apoderaba del delator el ansia de agua. En las calles perros y gatos callejeros se dejaban morir en los umbrales, convencidos de que la inanición los terminaría consumiendo. En el inventario del cura se anotaban ahora los lujuriosos. La lujuria son los pensamientos posesivos sobre otra persona. Debido a su intrínseca relación con la naturaleza sexual, la lujuria en su máximo grado puede llevar a compulsiones sexuales o psicológicas , incluyendo la adicción al sexo, el adulterio y la violación. El concepto que Dante tenía de la lujuria era el amor hacia otras persona, lo que pondría a Dios en segundo lugar. Aquello no podía ser permitido y la adúltera Miriam, la devota e hipócrita Miriam primaba sobre todos los lascivos, habiendo incluso puesto en duda hasta su propia vocación de sacerdote.

Ya faltaba poco para el final. Los ángeles de la muerte no tardarían en aparecer para llevarse el cuaderno y comenzar su lúgubre trabajo. ¿Sabrían los enviados del Señor quienes eran los justos y quienes los pecadores de la ciudad? Era probable, pero lo mejor era asegurarse un lugar en el paraíso, al lado de Cristo, de sus apóstoles, de sus ángeles. No había que dejar nada librado al azar. Siguió con su abyecta tarea. Era el momento de consignar a los detentadores de la gula. Marcada por el consumo excesivo de manera irracional o innecesaria, la gula también incluye ciertas formas de comportamiento destructivo. De esta manera el abuso de substancias o las borracheras pueden ser vistos como ejemplos de gula. En la Divina Comedia de Alighieri, los penitentes en el Purgatorio eran obligados a pararse entre dos árboles, incapaces de alcanzar y comer las frutas que colgaban de las ramas de estos y por consecuencia se les describía como personas hambrientas. Ese era el rumbo que tomaría Gerónimo Suárez, conocido libertino que comulgaba todos los domingos, cual si fuera un gran virtuoso. A Horacio como sacerdote le provocaba repugnancia tamaño fingimiento, pero debía cumplir con su labor sacerdotal más allá de quien tuviera enfrente. Mas ahora la calamidad próxima le daba la oportunidad de borrarlo de la faz de la Tierra. De pronto un sonido infernal llegó desde el exterior. Cerró prontamente las ventanas de su guarida y volvió a ennegrecer el firmamento, ahora por una insólita invasión de insectos. Moscas, mosquitos, escorpiones invadían la ciudad por el cielo. La vereda parecía trasladarse de oeste a este, cuando en verdad lo que se movía era un repulsivo ataque a los humanos espacios por parte de arañas y cucarachas.

La claustrofobia comenzaba a ahogar al tonsurado acusador. Abajo, en la nave de la iglesia se escuchaban pasos incesantes que de a poco se acercaban por la escalera circular. Se apresuró entonces a asignar el último círculo del infierno a los envidiosos. En su creciente demencia Horacio se sentía elegido por un plan divino para depurar el planeta, o al menos su ciudad. Aquellos que cometen el pecado de la envidia desean algo que alguien más tiene, y que perciben que a ellos les hace falta, y a consiguiente desear el mal al prójimo, y sentirse bien con el mal ajeno. Dante la definió como amor por los propios bienes pervertido al deseo de privar a otros de los suyos. En el purgatorio de Dante, el castigo para los envidiosos era el de cerrar sus ojos y coserlos, porque habían recibido placer al ver a otros caer. ¡Qué felicidad tendría de ver con los ojos sellados a su hermano Aurelio! Su envidioso pariente no soportaba su cercanía al poder, el favor que recibía de su familia, orgullosa de tener un hombre de Dios entre su miembros. Era claramente el peor de los resentidos y merecía el dedo acusador que caía sobre él. Los pasos resonaban en el pasillo y de pronto se detuvieron ante la puerta.

Feliz de haber sido escuchado por la Divinidad abrió la puerta. Apareció ante él un ser celestial como solo había podido observar en los libros hagiográficos. Era bello, como ningún hombre conocido, como ninguna mujer. Su rostro era lívido, etéreo, transparente. Su boca estaba adornada por una sonrisa maliciosa. Su enorme altura intimidaba, y al mismo tiempo atraía. Estaba envuelto en una túnica negra y portaba una dalla entre sus manos. En la arista del arma caía una gota de plomo caliente. Horacio se apresuró a darle, con manos temblorosas y bañado en sudor, su libro maldito. El ángel lo observó. Fueron segundos eternos para el cura. Tomó el libro y lo arrojó violentamente contra la puerta de madera.

-                           Mi Padre no necesita de tu delación para administrar justicia en este mundo- dijo el Mensajero de Dios. – Vengo a buscarte a ti, por tu pecado de soberbia. Sólo el Señor es capaz de delimitar quien debe ser salvado y quien debe ser condenado. Tú, espíritu simple, no tienes esa investidura y, por lo tanto, debes pagar por tu osadía-.

