
El árbitro es algo así como el tío pobre en la familia del fútbol. Condenado a ser el villano, el aguafiestas, cuesta todavía creer que a una persona medianamente sensata se le ocurra dedicarse a esta innoble tarea. El mote de juez no lo favorece, no tiene el poder de un magistrado, quedando limitada su influencia a un campo de juego. La tribuna tiene otras formas menos decorosas de referirse al desafortunado encargado de impartir justicia. Brito Arceo, Undiano Mallenco, Japón Sevilla, Urizar Azpitarte, Teixeira Vitienes, Ansuátegui Roca, Daudén Ibáñez, Andradas Asurmendi, Soriano Aladrén, Guruceta Muro, Esquinas Torres, Mejuto González, Lamo Castillo, Mejía Dávila son algunos de sus imposibles, increíbles nombres. Ser árbitro, en síntesis, es una verdadera desgracia.
El árbitro, además, es un eterno sospechado de los más oprobiosos crímenes dentro de una cancha. Penales no cobrados, penales mal cobrados, amarillas a capitanes protestones y omisiones de amarillas a asesinos seriales disfrazados de marcadores centrales, ignorantes involuntarios o potestativos de la ley del off side. El árbitro no puede permitirse el error, y ante esta intimación que le impone su propia profesión cambia el error por la infamia. Así fue desde que los primeros sajones jugaron con una cabeza de danés, y así es hoy, cuándo los millones mueven el negocio de la pelota.
Mario Benavídez era árbitro también, pero de una rara especie: los honestos. Y sabido es que la justicia del mundo guarda para esta raza un recóndito lugar en sus arrabales. Benavídez llegó al referato por vocación. Se sentía una especie de Dios que impartía justicia entre los hombres, en este caso vestidos con una camiseta de fútbol. Tenía una forma particular de dirigir: entendía que no solo debía castigar las faltas del juego sino también el comportamiento de los jugadores en su vida personal. Tal como Bottaro, el juez recordado por Alejandro Dolina en sus Crónicas del Ángel Gris, Benavídez omitía las faltas de los probos y castigaba con amarillas y rojas a los impíos. Esto le valió una seria reprimenda de la Asociación pero el injustamente motejado “bombero” siguió con su plan de librar al fútbol de los atorrantes.
Así fue como Benavídez llegó al momento soñado desde que se dedicó a la profesión en la que el silbato sustituye a la espada de Temis: dirigir una final. Los rivales eran los clásicos adversarios de toda la vida: Paso de los Andes y Andrade. El partido había comenzado con los nervios propios de un encuentro definitorio, pero en general los guerreros vestidos de azul y los rojos y blancos se mantenían en los sutiles terrenos de la caballerosidad deportiva. Abrió el marcador para Paso de los Andes Candeloro, con un tiro libre cobrado por Benavídez en la puerta del área, que el delantero gringo colgaba en el ángulo superior izquierdo. 1 a 0. Así termina el primer tiempo. Los jugadores de Andrade le reclaman al referí injustamente, el tiro libre estaba bien sancionado. Alguno deslizó la esperada afrenta:
- ¡Vendido! ¿Cuánto te pagaron?
¿Vendido él? ¿Justo él que nació en Andrade, en la finca de Letta?- ¡Qué saben estos ignorantes de como el corazón me pesa cuando le hacen un gol al equipo del que soy hincha! Eso nunca lo sabrán porque Benavídez no mezcla el trabajo con los afectos. En eso es intachable. Es más. Imagina su retiro del referato pasando sus domingos en familia, lejos del fútbol. No soportaría que lo vieran en la cancha y rumorearan acerca de la relación entre su pasión y su antigua labor.
En el segundo tiempo Andrade buscó el empate con todas sus fuerzas. Uno a uno fueron llegando los centros cruzados sobre el área rival hasta que sobre los veintidós minutos Paredes, el goleador, marcó el empate. Sobre los treinta Benavídez apareció por primera vez en el partido para marcar su protagonismo. Una mano innecesaria de Molina, el capitán de Paso de los Andes, en la mitad de la cancha, terminó con la segunda amarilla y la inmediata roja para el apesadumbrado jugador. Ahora los insultos cayeron desde la otra tribuna. La protesta podía verse como lógica, todos conocían el origen de Benavídez, Sólo que nunca el árbitro puso sus sentimientos por encima del deber. Volvió a tragar saliva y siguió dirigiendo, intentando hacer oídos sordos al agravio de la chusma.
Hasta que llegó el minuto fatídico. Todos lo recordarían. Minuto 43. Córdoba, volante por derecha de Andrade sube por su carril. Con la cabeza gacha, con la vista en el balón más que en los tres palos lanza un derechazo a rastrón aparentemente inofensivo. Pero el destino de los humanos tiene distintas formas de dejarlos en un pedestal o hundirlos en la ignominia. El inocuo disparo de Córdoba se hubiera ido afuera si antes no rozaba la pierna izquierda de Benavídez, descolocando al arquero Ventura convirtiendo el segundo gol de Andrade. Sorpresa, estupor, confusión primero. Indignación, irritación, furia incontrolable después. El partido no terminó. Las huestes azules destrozaron el alambrado olímpico e ingresaron al campo de juego para hacer justicia con sus propias manos. Muchos rememoran ese partido por la enorme gresca entre hinchas de los dos equipos, incluyendo a la policía, dirigentes, veedores y cocacoleros.
Pasaron ya varios años del inconcluso clásico. Los detalles se vuelven borrosos con el paso del tiempo. Los rostros se desdibujan, las opiniones se amalgaman con la leyenda. Lo que nadie pudo explicarse jamás fue el paradero del perseguido Benavídez. Algunos dicen que lo vieron corriendo desaforadamente por la Calle Falucho rumbo al este. Otros, que salió de la cancha y se trepó a un camión cargado de cosechadores. El tano Villani, adjuntando a la historia un toque sobrenatural, habló de un ángel milagroso levantando al referí de las axilas y depositándolo en un baldío cercano. Los más osados llegaron a decir incluso que Benávidez nunca existió. Pero existió, lo puedo asegurar. Yo fui testigo de su utópica cruzada a favor de los sentimientos más nobles, de las acciones más altruistas, en contra de los bellacos y desleales. Yo tampoco sé que fue de él. Me gustaría confiar en la tesis de Villani, en una oportuna ayudita divina, para que, aunque fuera por única vez, el tiro del final saliera para el lado de la justicia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario