La Hora

Junín, Mendoza

miércoles, 20 de abril de 2011

ROSARIO SIEMPRE ESTUVO CERCA


Ángel y Fernando ya han guardado todo su equipaje en el baúl del Corolla y se disponen a partir hacia Rosario. La excusa es el Congreso de Literaturas Regionales, aunque esconden en sus corazones el íntimo deseo de conocer la ciudad a orillas del Paraná. El espíritu del Che, de Fontanarrosa, del Negro Olmedo los llama a visitar el templo de la bohemia y de las mujeres hermosas.
-La música la pongo yo, a ver si te gusta- impone el profesor Fernando Arenas, el acompañante.
-Acepto, pero ojo que tengo gustos muy selectos- marca terreno el profesor Ángel Muradas, el conductor.

En el estéreo suena Giros, de Fito. Ángel aprueba enfáticamente la elección y toman la ruta 7 en el puente de Tropero Sosa. Fernando saca el mate para amenizar el viaje. Será un largo trayecto y se proponen pasarla bien. Giros... fotografía de distintos lugares, fotograficamente tan distantes.

Llegan a Desaguadero a las siete y cuarto. Ya están en San Luis. Hacia el este se ven negros nubarrones que se ciernen sobre la provincia mediterránea. A medida que avanzan por la doble vía pasan la entrada a los pueblos puntanos. Los accesos a Jarilla, Alto Pencoso, Chosmes, Balde se desdibujan, primero con una tenue llovizna y después con una copiosa lluvia. El otoño y su mal tiempo arrecian pero para los profesores es un elemento más en la felicidad de ese viaje tan esperado. No más. Por hoy. De verdad. Un cross. Un flash. Es igual. Siempre así lejos en Berlín,  lejos de todos y hasta lejos de mi, cuando no estas. Lejos en Berlín suena en la radio y los dos compañeros cantan a toda voz.

A la altura de la curva del Autódromo de San Luis la lluvia no deja ver más allá de cien metros hacia adelante. La ruta se torna resbaladiza y Ángel debe aminorar la marcha. Solo alcanza a avizorar las balizas del automóvil que lo precede, el cual también ha reducido la velocidad.
- Ángel, creo que sería mejor hacer noche en San Luis. Conozco un buen hotel cerca de la terminal.- advierte Fernando.
- No te hagas problema, puedo manejar, aunque sea un rato más- tranquiliza el conductor a su acompañante.

Al llegar a La Cumbre un fuerte resplandor encandila al conductor. No sabe si es un camión o un colectivo. Lo que sí sabe es que se le viene encima y solo un volantazo oportuno evitará el choque frontal. El miedo invade a los dos amigos que ven ante sus ojos el final de sus jóvenes vidas…

Superado el encandilamiento siguen rumbo al este, con la precipitación persistente cayendo sobre la noche puntana. Ahora es una inmensa cortina de agua la que impide de manera parcial la visibilidad en la ruta. Donovan, Granville, Fraga… Los carteles indicadores direccionan a los automovilistas hacia estos pueblos incrustados en una zona regada de plantaciones de maíz y soja, aunque en este diluvio el paisaje semeja a los garabatos de un niño queriendo imitar la naturaleza. Manejar se hace insostenible, por lo que Ángel decide hacer noche en Villa Mercedes. Son casi las diez, y está cansado, el mal tiempo los ha hecho demorar más de lo previsto y Ángel está extenuado por el difícil periplo.

A las nueve de la mañana del día siguiente, jueves 28 de febrero de 2011, los profesores de Literatura ya están desayunando en el hotel de la Avenida Origone, frente al monumento al aviador. Al salir se detienen en un quiosco de revistas y compran El Diario de San Luis para leerlo durante el viaje. El sol ha salido y las calles están inundadas por las incesantes lluvias, pero el tiempo parece mejorar y es propicio para seguir la aventura. Fito otra vez en la radio. Todos ya nos fuimos de aquí, todos ya nos fuimos de casa Para tocar rock & roll. La Rueda Mágica gira y Rosario empieza a estar más cerca.

El próximo destino es el peaje de Justo Daract, ciudad que se encuentra invadida por una molesta bruma. El empleado del peaje no se ve dentro de la caseta y recibe su pago sin siquiera saludar. A los pocos minutos entran en la provincia de Córdoba. El paisaje cambia radicalmente. Enormes extensiones de pastizales, con ganado vacuno pastando en ellos; caldenes, talas y chañares flanquean la ruta. Se detienen a cargar combustible en Vicuña Mackenna y continúan la travesía. A poco andar los sobrepasa un Torino a gran velocidad. Este tramo de la vía semeja un túnel del tiempo. Desde el sentido contrario vienen Chevys y Falcons, Taunus y Sierras, Fuegos y 504. Un parque automotor de los ’80 ha tomado posesión del camino, dejando al Corolla en la posición de una nave espacial. La imposibilidad de los viajeros de adquirir un automóvil nuevo o un extraño desorden temporal son las únicas explicaciones del fenómeno. General Levalle, Laboulaye, Rosales y su laguna, Leguizamón quedan atrás. Ya están en Santa Fe. Hay recuerdos que no voy a borrar, personas que no voy a olvidar, silencios que prefiero callar canturrea Fernando, quien ahora conduce el coche y Ángel lo acompaña en los coros. Ángel lee el diario comprado en San Luis, pero solo el deporte. No tiene ganas de amargarse con malas noticias.

-                           Uh, el domingo juegan Newell´s y River. Podríamos ir, ¿te parece?- pregunta Ángel.
-                           ¿A qué hora juegan?- inquiere Fernando.
-                           A las ocho. Nosotros salimos de la Universidad a las seis, tenemos tiempo de sobra para ir hasta el Parque Independencia- contesta entusiasmado Ángel de poder ver a su querido River.
-                           Nos cambiamos y vamos entonces- confirma Fernando, hincha de Independiente pero igualmente amante del fútbol.

Llegan a Rufino y toman la ruta 33. Ahora los pueblos y ciudades cambian de nombres pero la desolación de la pampa verde e interminable, salpicada de lagunas y silos permanece inalterable. Sancti Spiritu, Venado Tuerto, Firmat, Chabas están impregnadas del mismo anacronismo del tramo cordobés del viaje. Ahora son las camionetas de los hombres de campo las señales del atraso en el tiempo, los camiones Bedford son otras reliquias con las que se cruzan los sorprendidos viajantes. Queda ya el último tramo del agotador viaje. Sanford, la gran Casilda – donde se detienen a comprar algo para comer- y las pequeñas Zavalla y Pérez son las últimas ciudades por atravesar ante del ingreso a Rosario. Cerca, Rosario siempre estuvo cerca, tu vida siempre estuvo cerca y esto es verdad.

Y al final, por la Avenida Presidente Perón, entran en la ciudad. Cruzan la Avenida de Circunvalación y penetran en la intrincada urbe.
- Rara Rosario, enorme Rosario, fascinante Rosario- reflexiona en voz alta Fernando. - El tránsito es un quilombo. Los rosarinos manejan como la mierda. Las calles no tienen carteles indicadores, por lo que encontrar una dirección es una quimera. Los peatones cruzan por cualquier parte, salvándose por milagro de terminar estampado en el capot de un Renault 12. Dios debe ser rosarino para proteger así a estos inconscientes. ¿Renault 12? La puta madre, sigue el tiempo para atrás. Nada de Corsas, de Fiestas, de Clíos, de Sienas. Todos los vehículos son viejos, como los que yo miraba pasar en la casa de mi abuelo en Santa Rosa.
- Sí , son viejos. Pero fijate que están en muy buen estado. Parece que estos tipos son todos fierreros- completa Ángel.
- O unos amarretes de carajo- agrega Fernando riéndose de su propia ocurrencia..
Es temprano. El acto inaugural del Congreso es a las nueve de la noche de ese jueves, así es que tienen tiempo para recorrer el centro. ¿Dónde queda el centro?.

-                           Vamos al Bar El Cairo. Ahí se juntaba Fontanarrosa con sus amigos en la Mesa de los Galanes. No podés venir a Rosario sin pasar por ahí- propone Fernando, siendo aprobado inmediatamente por Ángel.

Preguntan es casi la única forma de encontrar algo en esta ciudad del demonio. Llegan a la calle Santa Fe y suben hasta Sarmiento.

-                           A dos cuadras del centro, de la calle Mendoza- les había indicado una tremenda morocha de falda negra y pechos rebeldes, lamentándose después los dos frustrados casanovas de su morosa lentitud montañesa.

Los dos amigos se sientan en una de las mesas contiguas a la ventana. Le piden dos cafés al mozo. Ángel es el encargado de hacer la obligada pregunta.

-                           Maestro, ¿cuál es la mesa de los galanes?
-                           Esa, la última al lado de la barra- responde el atento mozo.
-                           ¿Y en qué silla se sentaba Fontanarrosa?. Le explico, nosotros somos profesores de Literatura, somos de Mendoza, y vinimos a Rosario por un Congreso, pero lo que más queríamos era venir acá- amplía Ángel.
-                           Se sentaba no. Se sienta. El Negro sigue viniendo. Como siempre- responde extrañado el mozo.
-                           ¿Cómo que se sienta? Si está muerto.
-                           ¿Muerto? Usted está en pedo mi amigo- dice el mozo, yendo a buscar los cafés y lanzando furtivas miradas hacia la mesa, absolutamente convencido de que los mendocinos son dos orates declarados.
-                           ¡El diario!- dice de pronto Fernando, como si hubiera comprendido algo que estaba presente ante sus narices, y estuvieran cegados ante esa realidad,  y sale disparado hacia el auto. Vuelve en segundos con el periódico comprado en Villa Mercedes. Juntos lo hojean y entienden el porqué del anacronismo automotor y. del asombro del mozo. La página de policiales cuenta sobre un accidente de tránsito ocurrido en la Ruta 7 en San Luis, a la altura de la cumbre, entre un Toyota Corolla proveniente de Mendoza, con dos personas en su interior y un colectivo que viajaba desde San Nicolás rumbo a la provincia cuyana. Los dos hombres del automóvil habían muerto inmediatamente, en medio de una torrencial lluvia de otoño. El Bar El Cairo no era otra cosa que el cielo, un cielo de mesas de madera, de servilletas de papel, de olor a cigarrillo, de bohemia, ginebra y maní salado.

viernes, 15 de abril de 2011

PRIMER AMOR

-                           ¿Te acordás de Julieta Correas?- preguntó de pronto Flavio Nuñez a su amigo Navarro.
-                           ¿Quién?- contestó Nelson, más ocupado en observar a una portentosa morocha que pasaba por la vereda del Café El Refugio, que en la conversación de su amigo de la infancia.
-                           Julieta Correas- insistió Nuñez. -La hija del doctor. La que vivía en la casa frente a la cancha de Junín-.
-                           ¿La rubiecita de trenzas?. Sí, ahora me acuerdo. Se fue a Mendoza cuando estábamos en sexto. Pero: ¿a qué viene ese recuerdo?-inquirió un extrañado Navarro a su melancólico compañero.
-                           Fue mi primera novia. Mi primer beso se lo dí a ella- respondió Flavio enfáticamente con la mirada perdida en el pasado.
-                           Sí, ahora me acuerdo bien. Vos le diste el primer beso pero después se escondía en el rincón infantil de la Blanco Encalada con Ariel Rubiales- dijo Nelson, riendo a carcajadas ante la excentricidad de la evocación de su mejor amigo.
-                           Sos un boludo. No entendés nada- contestó Nuñez levantándose de la mesa y yéndose del café furioso, dejando plantado al imprudente.
Se fue hasta su casa caminando, rechazando ser llevado por quien se burlaba de su renacido amor. Había vuelto a sentir el pecho oprimido por una mujer y no estaba dispuesto a aceptar que cualquier infeliz, por más amigo que fuera.

Esa noche a Nuñez le costó dormirse. Las añoranzas de la pasión infantil retornaron a su memoria. Un acto del veinticinco de mayo, en el que la señorita Marta formó las parejas para bailar el candombe e, intencionalmente, lo unió a la adorada rubiecita. Los ojos celestes de Correa desplazaron rápidamente a las decenas de ojos de las distintas mujeres que pasaron por su vida, y ahora, en un instante, desaparecían para siempre de su existencia. La remembranza de un picnic en la plaza de Junín en el que le dio su primer – y único- beso lo terminó de convencer de que debía buscarla a como diera lugar. Finalmente, a eso de las cuatro y cuarto de la mañana Flavio se durmió. Se soñó otra vez niño. Sentado en un banco de la plaza con el guardapolvo puesto,  compartía un paquete de galletas Manón con Nelson, aunque extrañamente el amigo vestía traje y corbata negros, atuendo más adecuado al oficio de empleado del Banco Nación actual que del infante de antaño. De pronto se abrían las nubes blancas y gordas y descendía cual querubín la bella, la dulce, la inconmensurable Julieta Correas, vestido con un reluciente guardapolvo Arciel y con dos doradas alas en la espalda. Sus pies estaban descalzos y desde el cielo la hermosa chiquilla le decía:
-                           Flavio buscame, estaré siempre donde quieras que esté.

Al día siguiente amaneció con la firme determinación de encontrar a su amor de la infancia. Cumplió con responsabilidad su labor como empleado judicial, y volvió a su departamento de soltero, a cocinar para dormir después una siesta reparadora. Al despertar llamó a su amigo para disculparse por el arranque de la noche anterior, y acordaron juntarse a tomar un café esa misma tarde. Otra vez en El Refugio Nuñez refirió a Navarro su proyecto de rescate del pasado. Navarro creyó con certeza que su amigo había enloquecido, pero tuvo la precaución de esta vez no mofarse del frenesí romántico de su interlocutor y prometió ayudarlo a buscarla, guardándose para si mismo la firme convicción de que Flavio superaría pronto este delirio.

A través de un par de llamadas a los compañeros de primaria más fáciles de ubicar comenzó el plan de Navarro para complacer a su enamorado amigo. Los primeros en contactar fueron Castro y Ortiz, quienes seguían viviendo en Junín. Les preguntó por la rubia Correas, pero nada sabían. Allí surgió la idea. Organizarían una cena de reencuentro. No era una fecha especial, pero la excusa era válida para el reencuentro. Nelson continuó con sus llamadas y de a poco fueron coordinando fecha y lugar. Sería el veinte de febrero en la pizzería. Para llamar la atención de los que vivían lejos publicó en los diarios Los Andes y Mendoza sendos avisos clasificados, anunciándolo también por la LV 10. Todo estaba en marcha.

