La Hora

Junín, Mendoza

domingo, 3 de julio de 2011

RESONANCIAS

Marito es el único hijo del doctor Ábalos. Para el abogado esto es una desgracia, ya que su único vástago es este ser indescifrable, misterioso, imbuido en sí mismo; cubierto por una densa capa de mutismo que los años no ayudaron a atravesar. ¡Tanto que lo desearon Mercedes y él, para cargar hasta ahora con este idiota de primera línea!. No lo pudo predecir en el momento de nacer el engendro, si no hubiera movido sus intrincadas influencias para realizar en el hospital alguna oportuna maniobra permutativa con algún niño que estuviera en la plenitud de sus facultades. Pero hace diez años el doctor Emilio Ábalos no detentaba el reconocimiento que hoy goza, fruto de su habilidad y astucia. Solo era un incipiente estudiante, arrendatario de un pequeño departamento de la calle Balcarce.

            Marito al nacer era un nene precioso. Rozagante, con los cachetitos colorados y el pelo negro pegado al cuero cabelludo, había venido al mundo aparentemente sano. Solo llamaba la atención de sus padres su mirada distraída. Marito se quedaba con la vista fija en un punto, como si un ente invisible le hablara y lo sustrajera del amor de Emilio y Mercedes. Marito fue creciendo y su ensimismamiento se fue acrecentando. Al mismo tiempo su padre comenzó a trabajar en la administración pública, ganándose el favor de los políticos de turno, felices por su comportamiento servil. Mercedes sola se ocupaba de la salud de su pequeño, desconcertada por la respuesta de médicos y psicoanalistas.
-                           Este niño es completamente sano- afirmaba el otorrinaringólogo.
-                           Los órganos fonadores actúan correctamente- repetía la fonoaudióloga.
-                           No observo ningún síntoma de autismo- concluía terminantemente el psicólogo.
Pero Marito no hablaba. Y ya tenía tres años.

            Llegó el tiempo de la escuela primaria. Marito se reveló como un alumno brillante. Respondía con certeza pitagórica a los problemas matemáticos. Comprendía a la perfección el sistema de coordenadas geográficas. Demostraba entender como extrema pericia causas y consecuencias de la historia. Se mostraba curioso ante los desafíos de las Ciencias Naturales. La gramática no parecía tener mayores inconvenientes para su mente abierta y veloz. Interpretaba acertadamente los textos y creaba relatos de exquisita textura. Pero no leía. Es decir, no leía en voz alta, porque se le veía abstraído por la lectura, que parecía gustarle mucho. Ya en esos años de primaria Emilio dejó de preocuparse por la educación y la evolución de la patología de su hijo. Su única reflección fue, en aquellos siete años, una sola:
-                           Tengo un hijo que es un boludo sin remedio- repetía cada hora, cada día, cada mes, cada año en los atormentados oídos de una atribulada Mercedes, a la que ni siquiera su amor de madre lograba arrancar una palabra de los labios de Marito.

En la escuela lo llamaban “el mudito”, primero a manera de sorna, pero con el tiempo se transformó en un mote cariñoso. Marito lo soportaba estoicamente, y por eso nunca le faltaron compañeros de juegos y de travesuras. Es que por lo demás Marito era un niño normal, muy lejos del idiota que describía su padre. Su mutismo se debía a alguna oculta razón que nadie que lo conociera podía adivinar, pero que seguramente estaba grabada a fuego en el corazón del niño.

Una tarde Emilio acertó a pasar por el cuarto de Marito cuando la puerta estaba entreabierta. Le pareció escuchar un murmullo, parecido al agua que corre por un arroyo de montaña o el rezo de un monje de clausura. Se asomó y su sorpresa no tuvo límites. Su hijo estaba sentado frente al escritorio, con la vista fija en un libro. Escuchó: Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza… Era “Las ruinas circulares”, de Borges, y Marito se encontraba empapado en la lectura, y por el rictus de su boca al leer parecía feliz. Aminorando su paso Emilio se acercó a su hijo y solo atinó a preguntarle:
-                           ¿Hablás?
Marito contestó:
-                           Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas…

Emilio desbordaba de dicha. Aunque el niño no le había contestado su pregunta escucharlo hablar era para él la segunda gran noticia de la semana, además de su flamante candidatura a concejal. Corrió a avisarle a su esposa la buena nueva:
-                           ¡Marito habla! ¡Está hablando!¡No es un idiota! ¡Ahora sí lo voy a poder mostrar en la presentación de las candidaturas! ¡Ya mismo lo invito al intendente!- todo esto dicho con una excitación que su esposa poco le conocía.
Mercedes padecía de una contradicción interna. Se mezclaban en ella la felicidad por la evolución de Marito, coronada con el don de la palabra, y la desilusión ante el cambio de condición de su esposo, convertido en un oscuro especulador, capaz de usufructuar la mejoría de su hijo para sus intereses personales. Lo abrazó, sí, pero con un nudo en la garganta imposible de desenredar siquiera por Alejandro Magno.

Emilio se hizo dueño de la situación inmediatamente y comenzó a hacer llamadas a sus contactos. Llamó a su familia, quienes mostraron siempre un amor superior al padre del niño. Llamó a la familia de su esposa, quienes quedaron sorprendidos ante el repentino interés del doctor Ábalos por su hijo. Llamó a sus mejores amigos, quienes siempre tuvieron un cariño por Marito cercano a la lástima. Llamó al intendente y a sus nuevos compañeros de la política, quienes vieron en este encuentro familiar la oportunidad de asegurarse el apoyo del pueblo al estar cerca del fenómeno que había conocido la luz del verbo. Puso manos a la obra a la cocinera y a la mucama para que ningún detalle quedara librado al azar. Su esposa lo veía ir y venir, redescubriendo en su marido los bríos que le conoció en su primera juventud.

Una hora antes de que llegaran los invitados Emilio se acercó al dormitorio de su hijo y se aseguró de que todo estuviera bien. Se sentó frente a él y le preguntó:
-                           Hijo, ¿podés hablar?. Por favor, decile algo a tu padre-
-                            En la página 242 de la Historia de la Guerra Europea de Lidell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería) contra la línea Serre-Montauban había sido planeada para el 24 de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del día 29. Las lluvias torrenciales (anota el capitán Lidell Hart) provocaron esa demora —nada significativa, por cierto. La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en la Hochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.
         “... y colgué el tubo. Inmediatamente después, reconocí la voz que había contestado en alemán. Era la del capitán Richard Madden. - fue la respuesta.

No era la respuesta que hubiera querido escuchar, pero al menos se cercioró de que su hijo efectivamente había recuperado el habla. Le intrigaba sobremanera la perfecta dicción del niño, como si realmente hubiera hablado desde muy pequeñas en las sombras de su dormitorio, como si ese hubiese sido su refugio del mundo para aprender a modular vocablos, a utilizar correctamente la sintaxis de las frases, a incluir estas en un texto coherente y cohesionado. Mas, ¿porqué esa obsesión de recitar textos de Borges de memoria?. Lo último que había dicho su hijo era el comienzo de “El jardín de los senderos que se bifurcan”. No importaba, lo relevante es que Marito hablaba, y respondía al estímulo de la charla de su padre.

A las nueve y media de la noche estaban sentados en el living todos los invitados al gran evento. Los padres de Emilio y los de Mercedes. El intendente y sus alcahuetes de turno. Amigos y entenados. Todos allí aguardando el momento de oír al pequeño musitar aunque fuera un “hola” mientras tomaban un café servido por la mucama, que también esperaba escuchar a Marito.

El propio padre fue a buscar a su hijo al dormitorio. Estaba con sus mejores galas.
-                           ¿Estás listo hijo?- preguntó Emilio.
Marito respondió con una sonrisa y una mueca de aprobación.

Sentados en el medio del living, con los invitados a los dos costados Emilio y Mercedes le pidieron al niño que saludara a los invitados. Y así lo hizo Marito:
-                           Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Era el comienzo de “Funes el memorioso”, recitado con exquisita dicción ante los admirados visitantes y los rostros mustios de los progenitores.

Esta historia me fue contada el día posterior a mi mudanza a la casa de los Ábalos, varios años después de los extraños eventos, por unos vecinos chusmas, que reversionaban lo que les habían narrado uno de los asistentes a la reunión de aquella noche. Los Ábalos se mudaron a Godoy Cruz o Guaymallén. Del niño nunca más se supo nada, ya que no se lo volvió a ver en el barrio hasta el día que se fueron. Las teorías acerca del porque de la obstinación de Marito por Borges van de lo lógico a lo demencial. Unos dicen que efectivamente era autista, y encontraba su refugio en la lectura del vate, habiendo memorizado sus textos, uno por uno. Otros, afectos al orientalismo, hablan de una posible reencarnación del poeta en el cuerpo del niño (hipótesis a la que me niego por mi educación cristiana). Los más audaces garantizan conversaciones nocturnas entre el niño y un espíritu que le dictaba los cuentos y poemas, espectro que podría ser del mismo Borges. Mi cientificismo lucha denodadamente contra estas supercherías y no es capaz de aceptar esta afirmación. Aunque juro que en un par de noches he escuchado en la habitación que fuera otrora del pequeño una tenue voz casi impreceptible recitando:

- Zumban las balas en la tarde última.
   Hay viento y hay cenizas en el viento,
   se dispersan el día y la batalla
 deforme, y la victoria es de los otros.
             Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.

jueves, 23 de junio de 2011

LA ESPERA

Andrés se levanta, como todos los días, a las seis y veinte. El sonoro despertador lo llama a cumplir con la tarea diaria. Enciende el velador y comienza a vestirse. Hace calor, más que de costumbre. La camisa de grafa que planchó la noche anterior, el pantalón, las alpargatas, todo está sobre la silla de mimbre. Mientras se viste observa a María. Sigue recostada, su cabeza se hunde profundamente en la almohada. Le da un beso en la frente y va hacia la cocina. La habitación permanece silenciosa. María sigue descansando como si nada pasara. Después de desayunar Andrés parte hacia la faena diaria.

Andrés abre el galpón. A su lado Mandinga, un dogo argentino, viejo compañero de su padre y ahora junto a él, salta de alegría al ver a su amo. El sol del amanecer le regala tonos amarillos a las paredes de la casa y tiñe de oro los álamos más altos. Toma la zapa y se interna en el terroso suelo de la viña. Levanta la herramienta sobre su cabeza y con un golpe seco abre el surco para que el agua fluya por él. Su vida siempre fue esa, partir la tierra en dos para que el agua dé vida a las vides. Mandinga corre a lo largo de la hilera, tratando de alcanzar a los caranchos que sobrevuelan la casa. El hierro va y viene por el cauce. Hace cinco años que su historia se reduce a la rutina del viñedo: abrir la tierra, regar por las noches, la poda, la atada, la cosecha que corona el trajín de todo un año. Mientras trabaja recuerda como llegó a Andrade. Llegó junto a María de la Capital, a hacerse cargo de la finca de su padre, y buscando un poco de paz para la joven pareja recién casada. Aquello le parecía un paraíso. Se enamoró de las anchas arboledas, del sonido del agua corriendo por la acequia, de aquella casa arrullada por los trinos de los pájaros y los cantos de los sapos. María también cantaba, siempre cantaba: cuando lavaba la ropa, cuando regaba las plantas, cuando cocinaba las empanadas en el horno de barro, cuando le daba de comer a Mandinga. Pero esa vida de canto y amor había cambiado mucho últimamente.

El sol se empeña en agobiar a Andrés, envuelta su camisa en un sudor molesto. Pasan una, dos, tres horas. Es momento de volver a casa. La hora del almuerzo. Ahora deja los instrumentos de labranza por los utensilios de cocina. María hace ya mucho tiempo que no puede realizar esa tarea. Está postrada en su cama, el cáncer ha vencido ese cuerpo joven y lleno de vida. El cáncer, ese mismo silencioso enemigo que les negó la posibilidad de la llegada de un hijo.

Sentado en una silla al borde del lecho Andrés se dispone a alimentar a su mujer con extrema dulzura.
-                           Así estás mejor amor- le dice Andrés a su esposa acariciándole el pelo. – Se te nota más tranquila – agrega el solícito esposo acomodando la almohada para que su amada esté más cómoda.
-                           Abrí un poquito la boca, así amor, muy bien. Hice humita, en chala como te gusta a vos… ¿No comés más?. Bueno, a decir verdad yo tampoco tengo mucho hambre -. Dos lágrimas corren presurosas por el rostro sucio de Andrés, dejando un rastro blanquecino.
-                           Amor, hoy viene a visitarte tu papá – dice Andrés, volviendo a recostar a María. – ¿Estás contenta?. Sí, seguro que sí. Hace mucho que Carlos no venía.

