Mi nombre es Isaías Bregovic. Fui profesor de la cátedra de Metafísica en Sigo con el relato de mi vida, porque quiero que quede bien en claro quien soy. No es que tenga dudas sobre mi identidad, es para que los demás lo sepan. Además de mi vida profesional, yo solía tener una vida personal. Una buena mujer, dedicada, delicada, bella, compañera y, por sobre todas estas cualidades, joven. Al conocerla creí enamorarme de su inteligencia y su sagacidad discursiva, pero con los años he comprendido que mi líbido se encendía debido a su juventud y su belleza, cualidades que en nuestro castellano deberían nominarse con el mismo vocablo. A pesar de mi madurez pronunciada, pude tener con ella dos hermosos hijos, hoy donceles de veinte y dieciocho años cada uno. Estimaba ser feliz con esa mujer y esa rutinaria existencia, pero ahora comprendo, entre estos cuatro muros, que solo era un fraude de mis sentidos.
Existíamos en ese estado de bienestar cotidiano, alimentado de conversaciones familiares y de trabajo hasta que algo nuevo me sacó de aquella modorra. Un alumno nuevo, o antiguo del que yo no me había percatado de su presencia, se adscribió a mi cátedra. A pesar de su rostro cetrino y sus motas ingobernables, antónimos absolutos de mis rasgos adriáticos, encontraba en el algo mío, algo de lo que había sido en mis años de estudiante. Cierta seguridad y algo de soberbia intelectual, sumados a un interés manifiesto por mis investigaciones concibió en mi una camaradería inicial con Esteban, y muy pronto una férrea amistad. Se adosó inmediatamente a mi círculo de camaradas y fue el más jovial e inteligente de cuantos me rodeaban. Definitivamente era muy parecido a mí, era un adlátere perfecto.
Un día decidí invitarlo a cenar con mi familia. Fernández arribó a la cita puntualmente, como lo hacía en cada clase de metafísica. La noche transcurrió de manera feliz entre charlas y vinos, pero Silvina me hizo notar algo de lo que yo no me había percatado: detrás de su carácter ameno mi mujer creyó descubrir un dejo de melancolía en sus ojos negros. Ahí hay algo en lo que alguna vez quisiera indagar, ese incomprensible don del sexo femenino para internarse en el interior de las personas a través de su mirada. Ante aquella alerta de mi esposa en los días subsiguientes intenté ahondar en la suposición de Silvana, primero con acercamientos remilgosos sin ningún resultado más que evasivas, y luego con interrogaciones directas, ante las cuales Fernández un día dejó en libertad su alma y me narró su historia. Un amor de juventud, unos padres incomprensivos, un niño que no nació, una muerte joven, una tristeza sin fin.Y no pude menos que enternecerme con esa alma desolada escondida tras esa mirada que, aún no comprendía el motivo, comenzaba a inquietarme.
A partir de ese momento Fernández y yo nos enlazamos en una amistad indestructible. Finalizadas las clases compartíamos conversaciones interminables acerca de filosofía, literatura francesa-pasión de los dos también- y de nuestras vidas, que parecían tan distintas en sus resultados finales pero no tanto en sus objetivos iniciales. Los dos habíamos soñado una vida familiar, los dos llevábamos en nosotros una ávida inquietud intelectual, los dos teníamos los mismos ideales, los míos ya vetustos, los de él en plena ebullición. Podría decir que aquellos días fui feliz, había encontrado en Fernández un amigo, el primero en mis 47 años.
Una mañana de domingo, preparándome para asistir junto a Silvana a misa de 11 comencé a notar lo que hoy me perturba y me tiene en este estado.
Al peinarme noté mi cabello mucho más sedoso y dócil. Los dientes del peine pasaban fácilmente a través de mi pelo. Atribuí el fenómeno al oportuno cambio de shampoo. Eso ocurrió el domingo. El lunes al mirarme al espejo me vi la piel con una tonalidad morena que yo no poseía naturalmente. Se lo dije a Silvana en nuestra diaria rueda de mate y sonrió, diciendo que eran imaginaciones mías. No seguí hablando del asunto. Pero lo más extraordinario llegó al otro día. Al buscar la vestimenta que ese día iba a utilizar me quedaba holgada a mi cuerpo. Tenía la figura de un joven de veinte años, mi espalda derecha, mi torso juvenil, mis piernas monolíticas. Esta vez tuve pudor de citar la mutación notable de mi figura a Silvana temiendo que me tomara por loco, y apuré mi camino a la Facultad para contarseló a Fernández. Pero él también se veía distinto. Su pelo aparecía ceniciento, del tono de mis incipientes canas. Su piel era tostada pero no del color cetrino de ayer. Su cuerpo parecía tener encima el peso de los años transcurridos. Esta vez le aludí mis inquietudes y me miró de una manera extraña, no con la extrañeza que mis palabras hubieran provocado en otra persona sino con una complicidad mezclada con una picardía maligna que aún hoy me estremece. Pero en casa nadie parecía notar los cambios.
Pasó la noche, noche en la cual no pude pegar un ojo. Me levanté en plena madrugada, a eso de las de las tres y media a mirarme al espejo, esperando encontrar al Igor Bregovic de siempre. Y solo encontré la figura de ese joven que era yo y no era al mismo tiempo. Así llegó la mañana del miércoles 7 de setiembre. Y horrorizado al mirarme nuevamente al espejo vi mis ojos que ahora tenían una forma rasgada, como los de Fernández. Y eran negros como los de Fernández. Mi rostro era el suyo. Mi cuerpo respondía a sus señales. Lo increpé encolerizado por ese robo de identidad y al hablar surgió de mis cuerdas vocales la transparente voz de mi alumno. Hubiera jurado que él no era más que un espejo, de pie en el centro de la sala. Poseía mi cuerpo, mi cara, mis ropas, mi voz, hasta mi cicatriz de una operación cuando era niño en mi vesícula, dato que comprobé al levantar sus ropas en medio de la pelea que promoví para constatar el último dato que le daba certeza a mi otredad. Nos trenzamos en una lucha cerrada, pero él era fuerte, hizo uso de mi cuerpo moldeado en horas de gimnasia y logró reducirme. La llamada a la policía y a mi esposo, el interrogatorio, la mirada socarrona de los policías de la seccional, el traslado a este lugar donde hoy voy decayendo a cada minuto, todo fue sucediendo como un flash.
Y aquí estoy, con esta pobre gente abandonada a la buena de Dios, algunos que disfrutan de las migajas de cariño que les prodigan sus familiares, que se quedan pocos minutos como si la locura fuera contagiosa. Los que gozan de este mísero privilegio son los menos. Yo no lo tengo. Solo me asisten las enfermeras, una de las cuales me proveyó de papel y una lapicera para poder escribir esta carta a quien quiera leer, la verdad que el destinatario poco me importa. Solo quiero que se sepa mi verdad. Que tampoco le importa a nadie. Allá en Vistalba Fernández, para todo el mundo yo, juega con mis hijos, sale a cenar con mis amigas y se acuesta con mi esposa. Y nadie nota el trueque. Ni lo notará.
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