A Nuñez la idea le pareció brillante y comenzó a hacer planes para la fecha. Faltaban veinte días, tendría que comprar ropa para estar elegante y atractivo para ella. ¿Se habría casado? ¿Seguiría siendo tan linda como a los ocho años?. Difícil de saberlo, el tiempo no pasa en vano. Los primeros días pasaron con relativa calma para Flavio, pero a medida que el momento se acercaba sus nervios se crispaban, tornándose poco más que insoportable para sus allegados. Se paraba frente al espejo a ensayar las palabras que le diría, y hasta imaginaba las respuestas de la mujer. Definitívamente estaba perdiendo la razón y la única cura era volver a verla.

Y la esperada noche llegó. Nuñez fue el primero en arribar, su amigo Navarro lo estaba esperando. De a uno se fueron haciendo presentes. Aranda, la que hace unos años fue coronada reina del departamento. El Negro Castro, eterno bromista  y líder natural. Ceballos, la otrora poseedora de una ceñida cintura, ahora devenida en mastodónica matrona. Flavio saludaba a todos, y por encima de los hombros del recién llegado miraba hacia la puerta en busca de su chica.

Ya habían comenzado a comer cuando de pronto pareció que una luz inundaba el salón. O al menos eso le pareció a Nuñez. La rubia Correas apareció ante el umbral. No era como la recordaba, pobre iluso de él que buscaba un rostro de niña en una mujer de treinta años. Ante él emergió una espléndida dama elegante, refinada, etéreas, inolvidable. El corazón de Flavio era un caballo desbocado. La doctora Correas, porque era médica igual que sus padres, había elegido estar frente a su enamorado. ¿Se daría cuenta de su desbordada pasión? Sí, seguro, lo suyo era demasiado obvio.

-                           Parece que somos los únicos solteros de la mesa- descargó Julieta sobre un azorado Nuñez.
De la excitación que lo embargaba se le escabulló de las manos el tenedor, lo que provocó una risita cómplice de su vecina. A partir de ese momento no existió más nadie para los dos. Entablaron una extensa conversación, y al hablar lo seducía aún más. Estaba feliz de haber provocado este encuentro, más aún al saber que Julieta estaba divorciada, sin haber tenido hijos con su ex marido. Ella le habló de su consultorio, de su trabajo en el Italiano, de sus perros, de sus caminatas por el parque. Él de su rutina de empleado público, de sus tardes de café y sus sábados de casino, de sus delirios literarios y sus soledades dominicales. Y se fueron. Se fueron juntos, apurando los abrazos y los besos con sus ex compañeros, acelerando los pasos, urgidos por el arrebato venéreo renacido. Al subir al auto de Nuñez les llamó la atención en la vereda de enfrente la sombra de un niño, considerando la hora y la llovizna reinante. Detenidos unos segundos en la visión la sombra se escabulló.
-                           Ahora te quiero de nuevo – dijo ella.
-                           Yo siempre- respondió él.

En la esquina de la casa de Flavio sonaron pisadas, corridas chapoteando en el agua. La resonancia era de pies de niños. Se oían risotadas y canciones infantiles. ¿Qué pasaba en esa ciudad, en la que dos mocosos jugaban bajo la lluvia, a las dos de la mañana?.
-                           ¿ Oíste eso? – preguntó el inquieto enamorado.
-                           Sí, y la canción me resultó conocida, como las que cantábamos en nuestra época.- contestó ella.

Corrieron  hasta la esquina pero no había nadie allí. Las ventanas de las casas estaban cerradas y ni siquiera una luz se asomaba desde el interior. Inquietos volvieron, pero entre besos, e indecencias dichas al oído cerraron la puerta con llave, y se dirigieron con ansiosa prisa al dormitorio del soltero. Las caricias inundaron la habitación. Parecían amantes que recuperaban su gimnasia amatoria después de años de abstinencia, cuando en verdad era la primera vez que estarían juntos. Más al levantar la cerviz la doctora Correas lanzó un grito de horror que se dirigía a la puerta. Dos niños observaban la escena, con lágrimas en los ojos y un gesto desgarrador en sus rostros. Se vistieron rápidamente movidos por el pudor y el miedo y los observaron mejor. La niña tenía el cabello rubio, y una trenza le caía por la espalda. Tenía unos bellos ojos de cielo. El varón era moreno, y con una mirada en la que se adivinaba la picardía inocente de un rapaz de barrio. No eran otros que Julieta Correas y Flavio Nuñez, pero a los diez años, con la frescura de su candor infantil, ayuno de desilusiones y desengaños, con el alma limpia de rencores y mezquindades, azorados ante esos dos adultos despojados de sus ropas que se miraban, casi desconociéndose.

lunes, 11 de abril de 2011

EL DELATOR



          Todo comenzó con una típica tormenta de verano. El cielo de Mendoza se fue poblando de nubes desde temprano en aquel Viernes Santo. Era extraño que ocurriera en el mes de abril, pero el año 2050 había sido particular en sus meteoros y el nuevo año transitaba entre vientos, lluvias y pequeños temblores en la tranquila ciudad montañesa. Los nubarrones al aparecer eran azules, pero ahora semejaban inmensos copos de algodón abarcando el cielo en toda su extensión. El Padre Horacio finiquitaba los últimos detalles de los clásicos actos litúrgicos en el Calvario, pero al observar la bóveda celeste tuvo una nefasta premonición, este día no sería como cualquiera.
           
            Fue hasta el mueble donde guardaba sus documentos personales y extrajo el cuaderno que tenía oculto hasta que llegara el momento indicado. Y este parecía serlo. Se sentó ante su escritorio y tuvo que prender la luz a pesar de ser las diez de la mañana. La calle se hallaba envuelta en sombras, llena de noche. En la vereda se oían los pasos apurados de la gente que trataba de llegar lo más rápido posible a sus casas. Tuvo una nueva visión. Tendría que suspender la misa, ya que seguramente no arribarían feligreses para celebrarla. Comenzó a anotar nombres mecánicamente, los que recordaba, para entregarle al ángel de la muerte cuando llegara, una lista exhaustiva de los pecadores de su sección. Horacio se sentía imbuido por no se que autoridad para señalar a los transgresores de las leyes de Dios. Afuera, en el patio de atrás de la Iglesia, se escuchaba un sonido tableteante sobre las chapas de zinc de la galería. Con su mano derecha movió la cortina y vió como el granizo, del tamaño de un grano de arroz, caía incesantemente.