Andrés vuelve a la viña, devastado por el lacerante silencio de María, arrastrado a la más desgarradora soledad. La tarde de noviembre castiga sin piedad la tierra cada vez más caliente. Por la huella se levanta una nube de polvo. Se acerca un vehículo, sin dudas.

-                           Ese debe ser Carlos- se dice Andrés a sí mismo. Creí que llegaría más tarde. Pero bueno, era hora de que viniera. Amor se acerca el momento- le dice el amo a su perro, que parece comprender el dolor que encierran las palabras del hombre. El animal gime y lame las manos labradoras.

La camioneta se detiene. Desde la viña Andrés observa la escena. Mandinga corre para recibir al padre de su ama,  y con sus ladridos le indica que la puerta está abierta. Carlos hace girar el picaporte y entra en la casa. Andrés continúa observando la escena, estático. Mandinga guía a Carlos hasta la habitación. Desde la sala se percibe un olor extraño, fétido, fatal. Carlos acelera sus pasos hasta la puerta del dormitorio y la ve. Horrorizado, frente a él está su hija menor, recostada, con un inmundo color verdoso en la piel, hinchada a punto de reventar, con el rostro detenido en el tiempo, con la vista fija para siempre en un punto luminoso de la pared. En su boca asoma la comida que su marido intentó introducir en su boca. A su lado Mandinga no para de aullar. Afuera, los caranchos vuelan sobre la casa, sobre la viña, sobre Andrés.

miércoles, 1 de junio de 2011

MALA FORTUNA


Nunca fui supersticioso, por lo que la fecha viernes 13 de julio me era absolutamente indiferente. Ese día debía encontrarme con Laura, la chica del 6º B. Me atrajo desde el primer día en que la vi llegar al edificio. Un par de encuentros casuales en el ascensor, una que otra coincidencia en la puerta, un hola a la pasada, parecían darme indicios de una afición mutua. Laura era bella, sofisticada, sensual, una verdadera belleza. La noche que encontré el papel que había lanzado por debajo de la puerta el corazón parecía salirse de mi pecho. Te espero el viernes a las 6 de la tarde en la Peatonal. Laura. Leí la nota unas diez veces aproximadamente y me dispuse a prepararme para el gran evento.

Elegí mi mejor camisa, a cuadros en distintos tonos en verde. Un jean beige y zapatos marrones completaban mi atuendo de conquistador de cabotaje.  Me perfumé y me vi frente al espejo para comprobar si ese rostro mío era digno de ser amado por aquella ninfa moderna que el destino había puesto frente a mí. El reloj despertador de mi habitación marcaba las 5. Tenía bastante tiempo antes de la cita, pero una de mis principales virtudes era la puntualidad, por lo que decidí llegar antes que ella al café para demostrar mi creciente interés.

Al salir del edificio saludé al portero, quien levantó la mano para despedirme. Estaba controlando a los pintores, quienes blanqueaban la fachada. La brocha se resbaló de la mano de uno de ellos, cayendo a escasos veinte metros de mi paso, salpicando mis zapatos recién lustrados. Lancé mis más abyectos improperios hacia el trabajador, que me contestó solamente con una sonrisa sardónica, amparado en la impunidad que le otorgaba las alturas. El portero me acercó un trapo para limpiar mis tamangos. Quedaron medianamente bien, pero sentí la mala suerte cayendo sobre mis espaldas. Caminé dos cuadras hasta la parada del micro, ya que estaba bastante lejos del centro.

 ¿Han esperado el micro un día en el que están ansiosos?. Yo sí, ese día. Pasaron cinco, diez, quince, veinte minutos… y nada. Me compré un paquete de pastillas en un quiosco y miraba el reloj obsesivamente. El ómnibus llegó con cuarenta minutos de retraso. Evidentemente mi cita con Laura ya no dependía de mi voluntad sino de las circunstancias que el destino ponía en mi camino. El viaje fue otra odisea. Fui parado, agarrado a  duras penas del pasamanos y con el portafolios de un vendedor de seguros clavado en mis costillas. Un bebé vomitaba a escasos milímetros de mi persona, con la hedentina correspondiente penetrando en mis fosas nasales, mezclado con el hipnotizante olor a ajo que brotaba de las bolsas del muchacho del fondo, y el perfume barato de la cincuentona de escote generoso parada a mi lado. Extraje un pañuelo de mi bolsillo (soy de los que sigue utilizando pañuelos de tela) y lo coloque sobre mi nariz para que no siguiera siendo dañada por la atmósfera del transporte público. La inagotable travesía finalizó con una brutal frenada que dejó a medio pasaje haciendo equilibrio para evitar caer en efecto dominó, efecto que por supuesto me arrastró a mí también.

Bajé a las seis menos cuarto. El café quedaba a dos cuadras. Caminaba con cierta tranquilidad por Plaza España, pensando en las sucesivas peripecias que me habían ocurrido mientras una señora muy atenta levantaba sus manos para saludarme. No, no me estaba saludando, en realidad la estaban asaltando. El chorro luego de haber conseguido su exiguo motín corrió hacia donde yo avanzaba con tanta mala suerte para él que me atropelló, cayendo en una sola masa el caco y yo. Los transeúntes se abalanzaron sobre él y en segundos llegó un policía. Los uniformados nunca llegan a tiempo pero a mí me tocó el más solícito agente del orden, quien se empeñó en realizar el procedimiento correcto, llevándome a la comisaría más cercana para tomarme declaración. En la seccional poco les importó mi cita con mi vecina Laura. Me desocupé de mis deberes de ciudadano a las seis y media y al arribar al café Laura ya no se encontraba allí…

           Elegí mi mejor camisa, a cuadros en distintos tonos en verde. Un jean beige y zapatos marrones completaban mi atuendo de conquistador de cabotaje.  Me perfumé y me vi frente al espejo para comprobar si ese rostro mío era digno de ser amado por aquella ninfa moderna que el destino había puesto frente a mí. El reloj despertador de mi habitación marcaba las 5. Aunque pensándolo bien hoy es viernes 13, parece que va a llover y en verdad Laura tanto tanto no me gusta.

jueves, 19 de mayo de 2011

LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD


Abro los ojos y veo el reflejo del sol dibujándose sobre las paredes. Comienza un nuevo día para recorrer esta inmensa ciudad que me agobia con su silencio de misa. Una noche en el Hyatt es uno de los lujos que me permito luego del holocausto. La habitación que elegí da a la Plaza Independencia, que se puebla rápidamente de palomas, que parecen celebrar la ausencia del placero y sus disparos disuasorios. Es una linda mañana para sentarse en un banco a mirar el cielo, a ver si Dios se dispone a bajar y charlar un rato conmigo. Pero primero iré al supermercado, a aprovisionarme para el resto del día.

