La Hora

Junín, Mendoza

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sábado, 5 de noviembre de 2011

PARANOIA

Me persiguen. No se quién pero lo hacen. Siento una mano negra sobre cada una de mis acciones, un titiritero invisible que ordena y desordena mi vida. Esta mañana, al levantarme para ir a la fábrica no había nadie en casa. Me resultó extraña la ausencia masiva de mi mujer, de mis hijas. Ni siquiera la abuela, casi un mueble del comedor, estaba apoltronada en su rincón. Me lavé la cara y no me quedó otra que desayunar solo. Sentí un golpe seco contra la puerta. Abrí. Era el repartidor del diario. Tengo una maldita costumbre heredada de mi viejo: arranco la lectura del matutino leyendo las fúnebres. Casi me ahogo con el café con leche caliente cuando leí mi nombre en el obituario. Luego medité la peregrina posibilidad de que existiera en toda la provincia otro Pedro Avellaneda. Creí recordar unos parientes en Tunuyán, los Avellaneda ricos de los que hablaba papá. Pero el velatorio era en Alarcón. Seguí leyendo; “su esposa Marisa” (una infausta coincidencia seguramente), “sus hijos Sebastián, Cristian y Marcela” (ya no puede ser posible tanta casualidad), y ”su abuela Teresa (ya no quedaban dudas, se trataba de mi familia), “participan con profundo dolor de su fallecimiento e invitan al sepelio a realizar mañana 3 de noviembre a las 12 horas en el Cementerio El Moyano”. ¿Mi sepelio? ¿Cómo enterrarme si no estoy muerto?. La prueba más fehaciente de ello era ese café con leche, esas tostadas con manteca que desaparecían en mi boca, la aprensión del diario en mis manos de carne firme… No, no es posible. Debía ir a la cochería para alertarlos del error, estarían velando a un desconocido mientras que yo descansaba plácidamente en mi colchón.

Llegué a la sala fúnebre, pero no encontré a nadie. No había velorio, no había muerto, no había deudos. No pregunté nada al cuidador, porque si no me creería un enajenado. ¿Estoy muerto? ¿Me velan hoy? no parecen dos enunciados muy lógicos. Volvía con mil contradicciones a casa. Abrí la puerta y todo estaba como siempre. La misma frialdad en el beso de mi mujer, la misma indiferencia de mis hijos, la misma demencia senil de la abuela.
-                           ¿Qué hacés acá? ¿No deberías estar trabajando vos?- así me recibió mi señora, siempre tan agradable.
-                           Leí en el diario que había muerto un Pedro Avellaneda, fui hasta la cochería pero no había nadie- le contesté con algo de temor por la reacción de Lucía.
-                           ¿Qué? ¿Desayunaste con cerveza vos?. Andá a trabajar, mirá si encima que tenés un trabajo de mierda te echan-.
Me fui pensando en el carácter de mi mujer, cada día más agrio, y partí hacia mi triste trabajo en el archivo municipal, pensando si todo esto no sería un chiste de mal gusto de Amieva. Podría ser, pero: ¿y el diario?. El aviso fúnebre era una prueba incontrastable de mi muerte. Si esto era el infierno es mucho peor de lo que imaginaba en mi infancia.

Llegué preocupado al trabajo. En mis 18 años en la Municipalidad nunca había llegado tarde. Pasé directamente a mi despacho, ya habría tiempo de marcar tarjeta. Pero al querer ingresar me detuvo la mano firme de Graciela, la secretaria del intendente.
-                           Disculpe señor pero para pasar a esa oficina debe ser empleado de la Municipalidad- me espetó en la cara, seria como nunca.
-                           Graciela, soy yo, Pedro Avellaneda. Compras y Suministros-
-                           Nunca lo vi en mi vida, haga el favor de esperar afuera si no quiere que lo haga sacar a la fuerza- agregó resuelta.
Me fui para evitar problemas. Pobre Graciela, debe tener algún trastorno de memoria. ¿O es que realmente no me conocía?. No hay inquietud mayor que no estar seguro de quien es uno. Nacemos con una personalidad, nos otorgan un nombre que llevamos con nosotros por siempre, y cuando alguien cuestiona esta aparente verdad nos deja desnudos, indefensos ante el mundo, que parece seguir girando sin percatarse de nuestra ínfima existencia.

Otra desagradable sorpresa me deparaba mi esquivo destino. Volví a casa, intenté introducir mi llave en la cerradura pero no correspondían en absoluto la concavidad de una y la convexidad de la otra. La retiré y traté de abrir nuevamente la puerta, pero fue inútil. Toqué el timbre de mi propia casa, pero la que salió no fue Marisa, si no una mujer desconocida, con un niño de unos dos años en sus brazos.
-                           ¿Sí? ¿Qué desea?- me dijo la mujer.
-                           Entrar a mi casa- le respondí aturdido.
-                           Cuando la encuentre va a poder hacerlo. Buenas tardes- dijo, y me cerró la puerta en la cara.

Y es así como comencé a vagar sin derrotero por la ciudad, sin saber dónde ir, ya que nadie parecía conocerme. Mis amigos no saben quién soy, mis compañeros de trabajo me tratan como a un ciudadano más. Hasta que hace unos minutos, en medio de mi desasosiego miré al cielo y comprendí todo. En un claro entre las nubes vi, nítido y omnipotente, el rostro que se me aparecía en sueños y que, al despertar tenía nombre y apellido. A mi alrededor comenzó a borrarse todo mágicamente, primero los árboles, luego las casas, pronto también los rostros y los cuerpos de las transeúntes presentes en ese momento en la Avenida Mitre. Se desdibujaban como la tinta mojada. Uno a uno iban desapareciendo hasta quedar inserto en la nada absoluta. Volví nuevamente mi vista hacia el firmamento. El semblante de mi verdadero padre, del Jorge Zalazar de mis pesadillas, se mantenía impertérrito, puesta su mirada fija en mí, con apariencia de haber cumplido su misión, y su dedo asesino sobre la tecla DELETE de la computadora.

martes, 11 de octubre de 2011

ME GUSTABA LA LUNA DE SETIEMBRE


Desde niño me gustaba la luna de setiembre. Parece una locura, pero en mi entendimiento creía que era más límpida, más acogedora, más mía. Con mi hermano Ernesto nos quedábamos mirándola extasiados, imaginando un mundo paralelo en su superficie. Nos sentíamos unos Barbicane y Maston que soñaban en un futuro lejano llegar a la Luna. Hasta que papá aparecía con el cinto en la mano y el sueño espacial se terminaba bruscamente. Eso sí, dejábamos la ventana abierta para que el reflejo del satélite inundara nuestra habitación. Don Leocadio, le estoy hablando de los años ’20 más o menos, así que todo aquello parecía una quimera.

Conocí los deleites de la carne a mis diecisiete años, también bajo la luna de setiembre. La dama en cuestión se llamaba Virginia Fernández, la hija del almacenero del pueblo. A decir verdad no fue difícil llevarla a los yuyos, es más, fue groseramente fácil. La cuestión es que terminamos cosechando el beso que crece en la penumbra en la espinosa finca de Roby, llevándonos como recuerdo de aquella noche de lujuria numerosas y diminutas colas de zorro. Si supiera Don Leocadio lo que era esa hembra. Alta, fornida, morena, tenía la fuerza de diez hombres y la predisposición venérea de un harén libanés completo.

Me casé tres años después. No Don Leocadio, no me casé con Virginia. Ella, en una inesperada maniobra evasiva, se fugó con un viajante de cigarrillos. Me terminé entreverando con Ester, la hermana menor, la menos agraciada. Buena mujer le diré. Gentil, servicial, sumisa pero escasamente dispuesta a mis embates venéreos. Nos casamos en setiembre, de noche, en la cancha de Andrade. No me hizo falta más que clavar mis ojos en los de mi flamante esposa para darme cuenta que a partir de ese momento viviría un letargo interminable, un aburrimiento titánico, una resignación invencible.

Dos hijas tuvimos, Elena y Marta. La mayor, soñadora como el padre y aletargada como la madre, acabó casándose con el gallego González, el panadero que repartía su mercadería en una camionetita Ford verde. A mi mujer mucho la relación no le gustaba. Cuando iban a ver la función en el cine Maruxa en Rivadavia lo hacían acompañados de mi vigilante mujer. Yo no los acompañaba. El cine no era lo mío. Los dejaba en la puerta y me iba a jugar un truquito al Mariano Moreno. Mi hija Elena soñaba con la luna como yo, pero terminó convirtiéndose en una adormecida gorda de 120 kilos, donadora de caricias espóradicas. Pobre mi yerno, destinado a portar mi misma cruz.

La Marta en cambio me salió bien puta, gracias a Dios, como su tía Virginia. Esa nació en setiembre, el 22. Era mi consentida, la regalona de papá. Y de todo el pueblo. Desde los 12 años mi mujer tenía que andar persiguiéndola, debido a su afición a explorar terrenos baldíos y cañaverales ariscos con nuestros atrevidos vecinos. A los 17 se escapó con Venancio Aguilera, el director de la escuela Gazcón, ante la tristeza de mi señora, y de la señora de Aguilera.

Me echaron de la bodega Guerrero en el ’65. Adujeron razones presupuestarias. Y que estaba viejo. Una mierda. En realidad el tipo lo que quería era cambiar la razón social. La cuestión es que quedé en la calle, y caí en una infinita tristeza, que con los años alcancé a conocer la dimensión de mi desolación: había caído en una enfermedad llamada depresión. Me quedaba las horas mirando la luna, fumando mis cigarros armados o tomándome un tinto. Confirmé mi tesis sobre el lejano satélite: la luna de setiembre no era como la de enero, o la de marzo, o la de agosto. La luna de setiembre invitaba a soñar, llamaba a reflexionar, convidaba a recordar.

La depresión me duró unos 2 años, tiempo exacto en el que conseguí trabajo en Gargantini. Allí nos mudamos con Ester, prologando aún más en el tiempo nuestra inapetente pasión. Me armé una hamaca entre las ramas de dos olivos y ahí me sentaba por la noches a mirar la luna, a veces siolo, a veces con mi nieto Raulito, el hijo de Elena, que salió con los mismos arranques melancólicos de su abuelo. Esos momentos con mi nieto fueron los más felices de mi vida, aliviado al fin de volver a encontrar a alguien que disfrutara conmigo de mis delirios.

Me gustaba la luna de setiembre. Mi mirada estaba siempre dirigida al cielo. Sé que le puede parecer raro. A usted se lo ve mucho más atado a la tierra, más lógico, más cerebral. Por eso me río tanto don Leocadio. Por la ironía de la vida. A mi, que me gustaba tanto observar el firmamento me tocó caer boca abajo en esta fosa, descoyuntado por el bruto del sepulturero. Usted, tan aferrado a los asunto terrenales, terminó con la mirada hacia arriba, buscando las estrellas que nunca verá por las capas de tierra que nos cubren. En esa paradoja nos encontramos, con mi rodilla clavándose entre sus costillas, esperando el instante en el que se acabe todo, cuando el sepulturero se digne a terminar con esta agonía y nos cubra para siempre con cal viva.

viernes, 9 de septiembre de 2011

LOS HEXÁGONOS INFERNALES



Adolfo lleva varias lunas viviendo en el Barrio San Pedro. Arribó al complejo habitacional de intrincado diseño una tarde de noviembre, convocado por las sinuosas caderas de Rosario Sacristán, la hija del carnicero. La ingrata fémina lo envolvió en una maraña de besos y nomeolvides una noche en un bailongo de Giagnoni, y el pobre escribano Aranda cayó rendido ante las faldas de Rosario. Su celular no tenía señal, y por más que caminara y caminara no encontraba ningún ciber para enviar un mail. Golpeó la puerta en la casa 4 de la manzana B, pero, ante el desconcierto de Aranda, apareció en el umbral una anciana en batón y chancletas.
-                           Buenas señora. ¿Está Rosario?- preguntó tímidamente Adolfo.
-                           ¿Qué Rosario?. ¡Acá no vive ninguna Rosario! ¡Váyase por donde vino o llamo a la policía!- contestó la mujer arrojando una piedra que por poco no golpeó la cabeza del enamorado

Así anduvo deambulando por las calles del barrio, dando vueltas en redondo, o mejor dicho, en hexágonos equiláteros. Se proponía dar vuelta a la manzana con el propósito de llegar al mismo punto de donde había partido, pero de pronto se encontraba con un baldío que antes no había visto, un kiosko sorpresivo o un árbol desconocido. En medio de su turbación acertó a pasar por allí una joven y bella lugareña. La abordó y le preguntó tan solemnemente como su trabajo de amanuense lo exigía:
-                           Buenas tardes señorita. Quisiera hacerle un par de preguntas-
-                           Empezó mal caballero. Me dijo buenas tardes y recién son las 10 de la mañana- contestó la mujer.
La confusión aumentó. En este barrio del demonio no solo uno se pierde en sus calles que no terminan y no empiezan nunca, sino que también las coordenadas temporales estaban fuera de lugar. Aranda juraba haber salido de su casa de calle Viamonte a las 4 y media de la tarde, y ahora se encontraba a las 10 en el San Pedro. En unos segundos volvió de sus cavilaciones de viajero extraviado y continuó la conversación:
-                           Usted verá. Me avergüenza decirlo pero me encuentro perdido en este barrio al que no había venido nunca. Busco a Rosario Sacristán. ¿La conoce usted?-
-                           No se avergüence porque yo también llegué hace cuatro años detrás de un hombre de palabra fácil, pero al llegar aquí le perdí el rastro. No conozco a su chica. En realidad le confieso que es inútil conocer a alguien aquí. En unos minutos uno se olvida de las personas que encuentra por estas calles. ¿Su nombre?-
-                           Aranda, Adolfo Aranda.
-                           Mire Aranda. Permítame hacerle una sugerencia. Trate de salir de aquí antes de que caiga el sol, si es que quiere volver. Acompáñeme a casa. Le daré una madeja de lana. Extiéndalo siempre mirando hacia el este. No se si podrá irse, pero por lo menos volverá al punto de partida. Mi nombre es Ariadna. Que tenga suerte-

Aranda lo hizo. Desplegó la madeja hacia el este, más al volver atrás para encontrar la otra punta descubrió que la lana no tenía fin. Parecía haberse multiplicado al doble, o al triple de su longitud normal. Ya al borde de la desesperación se acercó a un vendedor de películas piratas, que estaba apostado en la vereda de una mercería.
-                           Jefe, por favor. Dígame como carajo salgo de este laberinto de mierda- le gritó en la cara Aranda, perdiendo toda su compostura, al comerciante.
Sonriendo le contestó:
-                           Maestro, si lo supiera ya no estaría aquí. Acá como me ve soy médico cardiólogo. Tenía un consultorio, familia y un buen trabajo en una empresa de medicina privada para incrementar mis ingresos. Pero un día vine a cubrir una emergencia y me quedé sin poder salir. Ni yo ni el chofer de la ambulancia. Es el verdulero de la otra cuadra.-
-                           ¿Y por qué no ejerce su profesión en el barrio?-
-                           ¿Usted me está cargando? ¿Quién se atendería con un médico sin título?. Además nadie localizaría mi consultorio. Aquí nadie localiza a nadie.-
-                           ¿Conoce a Rosario Sacristán?. ¿Cómo la puedo hallar?-
-                           Vaya acostumbrándose amigo. Aquí solo puede encontrarse con su propia soledad. Si le sirve de algo en esa casa de rejas negras vive doña Cecilia, la bruja del barrio. Quién le dice que a través de ella pueda hacer un pacto con el diablo que lo saque de acá. Yo ya tengo mi negocio próspero y hasta le estoy tomando cariño a este andurrial ¿No me va a comprar nada?

Aranda no compró nada. Cruzó la calle y golpeó a la puerta de la hechicera. Le abrió una mujer a la que los años habían alcanzado en su camino a la vejez, pero que aún conservaba un brillo juvenil en sus ojos de lince.

-                           Pase amigo, lo estaba esperando.- le dijo a Aranda la enigmática sibila.
-                           ¿Usted me conoce?- inquirió el extrañado escribano.
-                           Yo no. Lo que se es que usted busca salir del barrio. La desolación se dibuja en su rostro.-
-                           ¿Conoce usted a Rosario Sacristán, la hija del carnicero?.-
-                           No conozco ningún carnicero. Hace años que renuncié a comer carne al no encontrar un establecimiento de esas características. Pero vamos a lo nuestro. Usted necesita un guía, alguien que lo oriente en medio de su azoramiento. Lea esto en voz alta-.

La nigromántica le alcanzó a Aranda un papel doblado. El lugar era horrendo, lleno de crucifijos e imágenes de San La Muerte, de Gauchito Gil e ídolos africanos. Comenzó a leer unas palabras en latín, una alabanza al señor de las tinieblas y un nombre que debía presentarse ante él: Astaroth.

Astaroth es el "gran duque del Infierno", de la primera jerarquía demoníaca, en la que también pertenece Belcebú y Lucifer.
Es un demonio de primera jerarquía que seduce por medio de la pereza, la vanidad, filosofías racionalistas de ver el mundo y su adversario es San Bartolomé, que puede proteger contra él porque venció las tentaciones de Astaroth. Inspira a los matemáticos, artesanos, pintores y otros artistas liberales, puede volver invisibles a los hombres, puede conducir a los hombres a tesoros escondidos que han sido enterrados por hechizos de magos y contesta a cualquier pregunta que se le formule en forma de letras y números en multitud de lenguas.

Adolfo Aranda estaba imbuido en su letanía infernal cuando golpearon la puerta. Cecilia abrió y apareció en el comedor un alto y apuesto caballero. Vestía un traje azul cruzado, zapatos de gamuza, y un trabajado peinado a la gomina que aplastaba los cabellos rubios del recién llegado. Sus ojos celestes conducían a los secretos más insondables.
-                           Usted me llamó. ¿Qué necesita?- preguntó Astaroth a su atónito interlocutor.

Aranda contó otra vez, una vez más su repetida de historia. Habló de la inalcanzable Rosario Sacristán, de su deambular por las calles del San Pedro y de su intención por volver a casa.
-                           ¿A casa?- preguntó con curiosidad maliciosa el demonio. –Lo que me pide en imposible-.
-                           ¿Por qué me dice eso?.Esta mujer me dije que acudiera a usted, que podría sacarme de este laberinto atroz.
-                           Volver a su casa es imposible amigo, porque esta es su casa-.
-                           ¿Qué dice?. Exijo hablar con su jefe. Quiero ver ya a Satanás-, dijo Aranda tomando por la solapa a Astaroth.
-                           Me temo que eso también está fuera de mi alcance señor. Usted no puede ver a Satanás porque Satanás es usted-.
Astaroth desapareció. Aranda se fue de aquel lugar. Afuera lo esperaba un laberinto eterno, una colección de senderos y pasadizos donde ya estaba condenado a vivir eternamente, con una nueva identidad, y con una misión de la cual en ese momento comenzaba a comprender. Ya no le preocupaba encontrar a Rosario Sacristán. Solo quería encontrarse a sí mismo.

domingo, 3 de julio de 2011

RESONANCIAS

Marito es el único hijo del doctor Ábalos. Para el abogado esto es una desgracia, ya que su único vástago es este ser indescifrable, misterioso, imbuido en sí mismo; cubierto por una densa capa de mutismo que los años no ayudaron a atravesar. ¡Tanto que lo desearon Mercedes y él, para cargar hasta ahora con este idiota de primera línea!. No lo pudo predecir en el momento de nacer el engendro, si no hubiera movido sus intrincadas influencias para realizar en el hospital alguna oportuna maniobra permutativa con algún niño que estuviera en la plenitud de sus facultades. Pero hace diez años el doctor Emilio Ábalos no detentaba el reconocimiento que hoy goza, fruto de su habilidad y astucia. Solo era un incipiente estudiante, arrendatario de un pequeño departamento de la calle Balcarce.

            Marito al nacer era un nene precioso. Rozagante, con los cachetitos colorados y el pelo negro pegado al cuero cabelludo, había venido al mundo aparentemente sano. Solo llamaba la atención de sus padres su mirada distraída. Marito se quedaba con la vista fija en un punto, como si un ente invisible le hablara y lo sustrajera del amor de Emilio y Mercedes. Marito fue creciendo y su ensimismamiento se fue acrecentando. Al mismo tiempo su padre comenzó a trabajar en la administración pública, ganándose el favor de los políticos de turno, felices por su comportamiento servil. Mercedes sola se ocupaba de la salud de su pequeño, desconcertada por la respuesta de médicos y psicoanalistas.
-                           Este niño es completamente sano- afirmaba el otorrinaringólogo.
-                           Los órganos fonadores actúan correctamente- repetía la fonoaudióloga.
-                           No observo ningún síntoma de autismo- concluía terminantemente el psicólogo.
Pero Marito no hablaba. Y ya tenía tres años.

            Llegó el tiempo de la escuela primaria. Marito se reveló como un alumno brillante. Respondía con certeza pitagórica a los problemas matemáticos. Comprendía a la perfección el sistema de coordenadas geográficas. Demostraba entender como extrema pericia causas y consecuencias de la historia. Se mostraba curioso ante los desafíos de las Ciencias Naturales. La gramática no parecía tener mayores inconvenientes para su mente abierta y veloz. Interpretaba acertadamente los textos y creaba relatos de exquisita textura. Pero no leía. Es decir, no leía en voz alta, porque se le veía abstraído por la lectura, que parecía gustarle mucho. Ya en esos años de primaria Emilio dejó de preocuparse por la educación y la evolución de la patología de su hijo. Su única reflección fue, en aquellos siete años, una sola:
-                           Tengo un hijo que es un boludo sin remedio- repetía cada hora, cada día, cada mes, cada año en los atormentados oídos de una atribulada Mercedes, a la que ni siquiera su amor de madre lograba arrancar una palabra de los labios de Marito.

En la escuela lo llamaban “el mudito”, primero a manera de sorna, pero con el tiempo se transformó en un mote cariñoso. Marito lo soportaba estoicamente, y por eso nunca le faltaron compañeros de juegos y de travesuras. Es que por lo demás Marito era un niño normal, muy lejos del idiota que describía su padre. Su mutismo se debía a alguna oculta razón que nadie que lo conociera podía adivinar, pero que seguramente estaba grabada a fuego en el corazón del niño.

Una tarde Emilio acertó a pasar por el cuarto de Marito cuando la puerta estaba entreabierta. Le pareció escuchar un murmullo, parecido al agua que corre por un arroyo de montaña o el rezo de un monje de clausura. Se asomó y su sorpresa no tuvo límites. Su hijo estaba sentado frente al escritorio, con la vista fija en un libro. Escuchó: Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza… Era “Las ruinas circulares”, de Borges, y Marito se encontraba empapado en la lectura, y por el rictus de su boca al leer parecía feliz. Aminorando su paso Emilio se acercó a su hijo y solo atinó a preguntarle:
-                           ¿Hablás?
Marito contestó:
-                           Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas…

Emilio desbordaba de dicha. Aunque el niño no le había contestado su pregunta escucharlo hablar era para él la segunda gran noticia de la semana, además de su flamante candidatura a concejal. Corrió a avisarle a su esposa la buena nueva:
-                           ¡Marito habla! ¡Está hablando!¡No es un idiota! ¡Ahora sí lo voy a poder mostrar en la presentación de las candidaturas! ¡Ya mismo lo invito al intendente!- todo esto dicho con una excitación que su esposa poco le conocía.
Mercedes padecía de una contradicción interna. Se mezclaban en ella la felicidad por la evolución de Marito, coronada con el don de la palabra, y la desilusión ante el cambio de condición de su esposo, convertido en un oscuro especulador, capaz de usufructuar la mejoría de su hijo para sus intereses personales. Lo abrazó, sí, pero con un nudo en la garganta imposible de desenredar siquiera por Alejandro Magno.

Emilio se hizo dueño de la situación inmediatamente y comenzó a hacer llamadas a sus contactos. Llamó a su familia, quienes mostraron siempre un amor superior al padre del niño. Llamó a la familia de su esposa, quienes quedaron sorprendidos ante el repentino interés del doctor Ábalos por su hijo. Llamó a sus mejores amigos, quienes siempre tuvieron un cariño por Marito cercano a la lástima. Llamó al intendente y a sus nuevos compañeros de la política, quienes vieron en este encuentro familiar la oportunidad de asegurarse el apoyo del pueblo al estar cerca del fenómeno que había conocido la luz del verbo. Puso manos a la obra a la cocinera y a la mucama para que ningún detalle quedara librado al azar. Su esposa lo veía ir y venir, redescubriendo en su marido los bríos que le conoció en su primera juventud.

Una hora antes de que llegaran los invitados Emilio se acercó al dormitorio de su hijo y se aseguró de que todo estuviera bien. Se sentó frente a él y le preguntó:
-                           Hijo, ¿podés hablar?. Por favor, decile algo a tu padre-
-                            En la página 242 de la Historia de la Guerra Europea de Lidell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería) contra la línea Serre-Montauban había sido planeada para el 24 de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del día 29. Las lluvias torrenciales (anota el capitán Lidell Hart) provocaron esa demora —nada significativa, por cierto. La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en la Hochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.
         “... y colgué el tubo. Inmediatamente después, reconocí la voz que había contestado en alemán. Era la del capitán Richard Madden. - fue la respuesta.

No era la respuesta que hubiera querido escuchar, pero al menos se cercioró de que su hijo efectivamente había recuperado el habla. Le intrigaba sobremanera la perfecta dicción del niño, como si realmente hubiera hablado desde muy pequeñas en las sombras de su dormitorio, como si ese hubiese sido su refugio del mundo para aprender a modular vocablos, a utilizar correctamente la sintaxis de las frases, a incluir estas en un texto coherente y cohesionado. Mas, ¿porqué esa obsesión de recitar textos de Borges de memoria?. Lo último que había dicho su hijo era el comienzo de “El jardín de los senderos que se bifurcan”. No importaba, lo relevante es que Marito hablaba, y respondía al estímulo de la charla de su padre.

A las nueve y media de la noche estaban sentados en el living todos los invitados al gran evento. Los padres de Emilio y los de Mercedes. El intendente y sus alcahuetes de turno. Amigos y entenados. Todos allí aguardando el momento de oír al pequeño musitar aunque fuera un “hola” mientras tomaban un café servido por la mucama, que también esperaba escuchar a Marito.

El propio padre fue a buscar a su hijo al dormitorio. Estaba con sus mejores galas.
-                           ¿Estás listo hijo?- preguntó Emilio.
Marito respondió con una sonrisa y una mueca de aprobación.

Sentados en el medio del living, con los invitados a los dos costados Emilio y Mercedes le pidieron al niño que saludara a los invitados. Y así lo hizo Marito:
-                           Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Era el comienzo de “Funes el memorioso”, recitado con exquisita dicción ante los admirados visitantes y los rostros mustios de los progenitores.