            Puso inicio a su listado con los perezosos, aquellos que hacen de su vida un mero pasar. La pereza es el más metafísico de los pecados capitales, en cuanto está referido a la incapacidad de aceptar y hacerse cargo de la existencia de uno mismo. Es también el que más problemas causa en su denominación. Tomado en sentido propio es una tristeza de ánimo que aparta al creyente de las obligaciones espirituales o divinas, a causa de los obstáculos y dificultades que en ellas se encuentran. Bajo el nombre de cosas espirituales y divinas se entiende todo lo que Dios nos prescribe para la consecución de la eterna salud, como la práctica de las virtudes cristianas, la observación de los preceptos divinos, de los deberes de cada uno, los ejercicios de piedad y de religión. Concebir pues tristeza por tales cosas, abrigar voluntariamente, en el corazón, desgano, aversión y disgusto por ellas, es pecado capital. Tomada en sentido estricto es pecado mortal en cuanto se opone directamente a la caridad que nos debemos a nosotros mismos y al amor que debemos a Dios. De esta manera, si deliberadamente y con pleno consentimiento de la voluntad, nos entristecemos o sentimos desgano de las cosas a las que estamos obligados; por ejemplo, al perdón de las injurias, a la privación de los placeres carnales, entre otras; la acidia es pecado grave porque se opone directamente a la caridad de Dios y de nosotros mismos. Considerada en orden a los efectos que produce, si la acidia es tal que hace olvidar el bien necesario e indispensable a la salud eterna, descuidar notablemente las obligaciones y deberes o si llega a hacernos desear que no haya otra vida para vivir entregados impunemente a las pasiones, es sin duda pecado mortal. El nombre de Pedro Ormeño, aparecía como el sinónimo hecho carne de la acedia. Afuera, una excepcional lluvia de pájaros muertos golpeaba contra los vitrales de la catedral, produciendo un ruido insoportable. Se podía ver la calle San Martín convertida en un fétido cauce de sangre que fluía hacia las casas de los aterrados vecinos.
            La sanguinolenta precipitación cesó. El sacerdote se permitió salir del templo y comprobó con horror no contenido el cuadro que había dejado el fenómeno. Palomas y pájaros de todo tamaño yacían en la calle, inundada de sangre lo que la hacía resbaladiza para automóviles y peatones. Los árboles estaban desnudos de hojas y ramas, víctimas de un adelantado invierno artificial. De pronto se oyó un estruendo que provenía del pedemonte. Desde la posición de Horacio se observaba una gran polvareda en los cerros. Un torrente de rocas había caído sobre el dique Papagayos, que luego de su reforma actuaba como cedazo de los aludes. De pronto avanzó un mar de lodo sobre la ciudad. Quienes se encontraban en la calle volvieron aterrorizados a sus casas. El padre subió al primer piso, llevando su libro de anotaciones bajo el brazo. Había sonado la segunda trompeta del Día Final, la de la montaña precipitándose al agua. Subió corriendo las escaleras y desde su privilegiada posición lo observó todo. El barro viajaba a gran velocidad por las calles arrastrando todo lo que encontraba a su paso. Mezclados con el lodo marchaban automóviles, plantas del Parque San Martín y personas que no habían sido tan rápidos para llegar a sus casas. El padre volvió a tomar su lapicera y marcó a los que él entendía que padecían del pecado capital de la codicia. Simón Fernández, el inalcanzable dueño del oro mendocino encabezaba la lista, más allá de que el alud habría arrastrado con él y su propia avaricia. Tomás de Aquino escribió que la avaricia es un pecado contra Dios, al igual que todos los pecados mortales, en lo que el hombre condena las cosas eternas por las cosas temporales. En el Purgatorio de Dante, los penitentes eran obligados a arrodillarse en una piedra y recitar los ejemplos de avaricia y sus virtudes opuestas. Avaricia es un término que describe muchos otros ejemplos de pecados. Estos incluyen deslealtad, traición deliberada, especialmente para el beneficio personal, como en el caso de dejarse sobornar. Búsqueda y acumulación de objetos, robo y asalto, especialmente con violencia, los engaños o la manipulación de la autoridad son todas acciones que pueden ser inspirados por la avaricia, por lo que este listado era más numeroso que el de los perezosos.

            La Tierra estaba siendo castigada por los vicios de sus habitantes, y caían una a una las Babilonias del norte y del sur. Lo que siguió a la lluvia de sangre y el alud fue una catástrofe de enormes magnitudes ya imposible de combatir. Un enorme asteroide caía en el desierto sanjuanino, liberando una trágica nube de polvo suspendido que no tardó en llegar a la ciudad. El cielo ennegreció, llevándose para siempre el Sol, la Luna y las Estrellas. Los metales que traía la enorme bola de fuego contaminaron las aguas y ya no fue posible beberlas sin morir al instante. Horacio prendió una vela, porque también había sido destruída toda fuente de energía natural o artificial. El terror comenzaba a apoderarse de él, pero no dejó de hacer su infame oficio de escriba mortuorio. Era el turno de los irascibles. La ira puede ser descrita como un sentimiento no ordenado, ni controlado, de odio y enojo. Estos sentimientos se pueden manifestar como una negación vehemente de la verdad, tanto hacia los demás y hacia uno mismo, impaciencia con los procedimientos de la ley y el deseo de venganza fuera del trabajo del sistema judicial llevando a hacer justicia por sus propias manos, fanatismo en creencias políticas y generalmente deseando hacer mal a otros. Una definición moderna también incluiría odio e intolerancia hacia otros por razones como raza o religión, llevando a la discriminación. Las transgresiones derivadas de la ira están entre las más serias, incluyendo homicidio, asalto, discriminación y en casos extremos, genocidio. La ira es el único pecado que no necesariamente se relaciona con el egoísmo y el interés personal. El inventario de los poseedores de ira era encabezado por un par, el arzobispo, quien para Horacio era reaccionario y anticuado, odiando a homosexuales, comerciantes, artistas y líderes de otras religiones, despotricando desde su púlpito contra todos los que no pensaban como él. Sí, con todo el dolor del alma el arzobispo debía ser escarmentado.

Las aguas sabían a azufre y era imposible beberlas. Sonaba la cuarta trompeta. Todos morirían de sed, y solo escaparían a esta peste los justos, entre los que se contaba a sí mismo el padre Horacio, más allá de que se apoderaba del delator el ansia de agua. En las calles perros y gatos callejeros se dejaban morir en los umbrales, convencidos de que la inanición los terminaría consumiendo. En el inventario del cura se anotaban ahora los lujuriosos. La lujuria son los pensamientos posesivos sobre otra persona. Debido a su intrínseca relación con la naturaleza sexual, la lujuria en su máximo grado puede llevar a compulsiones sexuales o psicológicas , incluyendo la adicción al sexo, el adulterio y la violación. El concepto que Dante tenía de la lujuria era el amor hacia otras persona, lo que pondría a Dios en segundo lugar. Aquello no podía ser permitido y la adúltera Miriam, la devota e hipócrita Miriam primaba sobre todos los lascivos, habiendo incluso puesto en duda hasta su propia vocación de sacerdote.

Ya faltaba poco para el final. Los ángeles de la muerte no tardarían en aparecer para llevarse el cuaderno y comenzar su lúgubre trabajo. ¿Sabrían los enviados del Señor quienes eran los justos y quienes los pecadores de la ciudad? Era probable, pero lo mejor era asegurarse un lugar en el paraíso, al lado de Cristo, de sus apóstoles, de sus ángeles. No había que dejar nada librado al azar. Siguió con su abyecta tarea. Era el momento de consignar a los detentadores de la gula. Marcada por el consumo excesivo de manera irracional o innecesaria, la gula también incluye ciertas formas de comportamiento destructivo. De esta manera el abuso de substancias o las borracheras pueden ser vistos como ejemplos de gula. En la Divina Comedia de Alighieri, los penitentes en el Purgatorio eran obligados a pararse entre dos árboles, incapaces de alcanzar y comer las frutas que colgaban de las ramas de estos y por consecuencia se les describía como personas hambrientas. Ese era el rumbo que tomaría Gerónimo Suárez, conocido libertino que comulgaba todos los domingos, cual si fuera un gran virtuoso. A Horacio como sacerdote le provocaba repugnancia tamaño fingimiento, pero debía cumplir con su labor sacerdotal más allá de quien tuviera enfrente. Mas ahora la calamidad próxima le daba la oportunidad de borrarlo de la faz de la Tierra. De pronto un sonido infernal llegó desde el exterior. Cerró prontamente las ventanas de su guarida y volvió a ennegrecer el firmamento, ahora por una insólita invasión de insectos. Moscas, mosquitos, escorpiones invadían la ciudad por el cielo. La vereda parecía trasladarse de oeste a este, cuando en verdad lo que se movía era un repulsivo ataque a los humanos espacios por parte de arañas y cucarachas.