Me proveo de lo básico: el menú de hoy incluye pollo, verduras y un buen vino blanco. Para la tarde llevo café instantáneo, azúcar, pan y quesos. En la heladera del hotel he guardado carnes y lácteos, para que no se descompongan. Pronto la leche se vencerá y no la podré tomar. Habrá que ir al campo a buscarla. Tuve la precaución de colocarme el barbijo antes de salir a la calle, el hedor es cada vez más nauseabundo. Los caranchos y chimangos invaden la ciudad y forman un colchón de plumas sobre la calle desierta. Aunque me ignoren siento una repugnancia incontrolable por la presencia de los carroñeros. Al pasar por un quiosco de revistas me llevo un diario. El Los Andes declara “13 de abril de 2050”. Lo voy a guardar. Es el documento histórico del día en que la humanidad perdió su última oportunidad.

El mutismo de la ciudad aplasta. No hay bocinas, no hay voces de niños, solo la naturaleza le aporta al ambiente su murmullo de pájaros. Nadie habla, nadie grita, nadie canta. Es una ciudad sin palabras. Y una ciudad sin palabras es como un árbol sin hojas, desnudo y triste. Desde un primer piso de un edificio de departamentos de la calle España cae agua por la ventana. Seguramente la persona que vivió allí dejó alguna canilla abierta. Mi maldita tendencia a la perfección hace que ingrese al edificio. Subo y la cierro. Es curioso. Alguno de los departamentos, no se cual, huele a frito. Bajo por el ascensor. Nunca lo había hecho y representa toda una novedad. ¿Curioso, no?. Habituado a ascender y descender nunca lo había hecho en una caja de hierro.

Vuelvo al hotel. Reviso la bolsa del supermercado para pensar qué voy a cocinar. Arroz, fideos, leche, carne vacuna, mermelada, vino, papas, tomates, aceite… Tantos siglos sin preocuparme por abastecerme a mí mismo lograron trasformarme en un inútil funcional. Voy a la cocina a buscar un libro, una guía, algo que me permita cocinar sin cometer inexactitudes. Algo encontré, algún aprendiz había dejado un recetario escondido entre las ollas. Aquí tengo todos los artefactos que me permitirán cocinar. Encuentro una fórmula para preparar un arroz al horno que parece ser atractiva. Comer, una necesidad básica de los hombres por la que no me había tenido que preocupar hasta ahora. ¡Cuántas cosas he tenido que aprender en estos dos días! Alimentarme, padecer frío, vestirme, calzarme, orinar, defecar… Mi creencia de que los humanos eran privilegiados por habérseles entregado la tierra no podía estar más equivocada. Fueron una raza saturada de limitaciones, colmada de pulsiones físicas, imposibilitados por su precaria realidad de alcanzar la divinidad. Duele comprender que estuvimos equivocados durante tantas vidas. ¿Mi Señor me disculpará por mi insolencia, por mi odio extremo, por excederme en el castigo a los mortales?. Elevo mi vista hacia el cielo, pero no recibo ninguna señal de ese perdón que ansío imperiosamente.


           Abro las cortinas que dan a la plaza. Las hojas de los árboles se mecen con la suave brisa del sur, los pájaros vuelan liberados de los niños que los perseguían con sus gomeras. Los perros y gatos se adueñan de la ciudad, reemplazando el otrora reinado del hombre. ¿Pero qué veo?. Una mujer está sentada en un banco. Es joven, delgada y parece no haber sufrido el desastre. ¿Será un ángel como yo?. No puede ser, la conocería. ¿Será algún demonio enviado por Belcebú?. Su actitud complaciente y cariñosa con los perros ahora libres no es propia de uno de ellos. No parece angustiada o atemorizada. Al parecer Dios la eligió por alguna oculta razón. Es bella, morena y de tez aceitunada. Su porte es atractivo y su mirada… Su mirada tiene algo de lánguida paz. Una paz que no vi en otros humanos, a los que encontré envueltos en la insensatez, la mentira y la avaricia; preocupados por los asuntos mundanos olvidándose de su corazón, de su alma. Ella evidentemente ha alcanzado la luz, la santidad, la inmortalidad del ser. Sus ojos me buscan, sí, está mirando hacia la ventana. Cierro las cortinas con celeridad. Pienso en mi añorada condición divina y en como me descarrié del camino. Escucho la puerta de calle abrirse y un aroma perturbador cruza la sala. Pienso: ¿alcanzará la comida para los dos?

domingo, 8 de mayo de 2011

MINUTO 43


El árbitro es algo así como el tío pobre en la familia del fútbol. Condenado a ser el villano, el aguafiestas, cuesta todavía creer que a una persona medianamente sensata se le ocurra dedicarse a esta innoble tarea. El mote de juez no lo favorece, no tiene el poder de un magistrado, quedando limitada su influencia a un campo de juego. La tribuna tiene otras formas menos decorosas de referirse al desafortunado encargado de impartir justicia. Brito Arceo, Undiano Mallenco, Japón Sevilla, Urizar Azpitarte, Teixeira Vitienes, Ansuátegui Roca, Daudén Ibáñez, Andradas Asurmendi, Soriano Aladrén, Guruceta Muro, Esquinas Torres, Mejuto González, Lamo Castillo, Mejía Dávila son algunos de sus imposibles, increíbles nombres. Ser árbitro, en síntesis, es una verdadera desgracia.

El árbitro, además, es un eterno sospechado de los más oprobiosos crímenes dentro de una cancha. Penales no cobrados, penales mal cobrados, amarillas a capitanes protestones y omisiones de amarillas a asesinos seriales disfrazados de marcadores centrales, ignorantes involuntarios o potestativos de la ley del off side. El árbitro no puede permitirse el error, y ante esta intimación que le impone su propia profesión cambia el error por la infamia. Así fue desde que los primeros sajones jugaron con una cabeza de danés, y así es hoy, cuándo los millones mueven el negocio de la pelota.