Esta historia me fue contada el día posterior a mi mudanza a la casa de los Ábalos, varios años después de los extraños eventos, por unos vecinos chusmas, que reversionaban lo que les habían narrado uno de los asistentes a la reunión de aquella noche. Los Ábalos se mudaron a Godoy Cruz o Guaymallén. Del niño nunca más se supo nada, ya que no se lo volvió a ver en el barrio hasta el día que se fueron. Las teorías acerca del porque de la obstinación de Marito por Borges van de lo lógico a lo demencial. Unos dicen que efectivamente era autista, y encontraba su refugio en la lectura del vate, habiendo memorizado sus textos, uno por uno. Otros, afectos al orientalismo, hablan de una posible reencarnación del poeta en el cuerpo del niño (hipótesis a la que me niego por mi educación cristiana). Los más audaces garantizan conversaciones nocturnas entre el niño y un espíritu que le dictaba los cuentos y poemas, espectro que podría ser del mismo Borges. Mi cientificismo lucha denodadamente contra estas supercherías y no es capaz de aceptar esta afirmación. Aunque juro que en un par de noches he escuchado en la habitación que fuera otrora del pequeño una tenue voz casi impreceptible recitando:

- Zumban las balas en la tarde última.
   Hay viento y hay cenizas en el viento,
   se dispersan el día y la batalla
 deforme, y la victoria es de los otros.
             Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.

miércoles, 1 de junio de 2011

MALA FORTUNA


Nunca fui supersticioso, por lo que la fecha viernes 13 de julio me era absolutamente indiferente. Ese día debía encontrarme con Laura, la chica del 6º B. Me atrajo desde el primer día en que la vi llegar al edificio. Un par de encuentros casuales en el ascensor, una que otra coincidencia en la puerta, un hola a la pasada, parecían darme indicios de una afición mutua. Laura era bella, sofisticada, sensual, una verdadera belleza. La noche que encontré el papel que había lanzado por debajo de la puerta el corazón parecía salirse de mi pecho. Te espero el viernes a las 6 de la tarde en la Peatonal. Laura. Leí la nota unas diez veces aproximadamente y me dispuse a prepararme para el gran evento.

Elegí mi mejor camisa, a cuadros en distintos tonos en verde. Un jean beige y zapatos marrones completaban mi atuendo de conquistador de cabotaje.  Me perfumé y me vi frente al espejo para comprobar si ese rostro mío era digno de ser amado por aquella ninfa moderna que el destino había puesto frente a mí. El reloj despertador de mi habitación marcaba las 5. Tenía bastante tiempo antes de la cita, pero una de mis principales virtudes era la puntualidad, por lo que decidí llegar antes que ella al café para demostrar mi creciente interés.

Al salir del edificio saludé al portero, quien levantó la mano para despedirme. Estaba controlando a los pintores, quienes blanqueaban la fachada. La brocha se resbaló de la mano de uno de ellos, cayendo a escasos veinte metros de mi paso, salpicando mis zapatos recién lustrados. Lancé mis más abyectos improperios hacia el trabajador, que me contestó solamente con una sonrisa sardónica, amparado en la impunidad que le otorgaba las alturas. El portero me acercó un trapo para limpiar mis tamangos. Quedaron medianamente bien, pero sentí la mala suerte cayendo sobre mis espaldas. Caminé dos cuadras hasta la parada del micro, ya que estaba bastante lejos del centro.

 ¿Han esperado el micro un día en el que están ansiosos?. Yo sí, ese día. Pasaron cinco, diez, quince, veinte minutos… y nada. Me compré un paquete de pastillas en un quiosco y miraba el reloj obsesivamente. El ómnibus llegó con cuarenta minutos de retraso. Evidentemente mi cita con Laura ya no dependía de mi voluntad sino de las circunstancias que el destino ponía en mi camino. El viaje fue otra odisea. Fui parado, agarrado a  duras penas del pasamanos y con el portafolios de un vendedor de seguros clavado en mis costillas. Un bebé vomitaba a escasos milímetros de mi persona, con la hedentina correspondiente penetrando en mis fosas nasales, mezclado con el hipnotizante olor a ajo que brotaba de las bolsas del muchacho del fondo, y el perfume barato de la cincuentona de escote generoso parada a mi lado. Extraje un pañuelo de mi bolsillo (soy de los que sigue utilizando pañuelos de tela) y lo coloque sobre mi nariz para que no siguiera siendo dañada por la atmósfera del transporte público. La inagotable travesía finalizó con una brutal frenada que dejó a medio pasaje haciendo equilibrio para evitar caer en efecto dominó, efecto que por supuesto me arrastró a mí también.

Bajé a las seis menos cuarto. El café quedaba a dos cuadras. Caminaba con cierta tranquilidad por Plaza España, pensando en las sucesivas peripecias que me habían ocurrido mientras una señora muy atenta levantaba sus manos para saludarme. No, no me estaba saludando, en realidad la estaban asaltando. El chorro luego de haber conseguido su exiguo motín corrió hacia donde yo avanzaba con tanta mala suerte para él que me atropelló, cayendo en una sola masa el caco y yo. Los transeúntes se abalanzaron sobre él y en segundos llegó un policía. Los uniformados nunca llegan a tiempo pero a mí me tocó el más solícito agente del orden, quien se empeñó en realizar el procedimiento correcto, llevándome a la comisaría más cercana para tomarme declaración. En la seccional poco les importó mi cita con mi vecina Laura. Me desocupé de mis deberes de ciudadano a las seis y media y al arribar al café Laura ya no se encontraba allí…

           Elegí mi mejor camisa, a cuadros en distintos tonos en verde. Un jean beige y zapatos marrones completaban mi atuendo de conquistador de cabotaje.  Me perfumé y me vi frente al espejo para comprobar si ese rostro mío era digno de ser amado por aquella ninfa moderna que el destino había puesto frente a mí. El reloj despertador de mi habitación marcaba las 5. Aunque pensándolo bien hoy es viernes 13, parece que va a llover y en verdad Laura tanto tanto no me gusta.

jueves, 19 de mayo de 2011

LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD


Abro los ojos y veo el reflejo del sol dibujándose sobre las paredes. Comienza un nuevo día para recorrer esta inmensa ciudad que me agobia con su silencio de misa. Una noche en el Hyatt es uno de los lujos que me permito luego del holocausto. La habitación que elegí da a la Plaza Independencia, que se puebla rápidamente de palomas, que parecen celebrar la ausencia del placero y sus disparos disuasorios. Es una linda mañana para sentarse en un banco a mirar el cielo, a ver si Dios se dispone a bajar y charlar un rato conmigo. Pero primero iré al supermercado, a aprovisionarme para el resto del día.

Me proveo de lo básico: el menú de hoy incluye pollo, verduras y un buen vino blanco. Para la tarde llevo café instantáneo, azúcar, pan y quesos. En la heladera del hotel he guardado carnes y lácteos, para que no se descompongan. Pronto la leche se vencerá y no la podré tomar. Habrá que ir al campo a buscarla. Tuve la precaución de colocarme el barbijo antes de salir a la calle, el hedor es cada vez más nauseabundo. Los caranchos y chimangos invaden la ciudad y forman un colchón de plumas sobre la calle desierta. Aunque me ignoren siento una repugnancia incontrolable por la presencia de los carroñeros. Al pasar por un quiosco de revistas me llevo un diario. El Los Andes declara “13 de abril de 2050”. Lo voy a guardar. Es el documento histórico del día en que la humanidad perdió su última oportunidad.

El mutismo de la ciudad aplasta. No hay bocinas, no hay voces de niños, solo la naturaleza le aporta al ambiente su murmullo de pájaros. Nadie habla, nadie grita, nadie canta. Es una ciudad sin palabras. Y una ciudad sin palabras es como un árbol sin hojas, desnudo y triste. Desde un primer piso de un edificio de departamentos de la calle España cae agua por la ventana. Seguramente la persona que vivió allí dejó alguna canilla abierta. Mi maldita tendencia a la perfección hace que ingrese al edificio. Subo y la cierro. Es curioso. Alguno de los departamentos, no se cual, huele a frito. Bajo por el ascensor. Nunca lo había hecho y representa toda una novedad. ¿Curioso, no?. Habituado a ascender y descender nunca lo había hecho en una caja de hierro.