Ante la vista horrorizada de Horacio el Ángel tomó una apariencia bestial, con doce ojos que caían sobre el abatido sacerdote, apretó con fuerza el cuello del pelele y la gota de plomo entró por su garganta, quemándolo de a poco, la muerte más horrorosa que pudiera haber imaginado.

Afuera, la ciudad había recobrado lentamente su normalidad. Los fuegos de los incendios habían sido apagados por una oportuna lluvia. Los insectos viajaban hacia otras latitudes. La gente se unía para limpiar los restos de animales muertos y de los imprudentes que habían tenido la temeridad de salir en medio de la tempestad, el agua de la precipitación borraban todos los rastros de sangre. El lodo se secaba y era barrrido por las máquinas municipales. Todo volvía a su curso. Dios le daba, una vez más, una nueva oportunidad al mundo.

martes, 23 de noviembre de 2010

UNA METAMORFOSIS

Mi nombre es Isaías Bregovic. Fui profesor de la cátedra de Metafísica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo. Nunca pequé de falsa modestia, por lo que enumerar mis títulos y galardones es natural y necesario. Siempre intenté dejar una marca en mis alumnos, incorporando al marco teórico del espacio una visión personal y superadora. Para ello incluí allá por los años ’60 en el programa mi teoría sobre el desdoblamiento. Mi proposición era la siguiente: el horizonte de una partícula se convierte en la partícula de un horizonte más grande. Para esta proposición adopté el razonamiento ateniense, que sostenía la existencia de un desdoblamiento de los tiempos debido a aceleraciones de su transcurrir, y la aseveración de que para vivir había que utilizar un pasado, un presente y un futuro al mismo tiempo. Los griegos adquirieron este conocimiento en el contacto permanente que establecieron con Oriente, a través de Persia y la India, transportado a la Hélade por los sabios que acompañaban a Alejandro Magno. Pero mi aporte a este saber milenario fue ignorado y vilipendiado por mis colegas y alabado solo por quirománticos y parapsicólogos, con la consecuente sorna hacia mis escritos por parte de los círculos del saber mendocino. Mi contribución fue decir que este doble es nuestro verdadero “yo”. El cuerpo visible explora el espacio en nuestro tiempo, mientras que el otro, imperceptible para nuestra visión humana, viaja en los diferentes tiempos de nuestro desdoblamiento.

            Sigo con el relato de mi vida, porque quiero que quede bien en claro quien soy. No es que tenga dudas sobre mi identidad, es para que los demás lo sepan. Además de mi vida profesional, yo solía tener una vida personal. Una buena mujer, dedicada, delicada, bella, compañera y, por sobre todas estas cualidades, joven. Al conocerla creí enamorarme de su inteligencia y su sagacidad discursiva, pero con los años he comprendido que mi líbido se encendía debido a su juventud y su belleza, cualidades que en nuestro castellano deberían nominarse con el mismo vocablo. A pesar de mi madurez pronunciada, pude tener con ella dos hermosos hijos, hoy donceles de veinte y dieciocho años cada uno. Estimaba ser feliz con esa mujer y esa rutinaria existencia, pero ahora comprendo, entre estos cuatro muros, que solo era un fraude de mis sentidos.

            Existíamos en ese estado de bienestar cotidiano, alimentado de conversaciones familiares y de trabajo hasta que algo nuevo me sacó de aquella modorra. Un alumno nuevo, o antiguo del que yo no me había percatado de su presencia, se adscribió a mi cátedra. A pesar de su rostro cetrino y sus motas ingobernables, antónimos absolutos de mis rasgos adriáticos, encontraba en el algo mío, algo de lo que había sido en mis años de estudiante. Cierta seguridad y algo de soberbia intelectual, sumados a un interés manifiesto por mis investigaciones concibió en mi una camaradería inicial con Esteban, y muy pronto una férrea amistad. Se adosó inmediatamente a mi círculo de camaradas y fue el más jovial e inteligente de cuantos me rodeaban. Definitivamente era muy parecido a mí, era un adlátere perfecto.

            Un día decidí invitarlo a cenar con mi familia. Fernández arribó a la cita puntualmente, como lo hacía en cada clase de metafísica. La noche transcurrió de manera feliz entre charlas y vinos, pero Silvina me hizo notar algo de lo que yo no me había percatado: detrás de su carácter ameno mi mujer creyó descubrir un dejo de melancolía en sus ojos negros. Ahí hay algo en lo que alguna vez quisiera indagar, ese incomprensible don del sexo femenino para internarse en el interior de las personas a través de su mirada. Ante aquella alerta de mi esposa en los días subsiguientes intenté ahondar en la suposición de  Silvana, primero con acercamientos remilgosos sin ningún resultado más que evasivas, y luego con interrogaciones directas, ante las cuales Fernández un día dejó en libertad su alma y me narró su historia. Un amor de juventud, unos padres incomprensivos, un niño que no nació, una muerte joven, una tristeza sin fin.Y no pude menos que enternecerme con esa alma desolada escondida tras esa mirada que, aún no comprendía el motivo, comenzaba a inquietarme.