La claustrofobia comenzaba a ahogar al tonsurado acusador. Abajo, en la nave de la iglesia se escuchaban pasos incesantes que de a poco se acercaban por la escalera circular. Se apresuró entonces a asignar el último círculo del infierno a los envidiosos. En su creciente demencia Horacio se sentía elegido por un plan divino para depurar el planeta, o al menos su ciudad. Aquellos que cometen el pecado de la envidia desean algo que alguien más tiene, y que perciben que a ellos les hace falta, y a consiguiente desear el mal al prójimo, y sentirse bien con el mal ajeno. Dante la definió como amor por los propios bienes pervertido al deseo de privar a otros de los suyos. En el purgatorio de Dante, el castigo para los envidiosos era el de cerrar sus ojos y coserlos, porque habían recibido placer al ver a otros caer. ¡Qué felicidad tendría de ver con los ojos sellados a su hermano Aurelio! Su envidioso pariente no soportaba su cercanía al poder, el favor que recibía de su familia, orgullosa de tener un hombre de Dios entre su miembros. Era claramente el peor de los resentidos y merecía el dedo acusador que caía sobre él. Los pasos resonaban en el pasillo y de pronto se detuvieron ante la puerta.

Feliz de haber sido escuchado por la Divinidad abrió la puerta. Apareció ante él un ser celestial como solo había podido observar en los libros hagiográficos. Era bello, como ningún hombre conocido, como ninguna mujer. Su rostro era lívido, etéreo, transparente. Su boca estaba adornada por una sonrisa maliciosa. Su enorme altura intimidaba, y al mismo tiempo atraía. Estaba envuelto en una túnica negra y portaba una dalla entre sus manos. En la arista del arma caía una gota de plomo caliente. Horacio se apresuró a darle, con manos temblorosas y bañado en sudor, su libro maldito. El ángel lo observó. Fueron segundos eternos para el cura. Tomó el libro y lo arrojó violentamente contra la puerta de madera.

-                           Mi Padre no necesita de tu delación para administrar justicia en este mundo- dijo el Mensajero de Dios. – Vengo a buscarte a ti, por tu pecado de soberbia. Sólo el Señor es capaz de delimitar quien debe ser salvado y quien debe ser condenado. Tú, espíritu simple, no tienes esa investidura y, por lo tanto, debes pagar por tu osadía-.

Ante la vista horrorizada de Horacio el Ángel tomó una apariencia bestial, con doce ojos que caían sobre el abatido sacerdote, apretó con fuerza el cuello del pelele y la gota de plomo entró por su garganta, quemándolo de a poco, la muerte más horrorosa que pudiera haber imaginado.

Afuera, la ciudad había recobrado lentamente su normalidad. Los fuegos de los incendios habían sido apagados por una oportuna lluvia. Los insectos viajaban hacia otras latitudes. La gente se unía para limpiar los restos de animales muertos y de los imprudentes que habían tenido la temeridad de salir en medio de la tempestad, el agua de la precipitación borraban todos los rastros de sangre. El lodo se secaba y era barrrido por las máquinas municipales. Todo volvía a su curso. Dios le daba, una vez más, una nueva oportunidad al mundo.

lunes, 31 de enero de 2011

El Gauchito

 Conocí a Retamales en un pintoresco bar de Almagro en el ‘36. Yo estaba compartiendo un vino con mis amigos de aquellos primeros tiempos en Buenos Aires, tiempos difíciles en los que un menesteroso conventillo alcanzaba como vivienda, y un guiso de arroz lograba saciar mi demandante apetito. Esa tarde me acompañaban Ávila, el tendero andaluz; Pedro, el lustrador que trabajaba en la puerta del Banco Nación; Gorostiaga, escritor frustrado y anarquista sin coraje; y Andolini, el tano del puerto. Ese carlón añejo que don Justo guardaba en el sótano de “El Banderín” humedecía nuestra conversación. Ocupábamos, como todos los viernes, la mesa al lado de la ventana que daba a Guardia Vieja, para observar a los transeúntes ir y venir del cercano Abasto. Noté la presencia de Retamales en la mesa contigua, por el elevado tono de su voz aguardentosa. Robusto, de hombros anchos y abdomen prominente, su imponente figura resultaba desagradable e inquietante, por su barba descuidada y su rancio olor a ginebra concentrada. Se destacaba entre sus compañeros de mesa, por sus gritos y malos tratos hacia el mozo. En las demás mesas se observaban gestos de desaprobación hacia el fastidioso vecino. Se vanagloriaba de haber cometido varios crímenes, pero en un principio me pareció intrascendente la perorata del rufián, algo común en aquellos años en la Capital, donde los compadritos más variopintos infestaban los barrios del Sur. Más en un momento brotó de su boca la palabra que convocó mi atención: “Mendoza”.

            Yo había llegado de la provincia hacía cinco años, huyendo de una brutal crisis económica y social. El lencinismo y los demócratas se disputaban el dominio político de la provincia, unos para combatir y los otros para defender a rajatabla el fraude patriótico, eufemismo simpático que escondía tras esos dos términos el rostro de la infamia. Pero esas trampas utilizadas por el conservadurismo mendocino no pudieron anular los efectos refrescantes de los gobiernos lencinistas, antecedente de las reivindicaciones confirmadas en los ’50, y mantenían su poder debido a su dinero vinífero y sus inicuos matones. Mi familia había militado actívamente al lado de José Néstor Lencinas primero, y luego acompañando al gauchito Carlos Washington y a Don Bautista Gargantini, del que mi padre era contratista en Los Campamentos, por lo que mi presencia en una Mendoza gobernada por gansos era insostenible y por demás peligrosa. Tomé mis pertenencias y partí una mañana de enero desde la Estación San Martín, llorando y mordiéndome de rabia por dejar a mi tierra y mi gente. Y ahora me encontraba en ese bar, con esos amigos y escuchando a ese truhán jactándose de sus atropellos y, en especial, del que había congregado mi curiosidad.

            El personaje comenzó a contar detalles a sus compañeros de mesa, algunos de los cuales se encontraban notoriamente bajo los efectos de la ginebra y lanzaban ante cada atropello verbal de Retamales una burda expresión, acorde con el porte de su interlocutor. Refirió a los Mussi y los Vecchio, reconocidas familias patricias de la provincia, quienes habrían financiado el magnicidio, en componenda con el gobierno nacional, radical como el gauchito, pero enemigo político del lencinismo desde los tiempos de don  José Néstor. Mentó al pobre Cáceres, quien fue acusado del crimen “por una cuestión de polleras”, según el espurio informe de la policía, y que luego encontró también la muerte, en la balacera que siguió a la muerte del Gauchito, bala saliente de un arma oficial de acuerdo al relato de Retamales. Detalló de la misma manera el pago a su infame servicio, en un bar de San Martín y Necochea, la salida a través de la frontera con San Juan, a caballo y acompañado de los guardianes del orden, luego su paso por San Luis, dónde junto a bandidos locales robó en el Banco de Villa Mercedes, y con el botín marchó a Buenos Aires, marcando el final de su periplo un contrato en el puerto, por recomendación de sus acaudalados amigos de Mendoza. Yo en la mesa contigua no podía comprender el descaro del tipejo, y asqueado por lo que había escuchado me fui a la pensión dónde vivía. Casi no pude dormir, relacionaba lo oído con lo que sufrió mi familia en Rivadavia, y no pude menos que odiar a Retamales y a todos los de su calaña que, olvidando sus orígenes, entregaban su brazo al asesinato de los defensores del pueblo.