Vuelvo al hotel. Reviso la bolsa del supermercado para pensar qué voy a cocinar. Arroz, fideos, leche, carne vacuna, mermelada, vino, papas, tomates, aceite… Tantos siglos sin preocuparme por abastecerme a mí mismo lograron trasformarme en un inútil funcional. Voy a la cocina a buscar un libro, una guía, algo que me permita cocinar sin cometer inexactitudes. Algo encontré, algún aprendiz había dejado un recetario escondido entre las ollas. Aquí tengo todos los artefactos que me permitirán cocinar. Encuentro una fórmula para preparar un arroz al horno que parece ser atractiva. Comer, una necesidad básica de los hombres por la que no me había tenido que preocupar hasta ahora. ¡Cuántas cosas he tenido que aprender en estos dos días! Alimentarme, padecer frío, vestirme, calzarme, orinar, defecar… Mi creencia de que los humanos eran privilegiados por habérseles entregado la tierra no podía estar más equivocada. Fueron una raza saturada de limitaciones, colmada de pulsiones físicas, imposibilitados por su precaria realidad de alcanzar la divinidad. Duele comprender que estuvimos equivocados durante tantas vidas. ¿Mi Señor me disculpará por mi insolencia, por mi odio extremo, por excederme en el castigo a los mortales?. Elevo mi vista hacia el cielo, pero no recibo ninguna señal de ese perdón que ansío imperiosamente.


           Abro las cortinas que dan a la plaza. Las hojas de los árboles se mecen con la suave brisa del sur, los pájaros vuelan liberados de los niños que los perseguían con sus gomeras. Los perros y gatos se adueñan de la ciudad, reemplazando el otrora reinado del hombre. ¿Pero qué veo?. Una mujer está sentada en un banco. Es joven, delgada y parece no haber sufrido el desastre. ¿Será un ángel como yo?. No puede ser, la conocería. ¿Será algún demonio enviado por Belcebú?. Su actitud complaciente y cariñosa con los perros ahora libres no es propia de uno de ellos. No parece angustiada o atemorizada. Al parecer Dios la eligió por alguna oculta razón. Es bella, morena y de tez aceitunada. Su porte es atractivo y su mirada… Su mirada tiene algo de lánguida paz. Una paz que no vi en otros humanos, a los que encontré envueltos en la insensatez, la mentira y la avaricia; preocupados por los asuntos mundanos olvidándose de su corazón, de su alma. Ella evidentemente ha alcanzado la luz, la santidad, la inmortalidad del ser. Sus ojos me buscan, sí, está mirando hacia la ventana. Cierro las cortinas con celeridad. Pienso en mi añorada condición divina y en como me descarrié del camino. Escucho la puerta de calle abrirse y un aroma perturbador cruza la sala. Pienso: ¿alcanzará la comida para los dos?

sábado, 30 de abril de 2011

MUERTE CLÍNICA

El doctor le acaba de decir a Daniela que estoy clínicamente muerto. No entiendo el adverbio, se está muerto o no se está. No muevo ningún órgano de mi cuerpo desde el ACV, no puedo ver ni hablar, pero si escucho. Los escucho a todos. Huelo también. Y siento. Siento la brisa de la primavera que entra por la ventana. Siento la mano de Daniela cuando llega alguna visita. Siento el calmante entrando por el suero. Siento la orina saliendo por mi sonda prostática, como si fuera una llama ardiente. Siento la molestia en mi traquea que me provoca la otra sonda, la nasogástrica, por la que me introducen el alimento licuado. Un verdadero asco.

A pesar de estar prácticamente muerto – yo también uso adverbios- me llevan esta tarde a hacer una tomografía computada. No se para qué. Córtenme el oxígeno y listo. No soporto sentirme un vegetal. Un vegetal que también escucha. Ayer tuve muchas visitas, algunos que no se acercaban cuando estaba clínicamente vivo. Temprano vinieron mis hermanos. ¿Qué buscan estos pájaros de mal agüero?. Seguramente su parte. Pero Daniela no va a permitir que se queden con nada. Ya la instruí antes de esto. A ella y a Walter. Ni las gracias a los que en vida me ignoraron, ratas envidiosas. Vino Juan Carlos, suponiendo que su condición de hermano mayor le daba prerrogativas extraordinarias. Este es el mayor resentido, quiere mi guita para gastarla con los gatos con los que se pasea a costa mía, porque si no fuera por mí la bodega ya hubiera quebrado. ¿Qué va a hacer este infeliz si la maneja él?. Quiebra. A éste menos que a nadie. Vino con Estelita. Espero que esté conforme con la casa en El Espino. A ella siempre le gustó vivir en el campo, con el olor a guano penetrándole las fosas nasales. No es mala Estelita, solo que no la entiendo en esa persistencia de regar con agua de pozo, cocinar con garrafa y bañarse con el agua del calefón de leña. Siquiera se hubiera casado. Pero ¿quien se va a casar con una vieja de 65 años, amargada, siempre vestida de negro?. Pensándolo bien la casa paterna es suficiente para una mujer sola como ella.

A la tarde cayó Enrique. Es jubilado de YPF, ¿qué puede necesitar de mí?. Gana bien, se va de vacaciones con la loca de mi cuñada todos los años. Este año se fueron a las Termas. ¡Qué joda se tienen que haber hecho!. Horrible destino. Con Daniela el año pasado nos fuimos a Punta Cana. ¡Qué diferencia!. Bueno mamá, no me mires así. Ellos me miran con desprecio, aún en mi lecho de muerte: ¿por qué yo tengo que tener contemplaciones con ellos?. Ojalá hubiera tenido hijos. Aunque después de lo que le pasó a Viterbo con el flojo del hijo es una bendición. O lo que les pasó a papá y a vos con Juan Carlos.

Walter a la noche llamó a Benítez. Él va a administrar las fincas de Chapanay y Buen Orden. Él si que siempre estuvo conmigo, así que tengo que premiar esa fidelidad. Nunca me voy a olvidar cuando falsificó los vales con los que les pagué a los empleados en los años del corralito. Ese montón de vagos me querían hacer quilombo por las horas extra y porque cobraban atrasado. ¿Qué querían que hiciera? ¿Qué me sacara la comida de la boca para dársela a ellos?. Ya conseguirán otro trabajo, si es que son tan guapos como dicen que son. O un plan Trabajar, para que cuando salgan del banco se gasten la plata en cerveza y cigarrillos. Así son los negros mamá. Vos les das y ellos te pagan con mierda.

No siempre fui así mamá, vos lo sabés. Fui feliz algún día. Era feliz jugando a la pelota con los Quevedo, los Arias, los Cenci. Era feliz cuando iba a la cancha de Andrade los domingos. Era feliz cuando leía los libros que me regalaba tía Mónica. La Vuelta al Mundo en 80 días, El Corsario Negro, Corazón… Me iba a caminar por el callejón y me sentaba a leer bajo la sombra de un álamo. Ese era mi mundo perfecto. Ese  y cuando conocí a Daniela. Vos nunca la quisiste. Que era muy joven y linda para un tipo grande como yo. Que había tenido una historia con el doctor Mendoza. Que … tantas cosas se dijeron, pero ya la ves, a mi lado, despidiéndome en mi lecho de muerte, respirando estos aires de cloroformo de los hospitales que siempre odié.