Mario Benavídez era árbitro también, pero de una rara especie: los honestos. Y sabido es que la justicia del mundo guarda para esta raza un recóndito lugar en sus arrabales. Benavídez llegó al referato por vocación. Se sentía una especie de Dios que impartía justicia entre los hombres, en este caso vestidos con una camiseta de fútbol. Tenía una forma particular de dirigir: entendía que no solo debía castigar las faltas del juego sino también el comportamiento de los jugadores en su vida personal. Tal como Bottaro, el juez recordado por Alejandro Dolina en sus Crónicas del Ángel Gris, Benavídez omitía las faltas de los probos y castigaba con amarillas y rojas a los impíos. Esto le valió una seria reprimenda de la Asociación pero el injustamente motejado “bombero” siguió con su plan de librar al fútbol de los atorrantes.

Así fue como Benavídez llegó al momento soñado desde que se dedicó a la profesión en la que el silbato sustituye a la espada de Temis: dirigir una final. Los rivales eran los clásicos adversarios de toda la vida: Paso de los Andes y Andrade. El partido había comenzado con los nervios propios de un encuentro definitorio, pero en general los guerreros vestidos de azul y los rojos y blancos se mantenían en los sutiles terrenos de la caballerosidad deportiva. Abrió el marcador para Paso de los Andes Candeloro, con un tiro libre cobrado por Benavídez en la puerta del área, que el delantero gringo colgaba en el ángulo superior izquierdo. 1 a 0. Así termina el primer tiempo. Los jugadores de Andrade le reclaman al referí injustamente, el tiro libre estaba bien sancionado. Alguno deslizó la esperada afrenta:
-                           ¡Vendido! ¿Cuánto te pagaron?

¿Vendido él? ¿Justo él que nació en Andrade, en la finca de Letta?- ¡Qué saben estos ignorantes de como el corazón me pesa cuando le hacen un gol al equipo del que soy hincha! Eso nunca lo sabrán porque Benavídez no mezcla el trabajo con los afectos. En eso es intachable. Es más. Imagina su retiro del referato pasando sus domingos en familia, lejos del fútbol. No soportaría  que lo vieran en la cancha y rumorearan acerca de la relación entre su pasión y su antigua labor.

En el segundo tiempo Andrade buscó el empate con todas sus fuerzas. Uno a uno fueron llegando los centros cruzados sobre el área rival hasta que sobre los veintidós minutos Paredes, el goleador, marcó el empate. Sobre los treinta Benavídez apareció por primera vez en el partido para marcar su protagonismo. Una mano innecesaria de Molina, el capitán de Paso de los Andes, en la mitad de la cancha, terminó con la segunda amarilla y la inmediata roja para el apesadumbrado jugador. Ahora los insultos cayeron desde la otra tribuna. La protesta podía verse como lógica, todos conocían el origen de Benavídez, Sólo que nunca el árbitro puso sus sentimientos por encima del deber. Volvió a tragar saliva y siguió dirigiendo, intentando hacer oídos sordos al agravio de la chusma.

Hasta que llegó el minuto fatídico. Todos lo recordarían. Minuto 43. Córdoba, volante por derecha de Andrade sube por su carril. Con la cabeza gacha, con la vista en el balón más que en los tres palos lanza un derechazo a rastrón aparentemente inofensivo. Pero el destino de los humanos tiene distintas formas de dejarlos en un pedestal o hundirlos en la ignominia. El inocuo disparo de Córdoba se hubiera ido afuera si antes no rozaba la pierna izquierda de Benavídez, descolocando al arquero Ventura convirtiendo el segundo gol de Andrade. Sorpresa, estupor, confusión primero. Indignación, irritación, furia incontrolable después. El partido no terminó. Las huestes azules destrozaron el alambrado olímpico e ingresaron al campo de juego para hacer justicia con sus propias manos. Muchos rememoran ese partido por la enorme gresca entre  hinchas de los dos equipos, incluyendo a la policía, dirigentes, veedores y cocacoleros.

Pasaron ya varios años del inconcluso clásico. Los detalles se vuelven borrosos con el paso del tiempo. Los rostros se desdibujan, las opiniones se amalgaman con la leyenda. Lo que nadie pudo explicarse jamás fue el paradero del perseguido Benavídez. Algunos dicen que lo vieron corriendo desaforadamente por la Calle Falucho rumbo al este. Otros, que salió de la cancha y se trepó a un camión cargado de cosechadores. El tano Villani, adjuntando a la historia un toque sobrenatural, habló de un ángel milagroso levantando al referí de las axilas y depositándolo en un baldío cercano. Los más osados llegaron a decir incluso que Benávidez nunca existió. Pero existió, lo puedo asegurar. Yo fui testigo de su utópica cruzada a favor de los sentimientos más nobles, de las acciones más altruistas, en contra de los bellacos y desleales. Yo tampoco sé que fue de él. Me gustaría confiar en la tesis de Villani, en una oportuna ayudita divina, para que, aunque fuera por única vez, el tiro del final saliera para el lado de la justicia.

sábado, 30 de abril de 2011

MUERTE CLÍNICA

El doctor le acaba de decir a Daniela que estoy clínicamente muerto. No entiendo el adverbio, se está muerto o no se está. No muevo ningún órgano de mi cuerpo desde el ACV, no puedo ver ni hablar, pero si escucho. Los escucho a todos. Huelo también. Y siento. Siento la brisa de la primavera que entra por la ventana. Siento la mano de Daniela cuando llega alguna visita. Siento el calmante entrando por el suero. Siento la orina saliendo por mi sonda prostática, como si fuera una llama ardiente. Siento la molestia en mi traquea que me provoca la otra sonda, la nasogástrica, por la que me introducen el alimento licuado. Un verdadero asco.