            A partir de ese momento Fernández y yo nos enlazamos en una amistad indestructible. Finalizadas las clases compartíamos conversaciones interminables acerca de filosofía, literatura francesa-pasión de los dos también- y de nuestras vidas, que parecían tan distintas en sus resultados finales pero no tanto en sus objetivos iniciales. Los dos habíamos soñado una vida familiar, los dos llevábamos en nosotros una ávida inquietud intelectual, los dos teníamos los mismos ideales, los míos ya vetustos, los de él en plena ebullición. Podría decir que aquellos días fui feliz, había encontrado en Fernández un amigo, el primero en mis 47 años.

            Una mañana de domingo, preparándome para asistir junto a Silvana a misa de 11 comencé a notar lo que hoy me perturba y me tiene en este estado.
Al peinarme noté mi cabello mucho más sedoso y dócil. Los dientes del peine pasaban fácilmente a través de mi pelo. Atribuí el fenómeno al oportuno cambio de shampoo. Eso ocurrió el domingo. El lunes al mirarme al espejo me vi la piel con una tonalidad morena que yo no poseía naturalmente. Se lo dije a Silvana en nuestra diaria rueda de mate y sonrió, diciendo que eran imaginaciones mías. No seguí hablando del asunto. Pero lo más extraordinario llegó al otro día. Al buscar la vestimenta que ese día iba a utilizar me quedaba holgada a mi cuerpo. Tenía la figura de un joven de veinte años, mi espalda derecha, mi torso juvenil, mis piernas monolíticas. Esta vez tuve pudor de citar la mutación notable de mi figura a Silvana temiendo que me tomara por loco, y apuré mi camino a la Facultad para contarseló a Fernández. Pero él también se veía distinto. Su pelo aparecía ceniciento, del tono de mis incipientes canas. Su piel era tostada pero no del color cetrino de ayer. Su cuerpo parecía tener encima el peso de los años transcurridos. Esta vez le aludí mis inquietudes y me miró de una manera extraña, no con la extrañeza que mis palabras hubieran provocado en otra persona sino con una complicidad mezclada con una picardía maligna que aún hoy me estremece. Pero en casa nadie parecía notar los cambios.

            Pasó la noche, noche en la cual no pude pegar un ojo. Me levanté en plena madrugada, a eso de las de las tres y media a mirarme al espejo, esperando encontrar al Igor Bregovic de siempre. Y solo encontré la figura de ese joven que era yo y no era al mismo tiempo. Así llegó la mañana del miércoles 7 de setiembre. Y horrorizado al mirarme nuevamente al espejo vi mis ojos que ahora tenían una forma rasgada, como los de Fernández. Y eran negros como los de Fernández. Mi rostro era el suyo. Mi cuerpo respondía a sus señales. Lo increpé encolerizado por ese robo de identidad y al hablar surgió de mis cuerdas vocales la transparente voz de mi alumno. Hubiera jurado que él no era más que un espejo, de pie en el centro de la sala. Poseía mi cuerpo, mi cara, mis ropas, mi voz, hasta mi cicatriz de una operación cuando era niño en mi vesícula, dato que comprobé al levantar sus ropas en medio de la pelea que promoví para constatar el último dato que le daba certeza a mi otredad. Nos trenzamos en una lucha cerrada, pero él era fuerte, hizo uso de mi cuerpo moldeado en horas de gimnasia y logró reducirme. La llamada a la policía y a mi esposo, el interrogatorio, la mirada socarrona de los policías de la seccional, el traslado a este lugar donde hoy voy decayendo a cada minuto, todo fue sucediendo como un flash.

            Y aquí estoy, con esta pobre gente abandonada a la buena de Dios, algunos que disfrutan de las migajas de cariño que les prodigan sus familiares, que se quedan pocos minutos como si la locura fuera contagiosa. Los que gozan de este mísero privilegio son los menos. Yo no lo tengo. Solo me asisten las enfermeras, una de las cuales me proveyó de papel y una lapicera para poder escribir esta carta a quien quiera leer, la verdad que el destinatario poco me importa. Solo quiero que se sepa mi verdad. Que tampoco le importa a nadie. Allá en Vistalba Fernández, para todo el mundo yo, juega con mis hijos, sale a cenar con mis amigas y se acuesta con mi esposa. Y nadie nota el trueque. Ni lo notará.