Walter tampoco se ha despegado de la cama. Siempre leal, siempre obediente. Y hábil. Para que los negocios funcionen es necesario tener un abogado inteligente al lado. Y él siempre estuvo. Es más, él estaba en casa cuando tuve el accidente. Estábamos armando el asunto de la exportación a China. No sabés mamá lo jodidos que son los chinos para negociar. Ellos querían más mosto que vino, y nosotros empujando para que nos compraran el excedente. Mirá que en los 90 tratamos con los vietnamitas y los de Singapur, pero estos tipos no se comen ninguna. Papá derivaba toda la producción para el mercado interno, pero la bodega nunca levantó. Y los vinos de esa época eran vergonzantes, un caldo. No te enojes mamá, pero el viejo nunca supo como tener ganancias, ¿o no te acordás de la necesidad que pasamos en la época de Llaver?. En cambio desde que tomé las riendas yo, te compré la casa, me compré la mía y hasta les di de comer a los parásitos de tus otros hijos.

Escucho a Daniela. Le dice a Walter que me tienen que hacer una panangiografía, o algo así. Ya no quiero que me toquen más la cabeza. Me quiero morir mamá. No entiendo porqué me quieren retener si el hilo se está por cortar. Me gustaría irme como te fuiste vos, tranquila, con tu sonrisa Mona Lisa, si parecía que te burlabas de todos nosotros que te llorábamos. Sí, yo también lloré. Cuando volví a casa, no me podía mostrar débil ante los débiles. O irme como papá, con una lanza invisible en el corazón que me desmorone en un minuto. Pero llevo cinco meses así mamá. Así se lo escuché al doctor. Y la verdad es que quiero volver a caminar de tu mano, como cuando me llevabas a la escuela, como cuando íbamos los sábados en la noche a Rivadavia a pasear por el centro y me agarrabas fuerte la mano para que no me fuera con otra pareja, como esa noche que me colgué de la mano de otra señora, y cuando levanté la cabeza y vi que no eras vos me desesperé y empecé a gritar hasta que vos llegaste corriendo y me alzaste. Me acuerdo también de la paliza de papá – un día te van a llevar los gitanos- me amedrentaba el viejo, y agregaba cuentos de ladrones de niños, que para colmo de males eran antropófagos. Y yo le creía. Y me gustaba creerle. Eran otros tiempos, tiempos en los que era preferible creer en historias de fantasmas y viejos de la bolsa que en la realidad.

           Me veo en la cama. ¿Qué pasa mamá? Es como que soy yo y no soy. Hace mucho que no veía y lo que primero que observo es triste, patético, definitivo. Mi cuerpo inerte en el lecho, lleno de tubos, con el líquido de suero entrando por mi muñeca. Esa luz en la puerta, ¿adónde va?. Y ese olor…, me resulta familiar. No me vas a creer, huelo a tu salsa de tomate. Huelo también los jazmines del patio de la casa de Andrade, huelo a orujo, a la bodega en tiempo de cosecha. Escucho el canto de los jilgueros, los zorzales, los cabecitas negras, los tordos, los pitojuanes…  Agarrame fuerte, porque me siento débil. Vamos hacia la luz. Me gusta ir de la mano otra vez con vos. Me siento como cuando tenía diez años. Ya no me importa mi cuerpo. En cualquier momento Daniela y Walter lo tocarán y comprobarán que no tiene signos vitales.  Lo harán cuando dejen de mirarse perdidos el uno en los ojos del otro, navegando en su mar de juventud y de amor disimulado.

miércoles, 20 de abril de 2011

ROSARIO SIEMPRE ESTUVO CERCA


Ángel y Fernando ya han guardado todo su equipaje en el baúl del Corolla y se disponen a partir hacia Rosario. La excusa es el Congreso de Literaturas Regionales, aunque esconden en sus corazones el íntimo deseo de conocer la ciudad a orillas del Paraná. El espíritu del Che, de Fontanarrosa, del Negro Olmedo los llama a visitar el templo de la bohemia y de las mujeres hermosas.
-La música la pongo yo, a ver si te gusta- impone el profesor Fernando Arenas, el acompañante.
-Acepto, pero ojo que tengo gustos muy selectos- marca terreno el profesor Ángel Muradas, el conductor.

En el estéreo suena Giros, de Fito. Ángel aprueba enfáticamente la elección y toman la ruta 7 en el puente de Tropero Sosa. Fernando saca el mate para amenizar el viaje. Será un largo trayecto y se proponen pasarla bien. Giros... fotografía de distintos lugares, fotograficamente tan distantes.

Llegan a Desaguadero a las siete y cuarto. Ya están en San Luis. Hacia el este se ven negros nubarrones que se ciernen sobre la provincia mediterránea. A medida que avanzan por la doble vía pasan la entrada a los pueblos puntanos. Los accesos a Jarilla, Alto Pencoso, Chosmes, Balde se desdibujan, primero con una tenue llovizna y después con una copiosa lluvia. El otoño y su mal tiempo arrecian pero para los profesores es un elemento más en la felicidad de ese viaje tan esperado. No más. Por hoy. De verdad. Un cross. Un flash. Es igual. Siempre así lejos en Berlín,  lejos de todos y hasta lejos de mi, cuando no estas. Lejos en Berlín suena en la radio y los dos compañeros cantan a toda voz.

A la altura de la curva del Autódromo de San Luis la lluvia no deja ver más allá de cien metros hacia adelante. La ruta se torna resbaladiza y Ángel debe aminorar la marcha. Solo alcanza a avizorar las balizas del automóvil que lo precede, el cual también ha reducido la velocidad.
- Ángel, creo que sería mejor hacer noche en San Luis. Conozco un buen hotel cerca de la terminal.- advierte Fernando.
- No te hagas problema, puedo manejar, aunque sea un rato más- tranquiliza el conductor a su acompañante.

Al llegar a La Cumbre un fuerte resplandor encandila al conductor. No sabe si es un camión o un colectivo. Lo que sí sabe es que se le viene encima y solo un volantazo oportuno evitará el choque frontal. El miedo invade a los dos amigos que ven ante sus ojos el final de sus jóvenes vidas…

Superado el encandilamiento siguen rumbo al este, con la precipitación persistente cayendo sobre la noche puntana. Ahora es una inmensa cortina de agua la que impide de manera parcial la visibilidad en la ruta. Donovan, Granville, Fraga… Los carteles indicadores direccionan a los automovilistas hacia estos pueblos incrustados en una zona regada de plantaciones de maíz y soja, aunque en este diluvio el paisaje semeja a los garabatos de un niño queriendo imitar la naturaleza. Manejar se hace insostenible, por lo que Ángel decide hacer noche en Villa Mercedes. Son casi las diez, y está cansado, el mal tiempo los ha hecho demorar más de lo previsto y Ángel está extenuado por el difícil periplo.