A pesar de estar prácticamente muerto – yo también uso adverbios- me llevan esta tarde a hacer una tomografía computada. No se para qué. Córtenme el oxígeno y listo. No soporto sentirme un vegetal. Un vegetal que también escucha. Ayer tuve muchas visitas, algunos que no se acercaban cuando estaba clínicamente vivo. Temprano vinieron mis hermanos. ¿Qué buscan estos pájaros de mal agüero?. Seguramente su parte. Pero Daniela no va a permitir que se queden con nada. Ya la instruí antes de esto. A ella y a Walter. Ni las gracias a los que en vida me ignoraron, ratas envidiosas. Vino Juan Carlos, suponiendo que su condición de hermano mayor le daba prerrogativas extraordinarias. Este es el mayor resentido, quiere mi guita para gastarla con los gatos con los que se pasea a costa mía, porque si no fuera por mí la bodega ya hubiera quebrado. ¿Qué va a hacer este infeliz si la maneja él?. Quiebra. A éste menos que a nadie. Vino con Estelita. Espero que esté conforme con la casa en El Espino. A ella siempre le gustó vivir en el campo, con el olor a guano penetrándole las fosas nasales. No es mala Estelita, solo que no la entiendo en esa persistencia de regar con agua de pozo, cocinar con garrafa y bañarse con el agua del calefón de leña. Siquiera se hubiera casado. Pero ¿quien se va a casar con una vieja de 65 años, amargada, siempre vestida de negro?. Pensándolo bien la casa paterna es suficiente para una mujer sola como ella.

A la tarde cayó Enrique. Es jubilado de YPF, ¿qué puede necesitar de mí?. Gana bien, se va de vacaciones con la loca de mi cuñada todos los años. Este año se fueron a las Termas. ¡Qué joda se tienen que haber hecho!. Horrible destino. Con Daniela el año pasado nos fuimos a Punta Cana. ¡Qué diferencia!. Bueno mamá, no me mires así. Ellos me miran con desprecio, aún en mi lecho de muerte: ¿por qué yo tengo que tener contemplaciones con ellos?. Ojalá hubiera tenido hijos. Aunque después de lo que le pasó a Viterbo con el flojo del hijo es una bendición. O lo que les pasó a papá y a vos con Juan Carlos.

Walter a la noche llamó a Benítez. Él va a administrar las fincas de Chapanay y Buen Orden. Él si que siempre estuvo conmigo, así que tengo que premiar esa fidelidad. Nunca me voy a olvidar cuando falsificó los vales con los que les pagué a los empleados en los años del corralito. Ese montón de vagos me querían hacer quilombo por las horas extra y porque cobraban atrasado. ¿Qué querían que hiciera? ¿Qué me sacara la comida de la boca para dársela a ellos?. Ya conseguirán otro trabajo, si es que son tan guapos como dicen que son. O un plan Trabajar, para que cuando salgan del banco se gasten la plata en cerveza y cigarrillos. Así son los negros mamá. Vos les das y ellos te pagan con mierda.

No siempre fui así mamá, vos lo sabés. Fui feliz algún día. Era feliz jugando a la pelota con los Quevedo, los Arias, los Cenci. Era feliz cuando iba a la cancha de Andrade los domingos. Era feliz cuando leía los libros que me regalaba tía Mónica. La Vuelta al Mundo en 80 días, El Corsario Negro, Corazón… Me iba a caminar por el callejón y me sentaba a leer bajo la sombra de un álamo. Ese era mi mundo perfecto. Ese  y cuando conocí a Daniela. Vos nunca la quisiste. Que era muy joven y linda para un tipo grande como yo. Que había tenido una historia con el doctor Mendoza. Que … tantas cosas se dijeron, pero ya la ves, a mi lado, despidiéndome en mi lecho de muerte, respirando estos aires de cloroformo de los hospitales que siempre odié.

Walter tampoco se ha despegado de la cama. Siempre leal, siempre obediente. Y hábil. Para que los negocios funcionen es necesario tener un abogado inteligente al lado. Y él siempre estuvo. Es más, él estaba en casa cuando tuve el accidente. Estábamos armando el asunto de la exportación a China. No sabés mamá lo jodidos que son los chinos para negociar. Ellos querían más mosto que vino, y nosotros empujando para que nos compraran el excedente. Mirá que en los 90 tratamos con los vietnamitas y los de Singapur, pero estos tipos no se comen ninguna. Papá derivaba toda la producción para el mercado interno, pero la bodega nunca levantó. Y los vinos de esa época eran vergonzantes, un caldo. No te enojes mamá, pero el viejo nunca supo como tener ganancias, ¿o no te acordás de la necesidad que pasamos en la época de Llaver?. En cambio desde que tomé las riendas yo, te compré la casa, me compré la mía y hasta les di de comer a los parásitos de tus otros hijos.

Escucho a Daniela. Le dice a Walter que me tienen que hacer una panangiografía, o algo así. Ya no quiero que me toquen más la cabeza. Me quiero morir mamá. No entiendo porqué me quieren retener si el hilo se está por cortar. Me gustaría irme como te fuiste vos, tranquila, con tu sonrisa Mona Lisa, si parecía que te burlabas de todos nosotros que te llorábamos. Sí, yo también lloré. Cuando volví a casa, no me podía mostrar débil ante los débiles. O irme como papá, con una lanza invisible en el corazón que me desmorone en un minuto. Pero llevo cinco meses así mamá. Así se lo escuché al doctor. Y la verdad es que quiero volver a caminar de tu mano, como cuando me llevabas a la escuela, como cuando íbamos los sábados en la noche a Rivadavia a pasear por el centro y me agarrabas fuerte la mano para que no me fuera con otra pareja, como esa noche que me colgué de la mano de otra señora, y cuando levanté la cabeza y vi que no eras vos me desesperé y empecé a gritar hasta que vos llegaste corriendo y me alzaste. Me acuerdo también de la paliza de papá – un día te van a llevar los gitanos- me amedrentaba el viejo, y agregaba cuentos de ladrones de niños, que para colmo de males eran antropófagos. Y yo le creía. Y me gustaba creerle. Eran otros tiempos, tiempos en los que era preferible creer en historias de fantasmas y viejos de la bolsa que en la realidad.

