Nunca fui supersticioso, por lo que la fecha viernes 13 de julio me era absolutamente indiferente. Ese día debía encontrarme con Laura, la chica del 6º B. Me atrajo desde el primer día en que la vi llegar al edificio. Un par de encuentros casuales en el ascensor, una que otra coincidencia en la puerta, un hola a la pasada, parecían darme indicios de una afición mutua. Laura era bella, sofisticada, sensual, una verdadera belleza. La noche que encontré el papel que había lanzado por debajo de la puerta el corazón parecía salirse de mi pecho. Te espero el viernes a las 6 de la tarde en la Peatonal. Laura. Leí la nota unas diez veces aproximadamente y me dispuse a prepararme para el gran evento.
Elegí mi mejor camisa, a cuadros en distintos tonos en verde. Un jean beige y zapatos marrones completaban mi atuendo de conquistador de cabotaje. Me perfumé y me vi frente al espejo para comprobar si ese rostro mío era digno de ser amado por aquella ninfa moderna que el destino había puesto frente a mí. El reloj despertador de mi habitación marcaba las 5. Tenía bastante tiempo antes de la cita, pero una de mis principales virtudes era la puntualidad, por lo que decidí llegar antes que ella al café para demostrar mi creciente interés.
Al salir del edificio saludé al portero, quien levantó la mano para despedirme. Estaba controlando a los pintores, quienes blanqueaban la fachada. La brocha se resbaló de la mano de uno de ellos, cayendo a escasos veinte metros de mi paso, salpicando mis zapatos recién lustrados. Lancé mis más abyectos improperios hacia el trabajador, que me contestó solamente con una sonrisa sardónica, amparado en la impunidad que le otorgaba las alturas. El portero me acercó un trapo para limpiar mis tamangos. Quedaron medianamente bien, pero sentí la mala suerte cayendo sobre mis espaldas. Caminé dos cuadras hasta la parada del micro, ya que estaba bastante lejos del centro.
¿Han esperado el micro un día en el que están ansiosos?. Yo sí, ese día. Pasaron cinco, diez, quince, veinte minutos… y nada. Me compré un paquete de pastillas en un quiosco y miraba el reloj obsesivamente. El ómnibus llegó con cuarenta minutos de retraso. Evidentemente mi cita con Laura ya no dependía de mi voluntad sino de las circunstancias que el destino ponía en mi camino. El viaje fue otra odisea. Fui parado, agarrado a duras penas del pasamanos y con el portafolios de un vendedor de seguros clavado en mis costillas. Un bebé vomitaba a escasos milímetros de mi persona, con la hedentina correspondiente penetrando en mis fosas nasales, mezclado con el hipnotizante olor a ajo que brotaba de las bolsas del muchacho del fondo, y el perfume barato de la cincuentona de escote generoso parada a mi lado. Extraje un pañuelo de mi bolsillo (soy de los que sigue utilizando pañuelos de tela) y lo coloque sobre mi nariz para que no siguiera siendo dañada por la atmósfera del transporte público. La inagotable travesía finalizó con una brutal frenada que dejó a medio pasaje haciendo equilibrio para evitar caer en efecto dominó, efecto que por supuesto me arrastró a mí también.
Bajé a las seis menos cuarto. El café quedaba a dos cuadras. Caminaba con cierta tranquilidad por Plaza España, pensando en las sucesivas peripecias que me habían ocurrido mientras una señora muy atenta levantaba sus manos para saludarme. No, no me estaba saludando, en realidad la estaban asaltando. El chorro luego de haber conseguido su exiguo motín corrió hacia donde yo avanzaba con tanta mala suerte para él que me atropelló, cayendo en una sola masa el caco y yo. Los transeúntes se abalanzaron sobre él y en segundos llegó un policía. Los uniformados nunca llegan a tiempo pero a mí me tocó el más solícito agente del orden, quien se empeñó en realizar el procedimiento correcto, llevándome a la comisaría más cercana para tomarme declaración. En la seccional poco les importó mi cita con mi vecina Laura. Me desocupé de mis deberes de ciudadano a las seis y media y al arribar al café Laura ya no se encontraba allí…
Elegí mi mejor camisa, a cuadros en distintos tonos en verde. Un jean beige y zapatos marrones completaban mi atuendo de conquistador de cabotaje. Me perfumé y me vi frente al espejo para comprobar si ese rostro mío era digno de ser amado por aquella ninfa moderna que el destino había puesto frente a mí. El reloj despertador de mi habitación marcaba las 5. Aunque pensándolo bien hoy es viernes 13, parece que va a llover y en verdad Laura tanto tanto no me gusta.

No hay comentarios:
Publicar un comentario