A las nueve de la mañana del día siguiente, jueves 28 de febrero de 2011, los profesores de Literatura ya están desayunando en el hotel de la Avenida Origone, frente al monumento al aviador. Al salir se detienen en un quiosco de revistas y compran El Diario de San Luis para leerlo durante el viaje. El sol ha salido y las calles están inundadas por las incesantes lluvias, pero el tiempo parece mejorar y es propicio para seguir la aventura. Fito otra vez en la radio. Todos ya nos fuimos de aquí, todos ya nos fuimos de casa Para tocar rock & roll. La Rueda Mágica gira y Rosario empieza a estar más cerca.

El próximo destino es el peaje de Justo Daract, ciudad que se encuentra invadida por una molesta bruma. El empleado del peaje no se ve dentro de la caseta y recibe su pago sin siquiera saludar. A los pocos minutos entran en la provincia de Córdoba. El paisaje cambia radicalmente. Enormes extensiones de pastizales, con ganado vacuno pastando en ellos; caldenes, talas y chañares flanquean la ruta. Se detienen a cargar combustible en Vicuña Mackenna y continúan la travesía. A poco andar los sobrepasa un Torino a gran velocidad. Este tramo de la vía semeja un túnel del tiempo. Desde el sentido contrario vienen Chevys y Falcons, Taunus y Sierras, Fuegos y 504. Un parque automotor de los ’80 ha tomado posesión del camino, dejando al Corolla en la posición de una nave espacial. La imposibilidad de los viajeros de adquirir un automóvil nuevo o un extraño desorden temporal son las únicas explicaciones del fenómeno. General Levalle, Laboulaye, Rosales y su laguna, Leguizamón quedan atrás. Ya están en Santa Fe. Hay recuerdos que no voy a borrar, personas que no voy a olvidar, silencios que prefiero callar canturrea Fernando, quien ahora conduce el coche y Ángel lo acompaña en los coros. Ángel lee el diario comprado en San Luis, pero solo el deporte. No tiene ganas de amargarse con malas noticias.

-                           Uh, el domingo juegan Newell´s y River. Podríamos ir, ¿te parece?- pregunta Ángel.
-                           ¿A qué hora juegan?- inquiere Fernando.
-                           A las ocho. Nosotros salimos de la Universidad a las seis, tenemos tiempo de sobra para ir hasta el Parque Independencia- contesta entusiasmado Ángel de poder ver a su querido River.
-                           Nos cambiamos y vamos entonces- confirma Fernando, hincha de Independiente pero igualmente amante del fútbol.

Llegan a Rufino y toman la ruta 33. Ahora los pueblos y ciudades cambian de nombres pero la desolación de la pampa verde e interminable, salpicada de lagunas y silos permanece inalterable. Sancti Spiritu, Venado Tuerto, Firmat, Chabas están impregnadas del mismo anacronismo del tramo cordobés del viaje. Ahora son las camionetas de los hombres de campo las señales del atraso en el tiempo, los camiones Bedford son otras reliquias con las que se cruzan los sorprendidos viajantes. Queda ya el último tramo del agotador viaje. Sanford, la gran Casilda – donde se detienen a comprar algo para comer- y las pequeñas Zavalla y Pérez son las últimas ciudades por atravesar ante del ingreso a Rosario. Cerca, Rosario siempre estuvo cerca, tu vida siempre estuvo cerca y esto es verdad.

Y al final, por la Avenida Presidente Perón, entran en la ciudad. Cruzan la Avenida de Circunvalación y penetran en la intrincada urbe.
- Rara Rosario, enorme Rosario, fascinante Rosario- reflexiona en voz alta Fernando. - El tránsito es un quilombo. Los rosarinos manejan como la mierda. Las calles no tienen carteles indicadores, por lo que encontrar una dirección es una quimera. Los peatones cruzan por cualquier parte, salvándose por milagro de terminar estampado en el capot de un Renault 12. Dios debe ser rosarino para proteger así a estos inconscientes. ¿Renault 12? La puta madre, sigue el tiempo para atrás. Nada de Corsas, de Fiestas, de Clíos, de Sienas. Todos los vehículos son viejos, como los que yo miraba pasar en la casa de mi abuelo en Santa Rosa.
- Sí , son viejos. Pero fijate que están en muy buen estado. Parece que estos tipos son todos fierreros- completa Ángel.
- O unos amarretes de carajo- agrega Fernando riéndose de su propia ocurrencia..
Es temprano. El acto inaugural del Congreso es a las nueve de la noche de ese jueves, así es que tienen tiempo para recorrer el centro. ¿Dónde queda el centro?.

-                           Vamos al Bar El Cairo. Ahí se juntaba Fontanarrosa con sus amigos en la Mesa de los Galanes. No podés venir a Rosario sin pasar por ahí- propone Fernando, siendo aprobado inmediatamente por Ángel.

Preguntan es casi la única forma de encontrar algo en esta ciudad del demonio. Llegan a la calle Santa Fe y suben hasta Sarmiento.

-                           A dos cuadras del centro, de la calle Mendoza- les había indicado una tremenda morocha de falda negra y pechos rebeldes, lamentándose después los dos frustrados casanovas de su morosa lentitud montañesa.

Los dos amigos se sientan en una de las mesas contiguas a la ventana. Le piden dos cafés al mozo. Ángel es el encargado de hacer la obligada pregunta.

-                           Maestro, ¿cuál es la mesa de los galanes?
-                           Esa, la última al lado de la barra- responde el atento mozo.
-                           ¿Y en qué silla se sentaba Fontanarrosa?. Le explico, nosotros somos profesores de Literatura, somos de Mendoza, y vinimos a Rosario por un Congreso, pero lo que más queríamos era venir acá- amplía Ángel.
-                           Se sentaba no. Se sienta. El Negro sigue viniendo. Como siempre- responde extrañado el mozo.
-                           ¿Cómo que se sienta? Si está muerto.
-                           ¿Muerto? Usted está en pedo mi amigo- dice el mozo, yendo a buscar los cafés y lanzando furtivas miradas hacia la mesa, absolutamente convencido de que los mendocinos son dos orates declarados.
-                           ¡El diario!- dice de pronto Fernando, como si hubiera comprendido algo que estaba presente ante sus narices, y estuvieran cegados ante esa realidad,  y sale disparado hacia el auto. Vuelve en segundos con el periódico comprado en Villa Mercedes. Juntos lo hojean y entienden el porqué del anacronismo automotor y. del asombro del mozo. La página de policiales cuenta sobre un accidente de tránsito ocurrido en la Ruta 7 en San Luis, a la altura de la cumbre, entre un Toyota Corolla proveniente de Mendoza, con dos personas en su interior y un colectivo que viajaba desde San Nicolás rumbo a la provincia cuyana. Los dos hombres del automóvil habían muerto inmediatamente, en medio de una torrencial lluvia de otoño. El Bar El Cairo no era otra cosa que el cielo, un cielo de mesas de madera, de servilletas de papel, de olor a cigarrillo, de bohemia, ginebra y maní salado.