           Me veo en la cama. ¿Qué pasa mamá? Es como que soy yo y no soy. Hace mucho que no veía y lo que primero que observo es triste, patético, definitivo. Mi cuerpo inerte en el lecho, lleno de tubos, con el líquido de suero entrando por mi muñeca. Esa luz en la puerta, ¿adónde va?. Y ese olor…, me resulta familiar. No me vas a creer, huelo a tu salsa de tomate. Huelo también los jazmines del patio de la casa de Andrade, huelo a orujo, a la bodega en tiempo de cosecha. Escucho el canto de los jilgueros, los zorzales, los cabecitas negras, los tordos, los pitojuanes…  Agarrame fuerte, porque me siento débil. Vamos hacia la luz. Me gusta ir de la mano otra vez con vos. Me siento como cuando tenía diez años. Ya no me importa mi cuerpo. En cualquier momento Daniela y Walter lo tocarán y comprobarán que no tiene signos vitales.  Lo harán cuando dejen de mirarse perdidos el uno en los ojos del otro, navegando en su mar de juventud y de amor disimulado.

jueves, 28 de abril de 2011

LA IMPORTANCIA DE LOS ASTROS

El primer partido de Tromel ha terminado de la peor manera. Un 6 a 0 de local detonó la eyección inmediata del director técnico del equipo. Ese martes en la reunión de comisión directiva se barajaban muchos nombres. Pedro Reyes, el técnico campeón con Junín era el candidato propuesto por buena parte de la comisión. Otro nombre que se manejaba era el del veterano de mil batallas Osvaldo “Negro” Mercado. Hasta que la voz de Orellano se eleva sobre las opiniones cruzadas.

-                           ¿Y si le ofrecemos el cargo a Paniguti?

Todos se miraron, primero sorprendidos ante un nombre que hasta el momento no pasaba por la mente de ninguno, y después entusiasmados ante la posibilidad de que el máximo ídolo del club se hiciera cargo del equipo. Paniguti había surgido del club bodeguero hacía veinte años. Su padre trabajaba en la Bodega González Videla y vivía en las casas de los empleados. Pablo Paniguti, Pablito se inscribió en el club, y paseó por un año sus piernitas flacas y su gambeta endiablada por las canchas de la Liga Rivadaviense. Los hinchas del azuloro lo disfrutaron poco. Su carrera empezó a crecer, primero jugando en Palmira. Un pase polémico a San Martín lo puso en las tapas de todos los diarios de Mendoza. Sus pasos posteriores fueron Atlanta, San Lorenzo y el Valencia. ¡Qué orgullo para los trominos verlo en la televisión, haciéndole goles al Barcelona, al Real Madrid!. Su carrera se terminó a los 27 años, joven, por una fractura que nunca pudo curar, pero en las retinas de todos los que lo vieron en un campo de juego quedaba el recuerdo de un fantasista, un genio, un distinto. Volvió a la Argentina, y más precisamente a la finca González Videla, donde vivían sus padres. Los extrañó en su exilio valenciano y regresó a ellos, ahora en la nueva casa que les compró con sus ahorros de futbolista. El hijo pródigo de la comunidad volvía a involucrase con la gente simple que siempre lo admiró, que siempre lo amó, que siempre lo esperó.

El ofrecimiento del cargo y la aceptación se dieron casi a un tiempo. Paniguti estaba feliz de dirigir al equipo y sacarlo de la mediocridad acostumbrada. En verdad, su equipo nunca había peleado un campeonato y el desafío era importante. Asumió un martes en la mañana. Apareció en la práctica con una libretita de carnicero y una birome en la oreja. Cada jugada, cada movimiento de los jugadores los inscribía en el papel. Al finalizar el entrenamiento se reunió con Orellano, el dirigente que había propulsado su llegada al club.

-                           ¿Todavía se pueden contratar jugadores?- consultó Paniguti.
-                           Sí, hay tiempo hasta el jueves de la semana que viene- contestó Orellano.
-                           Qué bueno. Te voy a pedir un favor. Pedí las listas de buena fe de los otros equipos. Fijate que tengan las fechas de nacimiento. Eso es importantísimo.

El dirigente lo miró extrañado pero cumplió con lo pedido. Seguramente algo genial saldría de la cabeza del ídolo.

Paniguti tuvo la lista que pidió. Y empezó a diagramar el plantel, aclarando que si era necesario el dinero para las transferencias saldría de su propio bolsillo. Eligió para el puesto de volante central a Ariel Fernández, de Andrade. Los marcadores laterales seleccionados fueron Gustavo Toro, de Tres Acequias y Pablo González, de La Libertad. El enganche creativo escogido fue Gerardo Meza, el talentoso de Junín, una fantasista como Paniguti. Los marcadores centrales: Carlos Peñaloza, de Reducción y Oscar Quiroga, de La Amistad. Una dupla defensiva con apellido de caudillo y estirpe de líderes – así se los describió a los dirigentes-. El volante por derecha llegó desde la Liga Mendocina, de Gutierrez. Se trataba de Arnaldo Gutierrez, homónimo de su pueblo. El arquero provenía de Maipú: Leonardo Pérez. Faltaban solamente los encargados de generar posibilidades de gol y quien las concretara. Para ello buscó a los punteros derecho Ricardo Bulacio, de Paso de Los Andes; y Roberto Figueroa, de Mundo Nuevo. El 9 no era otro que el goleador del torneo anterior: Martín Calzetti, de La Central. En total sumaban once refuerzos, un equipo entero. Las negociaciones fueron difíciles pero finalizaron rápidamente. El dinero de Paniguti solucionaba cualquier diferencia. Los dirigentes estaban sumamente dichosos. Por primera vez en su historia Tromel tendría un equipo competitivo para buscar aquello que nunca había conseguido: un campeonato.

Los directivos tenían lo que querían el jueves en la tarde. Alcanzó para hacer una práctica el viernes, porque el sábado era para descansar. Lo que desconocían era el método por el que Paniguti había elegido a sus jugadores. Leonardo Pérez, el arquero había nacido el 25 de diciembre, por lo tanto pertenecía al signo de Capricornio. Paniguti lo seleccionó porque los capricornianos son sobrios y buscan la seguridad de los demás. Los laterales Toro y González eran taurinos, pacientes y perseverantes a la hora de empujar desde el fondo al equipo. Los centrales Peñaloza y Quiroga eran leoninos, líderes naturales, egocéntricos incurables que no dudarían en intimidar de cualquier manera a los goleadores rivales. Gutierrez era el orden, el trabajo, la planificación y la estabilidad propios de un volante derecho. Fernández estaba regido por Aries, líder natural y motor del equipo. Meza, la joya, era mental e impredecible, atributos insoslayables de los enganches y de los geminianos. Los punteros Bulacio y Figueroa eran sagitarianos, inquietos y dinámicos a la hora de atacar. Y Calzetti, el ariete ofensivo, decidido y emprendedor, poseía la marca de Escorpio. Paniguti conoció las artes astrológicas en su paso por Europa, y su vida estaba guiada por los planetas. Cada decisión, cada avance, cada nueva empresa no comenzaba para Paniguti sin antes pasar por la opinión de los astros. Y la resolución de tomar la dirección técnica de Tromel no era la excepción.