            Mi estada en Buenos Aires dejó de ser momentánea, ya que  unos días después del irritante encuentro conseguí por mediación de un amigo un buen trabajo en la industria de los neumáticos en el sur del conurbano. Me casé con Antonia, una buena mujer que conocí en un cine de Temperley, adónde recurría para tener un momento de esparcimiento que mitigara la fatiga del trabajo y la nostalgia por mi Rivadavia natal. Nos mudamos a Lomas de Zamora y allí fuimos felices, viajando una vez al año a Mendoza. Allí permanecimos durante cuarenta años, tuvimos nuestros dos hijos y los primeros nietos, volviendo a mi provincia en esas visitas habituales de todos los años y las extraordinarias de las muertes de papá y mamá. Pero siempre permanecía en mi alma la intención de volver a respirar el aire montañés.

            Y así fue que volvimos en el ’58, en plena Libertadora. Los infames habían vuelto a mandonear en el país y decidimos con Antonia alejarnos del clima reinante en la capital e instalarnos en Mendoza. Con nuestros hijos ya casados ya nada nos ataba a la gran ciudad y emprendimos el viaje a la que sería nuestra última morada hasta el día de hoy. Redescubrí Mendoza, y vi que linda y grande estaba Rivadavia, y me alabé por la decisión de volver. Con mi jubilación en el bolsillo, nuestra vida fue tranquila y paradisíaca en el que realmente era mi mundo. Me hice de nuevos amigos,compartiendo tardes de fútbol los domingos y truco hasta el amanecer los viernes.

            Justamente un viernes caminaba por las calles de la ciudad y al pasar por un bar en la esquina de San Martín y Sarmiento lo ví. Sentado en una mesa vecina a la ventana estaba Retamales, solo, tomándose un café. Me quedé mirándolo unos segundos, eternos por otra parte, recordando en ese rostro odiado mis años de autoexilio. Luego de pensarlo entré al bar, me paré frente a él y sin más rodeos me presenté ante él. No mostró sorpresa, es más, parecía haberme esperado. Le hablé de aquella noche de “El banderín”, de la conversación que había escuchado casi sin proponérmelo, de mi simpatía por aquel que él había asesinado, del mal que a mi criterio había asestado a los humildes mendocinos. Retamales nada más observaba, asintiendo a cada una de mis afirmaciones y sin visos de una reacción intempestiva. Pero algo extraño había en este Retamales. No era aquel bribón de Almagro, su faz plañía de paz y desencanto. Había algo más extraño todavía. El otrora bandido lucía físicamente tal como hacía cuarenta años atrás. Ni una arruga, sus cabellos eran renegridos como en ese momento, y su porte era igualmente imponente. Nos miramos durante unos segundos, yo asombrado por la lozanía del asesino, él igualmente sorprendido ante mi descaro y mi intrepidez.

-¿Qué? ¿Me piensa denunciar?- me dijo.

- No- le contesté. –Si no lo hice hasta ahora no lo haré. Además: ¿qué sentido tendría? El Gauchito está muerto desde hace casi treinta años, y usted parece gozar de una eterna inmunidad. No tendría ningún sentido- repetí moviendo la cabeza en señal de negación.

- No se confunda mi amigo. No es tan así como usted piensa- contestó Retamales.
Lo observé con un dejo de desconcierto. Lencinas estaba muerto, de eso no había ninguna duda. La inmunidad política estaba comprobada por los hechos. Le pedí una explicación y el hombre me contestó con absoluta calma.

-Lo primero que le digo es que me he retirado del negocio. De haber seguido con mis trabajos usted estaría muerto ahora, con la cabeza sobre la mesa y su vientre destrozado. Pero ya no llevo armas conmigo. Me dieron mi sustento por un tiempo pero tambíen fueron causas de mi desgracia actual.

-Pero se lo ve muy bien vestido, arreglado, distinto de cómo lo vi en el ’36- me atreví a contestarle.

-Si, esos “trabajitos” me dieron una cierta tranquilidad económica. Pero también me dieron este tormento que arrastro desde aquella tarde en esta misma ciudad. Tal como usted escuchó en ese bar de Almagro, yo maté a Lencinas. Estuvo todo muy bien organizado y mi libertad jamás se vio amenazada, en parte por la casi perfección del trabajo, en parte por la protección que me dieron los políticos. Al principio no me di cuenta de lo que pasaba, pero cuando pasan diez años y usted sigue teniendo la misma cara, el mismo pelo, no tiene dolores en el cuerpo…esas son señales de que algo raro hay. Cuando usted me conoció yo tenía cuarenta y dos años. Pedí a Dios y al Diablo saber que me pasaba, alguno de los dos tendría que contestarme. Esto fue en el año ’40. Y la respuesta que logré fue la aparición a los pies de mi cama de un hombre vestido con traje y corbata y un poncho en el hombro izquierdo. Sí amigo, es lo que usted está pensando. El espectro a los pies de mi lecho era El Gauchito. Y allí comprendí cual era el castigo a mis crímenes. Yo había matado su cuerpo, pero su alma era inmortal. Permanecía en el corazón del pueblo y la historia lo recordaría por siempre. Yo, en cambio, había alcanzado la inmortalidad del cuerpo y la consiguiente pérdida de mi alma. Usted creerá que es un gran beneficio, pero, créame, es una tortura interminable ver morir a los seres queridos y no tener ni siquiera  la esperanza de acompañarlos en la otra vida. Aquí me quedaré ver pasar los tiempos detenido en esta eterna agonía.

            Saludé a Retamales y me fui un poco confundido por su discurso, pero con el tiempo comprendí lo que me había dicho. El hombre busca desde tiempos inmemoriales la fórmula de la inmortalidad. Pero esta llega por nuestros actos en esta vida, no por la juventud eterna. Allí quedaba Retamales, detenido en el tiempo, destinado a hundirse en la abulia y la desilusión. Y allí quedaba El Gauchito, vivo para siempre en la memoria colectiva de su pueblo.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

UNA VISIÓN

El imaginario popular se nutre de historias y narraciones que ilustran acerca de los modos de vivir de los pueblos. Cada país, cada provincia, cada paraje tiene su mitología, hecha de comentarios, memorias reales y de las otras. Se entrecruzan santos populares, mitos provenientes de la tradición aborigen, los traídos por los inmigrantes y la hagiografía cristiana, todo mixturado en una extraña convivencia.

Lo que voy a contar me sucedió hace ya unos años. Era joven y agraciado, según la opinión común de mis amigos y mis amantes. No poseía el don de la fidelidad, por lo que las mujeres eran para mí sosiego para mis apetitos momentáneos. Mis métodos de seducción eran acendrados, poseía una retórica envidiable que me granjeaba el encono de algunos pares y la popularidad en el sexo femenino. Además, siempre llevaba dinero en mis bolsillos, por lo que les proporcionaba a mis eventuales compañías el placer de los más exquisitos paseos. No carecía tampoco de generosidad para con mis amigos, y la mesa que compartíamos en algún bar o restó estaba siempre regada de buena comida y buenos vinos.