El día del debut había llegado. Leyó todos los augurios de los adivinadores de los diarios, y observó el vuelo de los pájaros, a la manera de los pronosticadores de la Antigua Roma. La predicción era positiva. El rival no resultaba sencillo. Tres Acequias aparecía como un rival de cuidado. El resultado del partido fue 1 a 1, lo que puso de muy buen humor al técnico. Un empate de visitante frente al subcampeón de la temporada anterior manifestaba una ostensible mejoría en el rendimiento del equipo.
El siguiente paso fue Independiente Reducción, de local. El estadio de Tromel desbordaba de público. Los chicos de las inferiores hicieron banderas azules y amarillas durante la semana, por lo que el cierre olímpico lucía un colorido inusual. La fiesta fue total. Victoria 3 a 0 y una actuación notable del diamante del equipo, Gerardito Meza.

El camino hacia el título parecía allanado. No había ningún equipo en la Liga que igualara a Tromel en seguridad defensiva, creatividad y eficiencia ofensiva. Fueron cayendo como en un dominó imaginario La Libertad y Gargantini, Argentino y Racing, El Mirador y La Central, Mundo Nuevo y Paso de los Andes. Y Paniguti siempre fiel al horóscopo, sin olvidarse de tirar las runas o consultar al I Ching, interés nacido durante el desarrollo del campeonato.

La final fue un 12 de diciembre. El rival: La Amistad de Ingeniero Giagnoni. La noche anterior Paniguti consultó como siempre el horóscopo de cada uno de sus jugadores. Pero algo no estaba bien. La Luna transitaba por el signo de Géminis, por lo que los días del signo de Capricornio en los que se jugaba el encuentro decisivo conformaban una combinación fatal para la estrella Meza. ¿Qué hacer? ¿Confiar en su capacidad de exprimir a sus jugadores para sacarles lo mejor de sí, o seguir como siempre las señales celestes? Esa era la disyuntiva de Paniguti, una perversa opción que no lo dejó dormir en aquella noche de sábado. Llegó muy callado al estadio de Paso de los Andes, donde se jugaría la final. Esta nueva actitud extrañó a los dirigentes, que siempre veían al ídolo de buen humor. Claro, ellos no lo entendían, no tenían la menor idea de los métodos poco ortodoxos de Paniguti.

La charla previa fue parca, exigua, frugal. Una ínfima arenga sorprendió a los jugadores y dirigentes, que esperaban uno de los discursos encendidos que antes de cada encuentro inflaban el pecho de los carreros, como les decían sus enemigos. Más la sorpresa fue mayúscula cuando entregó las camisetas. La 10 recayó en el juvenil Ortigüela, un gran proyecto nadie lo negaba, pero que no estaba a la altura del enorme Meza. Orellano, el dirigente más cercano al técnico lo llevó a un rincón del vestuario.

-                           ¿Qué te pasa? ¿Estás loco?- le dijo, sofocado, el directivo, sin entender nada.
-                           Yo sé lo que hago. Meza hoy se va a mandar una cagada. Lo presiento.- fue la respuesta de un demacrado Paniguti.
-                           Mirá, es claro, lo ponés o te vas antes y el equipo lo dirijo yo. Si no juega Meza y perdemos me arrancan la cabeza. No me vengás con boludeces. ¿Qué sos, adivino ahora?

Paniguti calló, entregado a su ineludible destino. El juego arrancó muy bien para sus dirigidos, con un gol de Calzetti de cabeza, tras un centro de Bulacio. El 1 a 0 a los 9 minutos traía presagios de festejos para todos, menos para el entrenador. El empate sobre los 30 del segundo tiempo no preocupó demasiado. Tromel era muy superior a La Amistad en juego y seguramente terminaría definiendo la contienda a su favor. La tribuna enmudeció 6 minutos después. Pérez, el arquero tuvo su primer error grosero en el año, un centro inofensivo se le escapó de las manos y se introdujo en su arco. Gol en contra.  Los de Giagnoni se colocaban arriba 2 a 1. A partir de ese momento Tromel fue un torbellino, empujando al rival hasta su propio arco. Hasta el último minuto. Meza roba una pelota en la mitad de la cancha. Avanza en diagonal hacia el centro eludiendo rivales como si fueran conos de entrenamiento. Entra en el área y la salida desesperada del arquero verde y amarillo termina con Meza en el piso y el árbitro cobrando penal. ¡Penal! El pateador natural es el mismo Meza. Para todos. Para todos menos para Paniguti.

-                           ¡Fernández, andá vos!-le gritó el técnico al 5.
-                           Deje maestro, lo pateo yo- dijo Meza avanzando resueltamente hacia la pelota.
-                           ¡No, que vaya Fernández! ¡Háganme caso la madre que los parió!

Ya era tarde. Meza había colocado la pelota en el punto del penal. Pensó donde colocar el balón. La lógica era ponerla en el palo izquierdo del arquero. Pero contradiciendo sus condiciones naturales de zurdo pateó hacia la derecha. Le salió un tirito enclenque, indecoroso, nefasto. La pelota avanzó mansamente hacia el arquero Olivera de La Amistad, quién la tomó con pasmosa tranquilidad, haciendo un módico esfuerzo por agacharse. Final del partido. Festejo por el lado de los de Ingeniero Giagnoni. Tristeza y estupor por el lado de los de Tromel. Paniguti estaba atribulado. Los astros estaban en su contra, y a pesar de haber intentado contradecir los designios del destino, no había podido contra él y se había condenado para toda su carrera.

Lo que nunca supo Paniguti era que Olivera, el arquero rival había nacido bajo el signo de Géminis igual que Meza, el pateador. Para uno y para otro el horóscopo del día era el mismo. “Es mejorar no asumir decisiones trascendentales, porque se corre el riesgo de sufrir una gran desilusión”, demostrando la mendacidad y la condición paradojal de la astrología. ¿O será que también detrás de la victoria se puede encontrar algo de desencanto?