Provoqué en algunas de estas muchachas algunas decepciones y llantos, no lo niego. Pero creía en mi soberbia que estos requiebres eran propias del alma débil que poseen las féminas, que ya encontrarían otro galán que extirpara de su corazón mi recuerdo. Sus nombres representaban para mí sólo una marca en un catálogo que comenzó a mis catorce años con Susana, la solícita trabajadora del sexo que me hizo hombre en aquel tugurio de Dorrego.  Más mis diversiones no sólo eran las mujeres. El asado de los viernes era un ritual inapelable para mi grupo de camaradas, con quienes nos reuníamos en la casa de alguno, o simplemente realizábamos alguna excursión al Carrizal, al Dique Benegas o a Potrerillos. El destino de aquella noche fue el caudaloso canal que costea la Calle Tres Acequias, acceso a la localidad de Medrano. Las noches en ese paraje ofrecen brisas refrescantes, debido a la cercanía del Río Tunuyán y los cauces artificiales que parten del dique. Las riberas del canal son propicias para detener el automóvil y pasar un rato agradable. Y fue así que aquella noche de noviembre decidimos detenernos, a unos metros de la calle de La Virgen. Bajamos del auto, parrilla, una pequeña mesa de jardín y algunas banquetas. Y por supuesto, la carne para el asado. Sin olvidar el vino aportado por uno de los chicos. Colocamos la carne sobre la parrilla luego de haber prendido el fuego cuando la vi. Ninguno de mis compañeros había reparado en la extraña presencia de esa joven, a esas horas de la noche.

Era blanca, lívida, etérea. Vestía de blanco y portaba en su pelo un jazmín. La visión me obnubiló y encendió mi lujuria indomable, pero además mi curiosidad. Se los dije a mis amigos, pero ninguno de ellos la vio. Fui objeto de las chanzas más crueles y acreditaron mi reciente percepción a los efectos del alcohol. Me senté a compartir la reunión y olvidarme de lo que había visto, pero al girar la cabeza la pude ver escondida entre los sauces circundantes. Le pedí a Javier, el único que no me había hecho objeto de burlas para que me acompañara a  comprobar la visión, pero nada sucedió. Al internarnos entre los árboles lo único que encontramos fue una comadreja que salía de un viñedo cercano.

Esa noche transcurrió de allí en más sin más sobresaltos que el sonido de los coches que transitaban por la ruta, pero siempre tuve la sensación, en esas tres horas que permanecimos en el lugar, de ser observado por unos ojos brillantes e inquisidores. No hablé más del asunto, mas por temor a las pullas ajenas que por convencimiento de mi error. Yo sentía esa presencia, advertía que no éramos los únicos en ese lugar.

Nos fuimos a nuestros hogares. Intenté dormir sin embargo la remembranza de la mujer blanca no dejó que conciliara el sueño. Se me aparecía en mi vigilia tortuosa, con su rostro suave, con sus ojos de lince, con su porte de dama selecta. La veía sentada al pie de un sauce, llorando quien sabe por qué pretérita aflicción. Dirigía su mirada hacia mí y extendía su mano derecha para tratar de alcanzarme con sus largos dedos. Hasta me pareció, en mi locura nocturna que susurraba suavemente en mis oídos:
- Martín, te estoy esperando, no dilates más tu llegada.

            La noche siguiente volví, pero esta vez solo. Quería comprobar si estaba volviéndome loco o lo que había percibido era real. Estacioné mi auto en el mismo lugar en que nos detuvimos la noche anterior, pasaron los minutos y nada ocurrió. Transcurrió una hora y lo único que se oía era el ulular de los sauces meciéndose al sentirse acariciados por el viento. Estaba por abandonar mi vigilancia cuando de pronto la vi. Se encontraba al otro lado del canal. Su pose serena llamó mi atención. Tocaba con las yemas de sus dedos los arbustos más altos y su vestido blanco se agitaba al recibir la brisa fresca de la noche. La llamé, o creo que la llamé, porque una resequedad inaudita quemaba mi garganta. Al ya no poder emitir palabra opté por intentar acercarla a mí con ademanes ampulosos. Ella sonrió y siguió con su paseo primaveral. Entonces tomé la determinación. Debía cruzar el caudaloso canal y para lograr ese objetivo debía encontrar un puente, una rama, un tronco suspendido sobre el agua, algo que me facilitara el paso hacia el otro lado. Hallé dos troncos amarrados con alambre, rústica plataforma que utilizaban los trabajadores de la zona para sortear el canal. Comencé a caminar por él con resolución pero de pronto mi dama nívea dio un paso atrás. Apuré la marcha más en ese instante el viento comenzó a correr más fuerte, en contra de mi dirección. Faltaban muy pocos centímetros para llegar a la otra orilla, ya casi había alcanzado mi objetivo cuando una violenta ráfaga sacudió mis piernas, golpeó mi rostro y arrastró mi humanidad hacia el caudal embravecido por el inesperado e inoportuno céfiro del sur.

            Al poco tiempo pude saber quien era la dama por la cual arriesgué mi vida, tranquila y ayuna de obligaciones hasta ese momento. La niña en cuestión es llamada por los lugareños como “La llorona”. Se trataba de una joven que había perdido su amor en una de las montoneras decimonónicas desatadas por Aldao, siendo él y su familia masacrados por los crueles sicarios, y su hacienda saqueada y posteriormente quemada. La joven se había dejado morir de tristeza, renunciando a comer hasta terminar sus días en la más absoluta demacración y destrucción física.

            Hoy vagamos los dos por la misma región, ansiosos de un consuelo que aún no llega para ella, ni mucho menos para mí. Pero como una ironía del destino el haber igualado su condición espectral no me ha acercado a mi dama. Sigue escapando de mí, alejándose de mi presencia, con el canal de por medio, al cual sigo cayendo cada día al tratar de cruzarlo, arrastrado por invisibles vendavales que llegan desde el sur.

martes, 7 de diciembre de 2010

LA ESQUINA ILUMINADA


Marta Valle, la acusada, la culpable, la prófuga, me había contactado para realizarle la última entrevista en libertad, según ella misma me lo dijo. La conexión fue a través de Saturnino Ortiz, con quien me encontraba trabajando en un compendio de los crímenes célebres de la zona este de Mendoza, y éste aparecía como uno de los más jugosos e inquietantes de cuántos habíamos investigado. Al llegar al viejo caserón sentí la presencia de algo maligno, de lo que no alcanzaba a ver su naturaleza pero que me atraía y al mismo tiempo me empujaba hacia fuera. El edificio en cuestión se ubicaba en la calle San Isidro, en la zona norte de la ciudad de Rivadavia, y por lo roído de sus paredes y sus dimensiones inferí que sería de comienzos de siglo. Los muros estaban derruídos, con el revoque carcomido y efímero, los pisos estaban revestidos por unas pobres baldosas blancas y negras, terrosas debido a la ausencia ancestral de limpieza, al centro de la sala una mesa de madera y cuatro sillas de mimbre, y al costado izquierdo una estufa a leña. Como único ornamento podía verse un arcaico cuadro familiar, de hombres entrajados y solemnes, y mujeres anchas y tristes. Llamó mi atención una luz que daba sobre una esquina, apoyada sobre la pared, pero no le dí mayor entidad, seguramente sería un efecto visual.

Abrió la puerta con suma precaución, asegurándose a través de sus preguntas si yo no era un policía encubierto. Marta era una mujer joven, pero la clandestinidad, que pronto llegaría a su fin, le había cobrado su deuda en su rostro ajado y su cuerpo maltrecho. Desde dos meses atrás no salía de su hogar, recibiendo solo la visita de su hija Nora, quién le proveía de alimentos y ropa limpia, ya que nadie debía saber que estaba allí.
-                           Yo trabajaba bien señor- me dijo, alcanzándome un mate- Tenía mi clientela fija. Usted sabe, mujeres desesperadas que quieren engualichar a un muchacho esquivo, madres que alegan que a su hijo le han hecho un mal, fracasados que claman por tener un trabajo acorde con sus aspiraciones, en fin, nada especial, nada que no haya visto desde que me empecé a dedicar a esto, a los treinta años. Y ya tengo sesenta y dos, ¿sabe?
¿Sesenta y dos? En verdad parecía de unos diez años más, la tensión de sentirse perseguido había arrasado con su lozanía
-                           Todo normal, hasta aquél día que llegó esa pareja de Beltrán. De lejos les vi que no traían buenas intenciones, pero no hice caso a mis prevenciones. Había tratado con seres oscuros anteriormente-.
Su rostro se demudó ante el recuerdo de los verdugos de su libertad. Su mirada se dirigió al rincón en el que yo había reparado, y siguió hablando dirigiendo por un momento sus palabras hacia la incandescente luz.
-                           Llegaron en un automóvil muy lindo, muy moderno. Venían recomendados por una clienta que yo tenía en Rodeo del Medio, me hablaron que estaban juntos desde un tiempo atrás y que eran muy felices, pero no me revelaban cuál era el verdadero motivo de su visita.
Se detuvo para darme otro mate y aproveché para observar la  habitación donde me encontraba con más detenimiento. Un crucifijo de madera rústica presidía el espacio. Sobre una mesa pequeña se hallaban una tras otra distintas estampitas, la Virgen de Luján, la Difunta Correa, Ceferino Namuncurá, el Gauchito Gil, San La Muerte… Todo aquello impregnado de un nauseabundo olor a sebo, lo que provocaba en mí dejar el mate para otra oportunidad.
-                           Le sigo contando antes de que se vaya- me dijo, adivinando mi incomodidad en esa pocilga-. Ella era una mujer joven, alta, hermosa, con el pelo ondulado que caía sobre sus hombros, muy bien vestida, muy arreglada. Él, a simple vista una se daba cuenta que era un ordinario, barba sin pulir, olor a tabaco, sucio. No salía de mi asombro al ver una pareja tan disímil. Como le decía, empezaron con rodeos. A la mujer se la veía muy nerviosa, contrariamente al hombre, muy seguro de sí. El fue finalmente quien confesó el motivo de la visita. Querían sacar al marido de la mujer del medio. Comencé a nombrarles los ingredientes para una preparación que alejaba  a los hombres tenaces, receta infalible de probada eficacia entre mis clientas, pero no era eso a lo que se referían. Lo que deseaban este par de crápulas era simple y llanamente matar al esposo que les estorbaba. Puse el grito en el cielo, les dije que como se atrevían, que yo no soy una asesina, amenacé con denunciarlos a la autoridad, pero…usted sabe, una tiene necesidad, y cuando la necesidad es grande…
Volvió una vez más la vista hacia el rincón alumbrado, que parecía brillar ante cada palabra de mi interlocutora. Los minutos pasaban y ella se resignaba lentamente a su destino de prisionera. De pronto, sin que mediara palabra alguna, tomó fuertemente mis manos y se lanzó a llorar, salpicando sus lágrimas con palabras entrecortadas. Lo que expresó me provocó una sorpresa mayúscula y, confieso, fui incapaz de comprenderlo en ese instante. Hoy, a la luz de los años, esa situación está más clara para mí.
-                           Señor, no lo maté. Me acusan de eso, creí haberlo hecho, pero no lo maté. ¿Ve esa luz en la esquina? Es Valdez, el marido engañado. ¿Ve que parece moverse ante mis afirmaciones? Está inquieto por el recuerdo de su desgracia.
Le pedí que me explicara, ya que mi escaso conocimiento sobre las ciencias ocultas me impedía una comprensión cabal de sus palabras.
-                           Le explico. El hombre está conformado por tres cuerpos: el físico, el vital y el astral. Cuerpo físico, es nuestro cuerpo de carne y hueso, es el vehículo con el cual nos expresamos en la tercera dimensión o mundo físico. Este cuerpo está sujeto al tiempo y por lo tanto llega el día en que paran sus funciones biológicas y el metabolismo. Es la muerte física de este vehículo. Cuerpo vital es simplemente la sección tetradimencional del cuerpo físico. También es conocido como aura, cuerpo etérico o “lingan sarira”. Es este cuerpo que da vitalidad y calor al cuerpo físico. Cuando el cuerpo vital empieza a se deteriorar, porque también está sujeto al tiempo, el cuerpo físico irá por el mismo camino. Cuando se da la muerte del cuerpo físico el cuerpo vital también se desintegra. El cuerpo vital está constituido por 4 éteres: Éter reflector Éter luminoso Éter químico Éter de la vida El primero de estos éteres se relaciona con las diferentes funciones de la voluntad y de la imaginación. El segundo se relaciona con las percepciones sensoriales y extras sensoriales. El tercero se relaciona con los procesos bioquímicos del organismo. El cuarto éter sirve de medio a las fuerzas que trabajan con los procesos de reproducción de las especies. Cuerpo astral es el vehículo con el cual nos expresamos en el mundo astral o mundo de los sueños. Este vehículo no esta sujeto al tiempo, pues es gobernado por leyes distintas de las tridimensionales y tetradimensionales. Es un vehículo de la Quinta dimensión, no muere ni se desintegra cuando ocurre la muerte física. Este cuerpo está ligado al cuerpo físico por un cordón de plata, o también lo llamamos de hilo de la vida y en el oriente de Antakarana. Es un hilo de energía que solamente es roto en el momento de la muerte física. Con el cuerpo astral podemos actuar conscientemente fuera del cuerpo físico y visitar los diversos lugares del mundo astral. Es lo que se conoce por desdoblamiento astral. Le facilité a la esposa de este pobre hombre un tósigo a base de ricina, y ella se lo administró en una ración como para matar un caballo. Pero al parecer Valdez poseía una enorme fuerza espiritual, y su cuerpo etéreo nunca se alejó del mundo físico. Al morir, el cuerpo físico desapareció pero se corporizó su cuerpo etéreo en esta lumbre que usted puede observar, atormentándome con su sola presencia para bañar en luz mis homicidas manos. Pero yo ya no soporto esta incomóda compañía. Ruego a Dios cada día que me separe de este mundo físico para alejarme de esta alma tortuosa.
En ese instante la luz comenzó a aumentar de tamaño y alcanzó de pronto dimensiones colosales, cubriendo toda la habitación con su incandescencia. Salí de allí, y a los pocos días leí en un diario provincial que aquella mujer era apresada. Se había entregado a la justicia por propia voluntad. Al mismo tiempo, en Beltrán se entregaban a la justicia los infames amantes.

Hoy, parado frente a las ruinas de la inquietante casa, observo el rincón maldito.
El techo de paja y madera ha desaparecido. Sus paredes están ayunas de ventanas, y sus pisos han sido ganados por hierbas austeras y usurpadoras. Mas allí, a un costado de la mancha negra dejada por la remembranza de la estufa a leña, la homínida luz permanece inalterable, detenida en el tiempo, esperando por fin un descanso eterno que se resiste a venir.